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COLUMNA: Ciencia y futuro

Por Redacción Feb13,2026

La paz que se construye: conflicto, diálogo y justicia en la vida social

Por Alejandra Chávez Ramírez*

El presente texto fue elaborado a partir de mi participación en el IV Simposio de la Red de Cuerpos Académicos en Derechos Humanos, Cultura de Paz y Sistema de Justicia, realizado el 31 de octubre de 2025 en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima. En dicho encuentro, que reunió a investigadoras e investigadores de seis universidades del país y mi intervención en el Conversatorio del Nodo Cultura de Paz, reflexionamos sobre los desafíos para construir sociedades más justas y libres de violencia. Este artículo retoma las ideas centrales de ese espacio, con el propósito de acercarlas a la comunidad universitaria y al público en general.

Iniciamos planteando una pregunta clave: ¿qué significa hablar de cultura de paz frente a los desafíos contemporáneos? Esta reflexión nos invita a reconocer que el conflicto forma parte de la vida social; lo esencial es cómo lo enfrentamos y qué caminos elegimos para transformarlo. Como se ha dicho, “hablar de cultura de paz no es hablar de la ausencia de conflictos, sino de la capacidad de gestionarlos sin violencia”. Esta idea resume uno de los retos más importantes de nuestro tiempo.

Durante décadas se asoció la paz con el silencio, la quietud o la inexistencia de tensiones, pero la realidad social, política y cultural demuestra que el conflicto es inherente a la vida humana: surge de nuestras diferencias, búsquedas y procesos de cambio. La pregunta central, entonces, no es cómo evitar los conflictos, sino cómo transformarlos sin fracturar el tejido social.

Hoy enfrentamos diversas formas de violencia: estructural, producto de desigualdades históricas; simbólica, que normaliza discriminaciones; y directa, que irrumpe en ámbitos comunitarios, digitales e institucionales. Frente a ello, la cultura de paz no puede verse como un ideal abstracto, sino como una propuesta ética, política y educativa que orienta acciones para fortalecer la convivencia democrática.

Gestionar los conflictos sin violencia implica reconocer al otro como interlocutor válido; significa abrir espacios para el diálogo, la negociación y la cooperación y, revisar críticamente las estructuras que perpetúan desigualdades. Como ha planteado Galtung, no basta con eliminar la violencia directa (“paz negativa”); es indispensable generar condiciones de bienestar, equidad y respeto (“paz positiva”). Así, la cultura de paz demanda un compromiso profundo con los derechos humanos, la justicia social y una ciudadanía activa.

En el ámbito educativo, la cultura de paz adquiere una relevancia estratégica. Las universidades son espacios privilegiados para desarrollar habilidades de convivencia democrática. Impulsar una pedagogía para la paz implica enseñar a escuchar, argumentar, construir acuerdos y valorar la diversidad. Cada aula puede convertirse en un laboratorio donde se ejerciten la tolerancia, la solidaridad y la resolución pacífica de conflictos. Esto exige transitar de modelos centrados en la competencia individual a enfoques basados en la cooperación y el pensamiento crítico.

En el contexto social, la construcción de paz requiere fortalecer la cohesión comunitaria y la confianza pública. Redes vecinales, organizaciones sociales y colectivos ciudadanos cumplen un papel fundamental como mediadores y promotores de paz, siempre que cuenten con condiciones institucionales que respalden su labor. La participación ciudadana informada es una de las formas más poderosas para construir paz desde abajo, porque ésta no se decreta desde el poder; se teje en la cotidianidad, en las decisiones que tomamos al enfrentar el conflicto.

En el plano político, hablar de cultura de paz implica revisar cómo nos relacionamos y cómo ejercemos el poder. Un Estado comprometido con la paz debe impulsar políticas públicas orientadas al diálogo social, a la atención de las causas estructurales de la violencia y a fortalecer los derechos humanos. La democracia, entendida como espacio de deliberación y participación efectiva, es el terreno desde el cual la cultura de paz puede consolidarse.

En este contexto, la cultura de paz no es un ideal lejano, sino una práctica urgente. Exige coherencia entre lo que decimos y hacemos, entre nuestros valores y decisiones. Construir la paz implica asumir una actitud activa: denunciar la injusticia, defender la dignidad y apostar por el entendimiento incluso cuando hay diferencias.

Termino con una idea esencial: la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia, empatía y diálogo. Hablar de cultura de paz es hablar del tipo de sociedad que queremos construir y del papel que asumimos desde la academia para hacerla posible. La paz comienza con decisiones cotidianas: escuchar en lugar de imponer, dialogar en lugar de agredir, transformar en lugar de reproducir violencias.

Solo desde la conciencia, el respeto y la acción colectiva, podremos hacer de la cultura de paz no solo un tema de conversación, sino un proyecto de vida común.

*Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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