El Comentario - Universidad de Colima

ARTÍCULO: “El espejo enterrado” | Crónica histórica de Carlos Fuentes

Por Víctor Gil Castañeda

La antigua cultura indígena siempre ha despertado la emoción de los intelectuales mexicanos e investigadores extranjeros. El escritor Carlos Fuentes, en su libro El espejo enterrado, lo deja ver cuando indica que en la pirámide El Tajín, ubicada en Veracruz, hay un asombroso sitio cuyo nombre significa “relámpago”. Agrega que en la pirámide de Los Nichos que se “levanta a una altura de 25 metros, sobre una base de 35 metros cuadrados, hay 365 ventanas que se abren al mundo, simbolizando, desde luego, los días del año solar. Creado en la piedra, El Tajín es un espejo del tiempo”.

Más adelante comenta que sus magníficas construcciones eran comparables a las de Mesopotamia y el antiguo Egipto: “Ante todo, la arquitectura indígena es, como lo revelan su sitios físicos, respuestas a la cuestión de la naturaleza. Un paisaje humano de altivos templos dedicados a los dioses. En Europa, el alma romántica le dio a esta cuestión su forma más moderna. De la naturaleza, dijo Goethe que vivimos dentro de ella pero somos ajenos a ella. Quizás más dramáticamente, Hölderlin imaginó la angustia del primer hombre consciente de ser parte de la naturaleza, nacido de ella, pero al mismo tiempo separado, distinto de la naturaleza, obligado a distanciarse de ella a fin de sobrevivir y de identificarse”.

Carlos Fuentes agrega que con anterioridad al temor freudiano de quedar capturado adentro o desamparado afuera, los grandes templos de la antigüedad mesoamericana revelan esa misma inquietud de ser devorados por la naturaleza amenazante o de permanecer a la intemperie, fuera de su abrazo.

Explica que Palenque es el ejemplo supremo de esta ambigua respuesta a la naturaleza. Hundido en lo más profundo del abrazo de la selva de Chiapas, cada edificio parece esculpido a partir de la selva primigenia. Palenque llegó a su apogeo en el siglo VII y fue abandonado en el siglo XI, una vez más, a los apetitos de la naturaleza. Hoy, la magnífica serie de estructuras en Palenque como; El Palacio, La Casa del Jaguar, Los Templos de la Cruz, Los Templos del Sol, Los Templos de las Inscripciones, nos parecen para siempre capturados entre las exigencias rivales de la selva y de la humanidad. En contraste, las ruinas de Monte Albán, en la gran ciudadela que domina el Valle de Oaxaca, están separadas de la naturaleza de manera soberbia y aún abstracta. Monte Albán parece suspendido entre el cielo y la tierra, más cerca de las nubes y del firmamento que de cualquier raíz terrena. Comenta que si miramos por segunda vez Monte Albán, su esplendor nos hacer comprender una elocuente evidencia visual de la equivalencia entre la construcción humana y el paisaje natural. Es decir, la arquitectura es prácticamente la réplica de las montañas circundantes.

Cuando los soldados españoles entraron en la gran ciudad de México-Tenochtitlán quedaron anonadados, pasmados, perplejos. Dice Carlos Fuentes, citando a Bernal Díaz del Castillo, que el cronista escribió: “Nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro del Amadís…Y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos”.

Cuando se refiere a los grupos indígenas del Perú, llamados incas, Carlos Fuentes comenta que una de sus ciudades más emblemáticas, Cuzco, tenía 200 mil habitantes en vísperas de la conquista. Había otra ciudad-fortaleza en sus alturas, en lo más recóndito de Los Andes: Machu Picchu. Narra maravillado: “Nos siguen asombrando la precisión con que sus muros, hechos de piedras polígonas, fueron ensamblados sin beneficio de argamasa. Cuando las piedras resultaban demasiado pesadas, eran dejadas a la vera del camino, y las llamaban ‘piedras cansadas’. No más cansadas, sin duda, que quienes las cargaron” (p.76). Agrega que desde Cuzco se extendió un sistema de comunicación terrestre incomparable, de 40 mil kilómetros, que puede ser equiparado quizás a los que tenía el Imperio de Roma en su apogeo. Abarcaba desde Quito, en Ecuador, hasta el sur, la República de Chile y Argentina.

