El Comentario - Universidad de Colima

ARTÍCULO: Cuquita Morales, poetiza colimense

María del Refugio Morales Trejo 

Por Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda

Cuquita Morales,  en mis remembranzas aparece como una mujer bajita, siempre amable y sonriente, regalando su más reciente poema, porque María del Refugio Morales Trejo, Cuquita, como le decíamos familiarmente, incluso quienes éramos niñas, fue una poetisa nacida en Colima   el 4 de  junio   de  1898; formaba parte de una familia numerosa, cinco hombres y cinco mujeres, que descendían de un viejo linaje provinciano, donde las mujeres poseían las virtudes y la elevación espiritual, que las hacía capaces de  llegar al sacrificio.

Recordar a Cuquita es transportarse a la primera mitad del siglo veinte, en Colima, cuando la juventud colimense acudía a la serenata, amenizada por la orquesta  del  estado  en el jardín de la Libertad. A ese tiempo, en que se celebraba el 16 de septiembre, con un desfile de carros alegóricos y nos divertíamos en los “combates de flores”, arrojándonos serpentinas y confetis. En una fotografía de 1917, vemos a Cuquita en un carro alegórico de la Cruz Roja, un grupo de jovencitas representaban a diferentes países con los colores de esas naciones en sus vestidos y Cuquita solo aceptó llevar los de México. Años después, en tardes barridas por el aire del tiempo, compartí con ella las fiestas de familias vinculadas por lazos de sangre o amistad, donde se alegraba el momento, cantando, bailando y escuchando poesía; Cuquita Morales siempre nos regalaba un poema, pues era una dama muy sociable y a pesar de las tristezas y contratiempos que tuvo que vivir, siempre participaba con una sonrisa.

De su pluma guardo una calavera, que me obsequió un dos de noviembre:

Alegre Mirtea, siempre danzando,
Nunca estaba en paz, vivía jugando.
Todos le decían, niña estate quieta,
pero, esa no sería tu meta.
Ya se veía callada pensando,
No sabemos en qué, quizá soñando,
el sueño de la muerte ¡Pedimos al cielo,
les dé a sus amigos el consuelo!

Una tarde, de las muchas en que convivimos con Cuquita Morales en la Quinta Clemencia, de la familia Álvarez, en la casa de Esperanza Orozco de Olea o en otra, lo cual no tiene mayor importancia, pues era habitual, sino lo que ese día Cuquita confesó, que para ella habían dos amores muy profundos: Cristo y México, su patria; asimismo narró, que un quince  de septiembre  ella y dos de sus hermanas, Liova y María, se vistieron con los colores nacionales, cada una eligió un color, verde, blanco  y rojo, y las tres, tan patrióticamente vestidas, llegaron  a la  serenata  y en el  jardín  principal, dieron vueltas, enlazadas  por el brazo, formando una bandera mexicana viva y triunfal.

Tanto  era su gusto por asistir a la serenata, que ni durante los peligrosos tiempos de la  guerra cristera dejaron de  hacerlo, a pesar de que la casa donde residía la familia   Morales estaba lejos  del  centro; Cuquita   y sus  hermanas  o no tenían miedo o bien sabían ocultarlo, ya que continuaban frecuentando el  jardín. Un día nos mostró una hermosa pistolita con chacha de concha y nos dijo que fue un regalo de Capacha, don   Miguel Álvarez, quien les aconsejó llevarla para su protección y con ese prologó relata con calma, “…sólo una vez tuvimos que utilizarla” y fue a consecuencia de la loca idea de un amigo que, pensando en asustarlas, tuvo la ocurrencia de salirles de improviso en una esquina oscura; al instante, Cuquita sacó rápidamente la pistola y lo encañonó, el bromista era Salvador Michel, que resultó el espantado.

Cuquita trabajó desde muy joven y lo hizo con la aplicación que tenía para todas sus actividades. ¡Formó parte del magisterio colimense y se encargó de la biblioteca   pública de!  estado, otra labor era redactar algunos de los mensajes que los presidentes municipales de Colima. De su alma poeta, uno de sus versos más sentidos, es el dedicado a su hermana Liova:

Tengo una hermana enferma.
¡ …llegué tarde al trabajo!
Nadie me hace reproches, todos me tratan bien
Luego que me den las doce, un rezo digo bajo:
Para que, a las dos huérfanas, Dios mande un parabién.

