ARTÍCULO: Día de Todos los Fieles Difuntos: Altar de muertos

Por Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda

Día de todos los Fieles Difuntos, 2 de noviembre, una festividad y ritualidad que refleja la pluriculturalidad de México, en la participación asumida por los propios, que sorprende a extraños, en una celebración, que lejos de infundir temor, es de esperanza y humor festivo, de tal modo, que en un gesto que podría ser chocante, mordemos una calaverita de alfeñique o saboreamos las tibias cruzadas sobre el pan de muerto, que remojamos en una taza de chocolate o café  humeante y brindamos con desenfado por “la pelona”, la muerte.

El altar de muertos es el centro de la celebración y se levanta para honrar a los antepasados, familiares cercanos o extraños que fueron personajes importantes.  Es una construcción simbólica en la que se conjugan las cosmovisiones de distintas culturas y cuyos elementos míticos y estéticos se manifiestan en las ofrendas a los muertos.  Cada ofrenda, en náhual tlamanalli, de:  tlamana, ofrecer y el sufijo  lli  = la ofrenda, es una herencia de las tradiciones prehispánicas, europeas o de otros continentes, no solo las de carácter abrahámico, por lo que representan un profundo sincretismo religioso.

En México, la memoria colectiva no llora ni sufre, sino que se regocija en el ritual a los muertos, para celebran a “todos” los ancestros, en una amalgama de ritos que aparecen en el altar de muertos; un espacio ritual para realzar los acontecimientos más significativos de la vida y la muerte de familiares, amigos e incluso enemigos, de modo que, levantar un  altar de muertos,  es una forma de cohesión social, al identificarnos con profundas raíces sociales y culturales de una suma de tradiciones.

En Mesoamérica prehispánica, como casi todos los habitantes del resto del mundo, creían en la creencia en una entidad anímica inmortal del ser humano que le proporciona identidad y conciencia, pero lo abandonaba al morir para iniciar otra forma de existencia ultraterrena (Garza, 1997). Los mexicas nombraban teyolía a esa entidad anímica, que radicaba en el corazón y entre los mayas la denominaban ol, para muchos es el alma o espíritu, una energía que sobrevive a la materia que es el cuerpo humano.

Las festividades de los días de Todos los Santos y de todos los Fieles Difuntos se conjugan como una, pero el sincretismo cultural se manifiesta con mayor fuerza y se plasma en el Altar de muertos, con variantes acordes a la idiosincrasia y los elementos disponibles en las diversas regiones del territorio mexicano. Los sincretismos se reflejan en las características del altar, sus niveles y ofrendas.

Niveles del altar: Representan la cosmovisión de los mundos material e inmaterial, pero cada nivel tiene un significado: 2 niveles: tierra, las ofrendas son frutos y semillas con las que se forman patrones, en relación con el principio cristiano «Polvo eres, y en polvo te convertirás» (Génesis 3,19); cielo, las imágenes u ofrendas simbolizan la vida eterna.  3 niveles: cielo, tierra e inframundo, el tercero, dependiendo de la cosmovisión adquiere un significado religioso. 7 niveles: simboliza las pruebas que atraviesa el alma para alcanzar la paz; es un número cabalístico en las más distintas culturas y representa la perfección, la conclusión de la creación o los siete destinos, según el tipo de muerte en la cultura nahua. En muchas civilizaciones se creía que existía un proceso al morir, por esto, cada nivel tiene un simbolismo, de lo terreno a lo sagrado.

En el último nivel se coloca el Arco y se cubre de flores generalmente de cempaxúchitl, es la puerta de entrada al mundo de los muertos, para la tradición nahua sería el Mictlán donde el alma se encontraba ante Mictlantecuhtli y Mictecacihuat para alcanzar el eterno descanso.  El Altar de muertos se cubre con un mantel blanco o amarillo, colores simbólicos de pureza y alegría respectivamente:

Ofrendas: Su variedad se relaciona con la multiplicidad de creencias, al paso de los años van desapareciendo y agregándose elementos, así como transformándose las ceremonias; unas derivan del ciclo perpetuo de la reproducción de la vida; que impulsaron el pensar en lo sobrenatural y deificar los fenómenos naturales a los que se sumó el culto a los antepasados y a venerar y preservar los restos mortales que en algunos casos se sacralizan como reliquias y en ese mismo tenor, se incluye el trato al cadáver y los objetos con los cuales se le enterraba (López Austin,2015).