Al referirse al arte prehispánico, Carlos Fuentes remarca las influencias que éste tuvo sobre artistas y escritores europeos. Afirma que entre las piedras y las manos que les dieron forma a las estelas, murales, pirámides, esculturas y otras figuras arqueológicas (calendarios, códices, joyería, artesanías de madera y piedra, indumentaria), los artistas indígenas establecieron formas de comunicación que al cabo se volvieron universales. André Bretón (fundador del Movimiento Surrealista) vio en el arte y la vida del México antiguo una expresión anticipada del surrealismo. Mucho más concretamente, el escultor británico Henry Moore se inspiró en la figura reclinada del Chac Mool para darnos su espléndida serie de estatuas yacentes. Las estatuas de Moore se han convertido en una de las más representativas e inolvidables de la tradición moderna. Ello no es ajeno a su conexión con una de las tradiciones más antiguas del mundo. Lo que Henry Moore dice de su propio arte, puede decirse de las propias esculturas del México antiguo. Si un escultor comprende el material con el cual trabaja, puede transformar un bloque de materia cerrada en una composición animada de masas que se expanden y se contraen, empujan y se confunden.

Durero, el famoso pintor alemán, fue el primer artista europeo en ver las obras de los aztecas cuando llegaron a Bruselas en 1520 –agrega Carlos Fuentes–, en la corte flamenca del rey Carlos V. En su libro Diario de viaje a los Países Bajos, Durero escribió: “Son una maravilla para la mirada. Jamás en mi vida he visto algo que me llene de mayor felicidad”. Tres siglos después, también en Bruselas, estas obras mexicas causarían azoro y conmoción en Charles Baudelaire, uno de los llamados ‘Poetas Malditos’ que había propiciado el nacimiento del simbolismo y el parnasianismo en el siglo diecinueve.

El espejo enterrado, es un extenso ensayo histórico-literario de Carlos Fuentes. Se compone de 254 páginas. Fue impreso en su tercera edición de 2008, por el Fondo de Cultura Económica y la SEP federal. Abarca la cultura y la ciencia existente en todo el mundo, antes, durante y después de la conquista de México. Suman 90 temas que debemos leer con atención y devoción para comprender esa gran herida que todavía no termina por cerrar. Laceración producida por la conquista española y los tres siglos siguientes de explotación, ninguneo intelectual y barbarie económica contra Latinoamérica, así como los países de El Caribe, que hoy suman 46 naciones. Incapaces de reintegrarse a través de la religión. Ésta viene de “religare” que significa volver a unir. Separadas a la fuerza por demoniacos intereses trasnacionales, que han fijado su vista en la explotación de las materias primas, olvidándose de sus recursos humanos. Imponiendo arbitrarios bloqueos económicos a pequeñas islas que levantaron la voz y les dijeron que “No”. Quitando Jefes de Estado con leyes “sacadas de la manga” y vitoreadas en La Casa Blanca o la ONU. Quitando recursos destinados al sector educativo para llevarlos a los campos sembrados por los grandes capos del narcotráfico, utilizados como paramilitares que silencian las voces de quienes los enjuician.

Algunos de esos noventa temas desglosados en el libro de Carlos Fuentes son: los conflictos de los monarcas españoles con otros reinos europeos del siglo XV y XVI; historia antigua de España; dioses remotos de los españoles; el erotismo y la magia del baile español; los daños de la conquista española en América; los horrores de las guerras europeas y sus consecuencias económicas; el simbolismo del personaje “El Quijote” en el arte mundial; los primeros santos católicos y otros milagros en la Nueva España; las diferencias y pleitos en las religiones monoteístas actuales; conflictos y crímenes entre los monarcas o reyes europeos; Fray Torquemada como judío converso y “su desquite” contra los indígenas de América; simbología del inframundo en Mesoamérica y del infierno entre los europeos; el origen del universo y el hombre en la teología indígena; los calendarios prehispánicos y su precisión astronómica que impresionó a los científicos europeos; datos biográficos de Hernán Cortés; datos biográficos de La Malinche; el primer mestizo en América y su fatal destino; aportaciones gastronómicas de América hacia el mundo; locuras jurídicas y religiosas de los conquistadores; los orígenes de la corrupción en América a partir de la conquista española; prohibición de la lectura y la conversación en las propias lenguas indígenas; censura de los libros y otras obras de contenido universal en la Nueva España; la superficial evangelización de América, ahora invadida por sectas protestantes y otras religiones llegadas del Norte o Europa.

¿Por qué se llama este libro El espejo enterrado? Carlos Fuentes lo dice en varias partes del documento, en el sentido de que algo de nosotros mismos, como nación olvidada, estaba enterrado en un pasado desconocido, profundo, misterioso y al que tal vez, por el distanciamiento provocado por las autoridades virreinales, más el país infantil del periodo decimonónico que apenas balbuceaba como Estado, tal vez por eso, se nos negó la oportunidad de conocernos completamente. Ahora hemos desenterrado ese pasado y resultó ser un espejo en el que nos reflejamos a conciencia. Pero ese otro yo que está frente a nosotros, es muy extraño, raro, enigmático que nos obliga a reflexionar en lo que fuimos, lo que dejamos de ser y lo que podemos ser verdaderamente.