Podríamos imaginar a Cuquita en un día cualquiera de trabajo, interrumpir su tarea y pedir a Dios por su hermana paralítica y a la que cuidaba y sostenía económicamente.  Igualmente, podemos comprender su dolor, cuando quedó sola. Cuquita Morales fue sufriendo la pérdida de sus padres y hermanos, algunos de ellos en situaciones trágicas y al final vivía casi sin familiares en la vieja casa de la calle Cadenas 200;  sin embargo,  nunca estuvo  sola, había  sabido  granjearse el  amor  de muchísimas   personas, como pocos seres lo logran, ella supo cultivar el raro tesoro de la amistad.  “Angelita Betancourt regala pinturas, yo regalo versos”, decía Cuquita y en cada celebración ofrecía su poesía fresca, cotidiana, sencilla, pero llena de amor y sensibilidad.

¡Dejadme en esta casona! ¡Dejadme, …sus cuartos no están fríos!
Aún siento que aquí palpita toda el alma de los míos.
En mi casona ha quedado un olor a santidad,
en ella siento que es menos la angustia de mi orfandad

No sólo verso regalaba Cuquita, también preparaba excelentes platillos, y aún se nos hace agua la boca, a quienes llegamos a saborear el exquisito   pastel de crema de canela, o gustamos sus ricos ponches de ciruela, fresa o cacahuate.  Cuquita  platicaba que en  su  juventud,  preparaban  los “lonches” para  las fiestas  de amigos y familias,  “esos  que  ahora llaman   sándwiches”,  decía,  pero todo hecho en casa, preparado por ella y sus hermanas, el pan,  las carnes, los quesos… luego colocaban aquellos lonches en grandes charolas y, cual niña  traviesa que festeja una travesura, muy risueña comenta que, cuando la  fiesta  estaba  en  su  mejor momento y estaban sentados  alrededor de la enorme pila de la  huerta de la casa, las charolas cruzaban despacito sobre el  agua  como grandes  barcos   cargados de  comida para arribar  hasta  la  otra  orilla,  con el consiguiente riesgo de perder en el viaje el apetitoso  cargamento.

Cuquita nunca perdió su alegría y ya anciana se divertía   en diseñar   sus vestidos, a los que frecuentemente les ponía olanes, que a las jóvenes nos parecían exagerados y fuera de moda; también le gustaba lucir sus collarcitos de oro, restos de las alhajas que había poseído su familia. En su juventud, Cuquita no conoció las carencias económicas y cuando murió casi no poseía nada material, pero dejó como herencia   algo más valioso, su valentía ante los infortunios de la vida y su poesía, en parte inédita, conservada en albúmenes familiares, de sus amigos, los queridos desaparecidos.

Al acercarse al final, Cuquita sabía que iba a morir, Manuel   Sánchez   Silva escribió: “La muerte no la tomó de improviso: la esperaba, de tiempo atrás, como se espera el cumplimiento de una cita a la que no se puede faltar.  En esa espera se reveló una vez más y en forma definitiva, su alma    de   artista”. Cuquita, que nunca había pedido nada para sí misma, pidió: Llevadme al cementerio acompañada de la música de los valses que escuche en mi juventud y cubran mi féretro con la bandera nacional.  Su último deseo se cumplió.

Cuando llegue el final de la jornada
cuando pálida, triste y fatigada
agonice en el lecho del doliente;
poned piadoso en mi cabecera:
a mi Cristo de rubia cabellera,
y a mi sagrada Enseña Tricolor.
Quiero que el milagroso Nazareno
vuelva a hacer este pecho noble y bueno,
y a mi espíritu audaz lo envuelva en luz.
¡Y mi Bandera …mi Bandera amada!
con sangre de los héroes bautizada
a quien siempre canté, ¡Hosanna y Salud!
Es mi anhelo, mi ideal, mi gran empeño,
que vele maternal mi último sueño,
y cubra con su lienzo mi ataúd.

Cuquita   le dedicó sus poesías a todo lo cotidiano, a lo que rodeó su vida. Sus versos fueron para la bandera mexicana, la feria colimense, los carteros, los artesanos, sus familiares y sus amigos a quienes entregó su amor día con día. Cuquita Morales murió en su casa el 6 de abril de 1963, a las 9:45   horas. A Cuquita se aplica lo que ella misma dijo de un amigo que había fallecido: “Los seres nobles no mueren ni se van, por esto te saludo, hasta la vista, amigo, hermano…”

Nota: Tomado en parte del que publiqué en 1997: “María del Refugio Morales Trejo. La alondra colimense”. Personajes de Colima, SEP/ Gob. Edo.   Colima/ INEA, México.

mirtea@ucol.mx

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