Aromas: Para la purificación del alma, en ramos de flores, hierbas o infusiones, la taza u olla se tapa con una penca de nopal perforada, el flujo aromático representa los frutos de la tierra y embelesa el espíritu atrayéndolo hacia la tierra, donde son esperados; destaca la resina del copal, utilizada en rituales sagrados y de purificación del alma.

Agua: Indispensable durante el viaje del inframundo, tiene múltiples significados, como ser uno de los cuatro elementos o para los mayas un cenote, que eran una puerta al inframundo. Velas, cirios o veladoras, la luz de la fe y la esperanza, colocadas en forma de cruz, de doble representación, sacrificio y los cuatro puntos cardinales, así como el elemento fuego; se colocan antorchas y fogatas que servirán de guía al alma en su viaje a la tierra y de retorno al mundo de los muertos. En algunos altares se coloca una veladora por cada fallecido al que se recuerda.

La cruz: Se forma con ceniza o sal, la ceniza recuerda que el cuerpo volverá a la tierra y en forma de cruz ayudará al espíritu a salir del purgatorio; la sal es signo de purificación y permanencia de la esencia, por impedir la corrupción.

Papel picado: Para los mexicas representaba el viento, en el papel amate se pintaban dioses y ahora los colores amarillo, negro, morado y blanco en el papel picado o en cadenas representa los duelos, mesoamericano, europeo, del catolicismo y asiático; por otra parte, el morado alude a la muerte y el amarillo a la vida. Incluye otros colores y diseños basados en la obra de J. Guadalupe Posada u otros motivos de la cultura popular mexicana.

Petate: Sirve de cama, mesa, alfombra o mortaja, es para que las ánimas descansen, o de mantel para colocar las ofrendas, le recuerda al difunto que ya bajó al sepulcro. Flores, además del aroma, es importante el color y la forma, la flor de cempaxúchitl representa el sol, guía del alma del difunto. Para los niños flores blancas, alhelí o nube.

Itzcuintli: El perro guía para cruzar el río Itzcuintlán o “río de sangre” y luego el río Chiconahuapan para llegar al Mictlán; el Xoloitzcuintle representa al dios Xólotl; en lugar del perro, se colocan un par de zapatos o huaraches para facilitar el camino, son de cerámica o alfeñique.  Comida y bebida, lo que más le gustaba al difunto; las alcohólicas, aluden a la transformación, al espíritu de las uvas, por ejemplo, que se conserva en el vino. Pan de muerto, pan dulce decorado con un par de tiras que simbolizan huesos y ajonjolí por las lágrimas de las almas que no pueden descansar en paz.

Retrato, así como prendas de vestir con las que se identificaba al difunto o difuntos y objetos de su preferencia, de su oficio o de aseo; en el caso de los menores, juguetes y dulces. Suelen colocarse imágenes sacras y objetos piadosos, como un rosario e incluso mundanos como monedas, relacionadas posiblemente con la cosmovisión griega de sepultar a las personas con monedas bajo la lengua para que pudieran pagarle al barquero Caronte que lleva a los muertos al inframundo.

Calaveritas, de alfeñique – azúcar, chocolate o amaranto, involucran la idea que la muerte es dulce, es descanso, en la frente se escribe el nombre del muerto o de una persona viva. El posible origen de las calaveritas se relaciona con el tzompantli, la hilera de cráneos de guerreros sacrificados colocados en un palo. Calavera o calaverita, es un verso, generalmente humorístico que se dedica a una persona. 

Música, la favorita del muerto, pensando en mantener viva su memoria y que retorne al más allá feliz de haber estado con los suyos.

El festejo de Día de Muertos comienza cuando una persona de autoridad enciende las velas y susurra los nombres de los difuntos, acto seguido se reza por todos los fieles difuntos; luego, se sientan en la mesa y comparten la comida y se recuerdan anécdotas de la vida del difunto. Simbólicamente el ritual del festejo es un reencuentro de esperanza y felicidad, confiando en la promesa de alcanzar a nuestros antepasados en el más allá. Al terminar se apagan las velas y se despide a los espíritus, deseándoles buen viaje de regreso al inframundo, no sin pedirles que el próximo año regresen.

Fuentes
– Garza Mercedes de la. Ideas nahuas y mayas sobre la muerte, en: Malvido E., Pereira G. y Tiesler V. (coord.). El cuerpo humano y su tratamiento mortuorio. INAH/CEMyC. Col. Científica, 344; Serie Antropología Social. México. 1997: 17-28.  
– López Austin Alfredo. Misterios de la vida y de la muerte, en: Arqueología Mexicana. No. 40. México. 2015: 4-9.

mirtea@ucol.mx

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