El autor hace una metáfora del título, al expresar: “En las tumbas de sus sitios religiosos se han encontrado espejos enterrados cuyo propósito, ostensiblemente, era guiar a los muertos en su viaje al inframundo. Cóncavos, opacos, pulidos, contienen la centella de luz nacida en medio de la oscuridad. Pero el espejo enterrado no es sólo parte de la imaginación indígena americana. El poeta mexicano-catalán, Ramón Xirau, ha titulado uno de sus libros L’Espil Soterrat (El espejo enterrado), recuperando una antigua tradición mediterránea no demasiada lejana de la de los más antiguos pobladores indígenas de las Américas. Un espejo: un espejo que mira de las Américas al Mediterráneo, y del Mediterráneo a las Américas. Éste es el sentido y el ritmo mismo del libro”.

Otra referencia al título la encontramos en el diálogo que sostuvo el Dios Quetzalcóatl (dios de la sabiduría, los calendarios, la agricultura y la ingeniería) con el Dios Tezcatlipoca (deidad de los conflictos, la intriga, la hechicería y el engaño). Éste último se presentó transformado en varios ancianos que deseaban ver a Quetzalcóatl para mostrarle un portento: un espejo donde se viera él mismo en su decrepitud y debilidad humana. Narra Carlos Fuentes: “De acuerdo con esta versión del mito, uno de los dioses menores del panteón indígena, un puck oscuro y eternamente joven llamado Tezcatlipoca, cuyo nombre significa ‘El Espejo Humeante’, les dijo a los otros demonios: ‘Visitemos a Quetzalcóatl y llevémosle un regalo’. Se dirigieron al palacio del dios en la ciudad de Tula y le entregaron el regalo, envuelto en algodón. ‘¿Qué es’, se preguntó Quetzalcóatl mientras desenvolvía el obsequio. Era un espejo. El dios se vio reflejado en él y gritó. Creía que siendo dios, carecía de rostro. Ahora, reflejado en el espejo enterrado, vio su propio rostro. Era, después de todo, la cara de un hombre, la cara de la criatura del dios. Así, Quetzalcóatl se dio cuenta de que al tener un rostro humano, debía, también, tener un destino humano. Los demonios nocturnos desaparecieron vociferando alegremente y Quetzalcóatl, esa noche, bebió hasta el estupor y fornicó con su hermana. Al día siguiente, lleno de vergüenza, se embarcó en una balsa de serpientes navegando hacia el oriente”.

Más adelante, Carlos Fuentes nos presenta al espejo enterrado como si fuera una máquina del tiempo, porque a través de él pasan todos los siglos, los hombres y hechos históricos que nos conformaron como país, entrelazados aquí como en Europa: “podemos recordar, una vez más, el desfile de pueblos pasando frente al espejo desenterrado: fundadores celtíberos, navegantes y comerciantes, fenicios y griegos, legionarios romanos, invasores bárbaros, ejércitos musulmanes, el Cid y Colón, los conquistadores rumbo al Nuevo Mundo, los príncipes de Habsburgo, los pintores y escritores del Siglo de Oro. Todos ellos nos obligan a reflexionar que tanto España como la América son el resultado de un encuentro de culturas”.

Y como este espejo nos demostró quiénes fuimos, nos obliga a pensar en lo que seremos. Por eso Carlos Fuentes, en el subcapítulo denominado “El Espejo Desenterrado”, que se localiza en la página 233, dice que quinientos años después de Colón, los pueblos que hablamos español tenemos el derecho de celebrar la gran riqueza, variedad y continuidad de nuestra cultura. Pero el Quinto Centenario vendrá y se irá. Muchos latinoamericanos se seguirán preguntando no cómo fue descubierta América o encontrada o inventada, sino cómo fue y debe seguir siendo imaginada: “Se necesitará imaginación para establecer una nueva agenda pública en Latinoamérica. Una agenda que incluya problemas como; las drogas, el crimen, las comunicaciones, la educación y el medioambiente. Problemas que compartimos con Europa y Norteamérica. Pero también se necesitará imaginación para abordar la nueva agenda agraria, basada no en un continuado sacrificio  del mundo del interior en favor de las ciudades y las industrias de ollín, sino en una renovación de la democracia desde la base, mediante sistemas cooperativos”.

Pero eso no es todo, Carlos Fuentes afirma que semejante agenda propone un doble valor que debería guiar a la sociedad entera. Ante todo, que sepamos alimentarnos y educarnos a nosotros mismos. Si lo hacemos, acaso podamos, finalmente, convertirnos en sociedades tecnológicas modernas con fundamentos. Pero si la mayoría de nuestros hombres y mujeres continúan fuera del proceso del desarrollo, desnutridos y analfabetas, nunca alcanzaremos la verdadera modernidad.

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