Opinión

ARTÍCULO: El ocaso de los dioses

Por Fabio Martínez

Antes de que nos visitara el monstruo del Covid-19 vivíamos en un mundo material.

En los círculos científicos se afirma que la pandemia potenció la virtualidad. Se argumenta que esta llegó para quedarse.

Antes de que nos visitara el monstruo del Covid-19 vivíamos en un Mundo material donde las relaciones humanas y las relaciones con las cosas estaban a la orden del día.

Hoy, ante una pandemia que obligó al Mundo a encerrarse, el ser humano ha tenido que recurrir a las tecnologías virtuales con sus artefactos para poder comunicarse.

De un mundo material y humano que se construyó durante milenios, hemos pasado a participar en un mundo virtual, donde ya no es necesario compartir in situ un café con un amigo, dictar una cátedra en un aula de clase o desplazarse a la oficina para ir al trabajo.

La cuarentena reivindicó el síndrome de Gregorio Samsa, aquel personaje literario de Franz Kafka que una mañana se despertó para ir a trabajar y quedó encerrado en su habitación, convertido en insecto.

La imagen del ser humano transformado en insecto es solo una metáfora del autor checo. Aunque, cada vez más, son muchos los ‘bichos’ que se ven en los centros comerciales, conectados a sus artefactos digitales.

Ante el drama global de la pandemia, el ser humano vive como el personaje literario de Kafka, encerrado frente a una pantalla de un computador, una tableta o un celular.

La hiperinformación que se estila a través de las redes sociales está acabando con el mundo real que construimos durante siglos.

Es el mundo de las ‘no-cosas’, como afirma en su reciente libro el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Asistimos al mundo de lo no tangible.

Durante la pandemia hemos visto cómo las empresas han quedado abandonadas. Cómo los campos universitarios, donde según el escritor José Donoso van a morir los elefantes, quedaron vacíos de profesores y estudiantes.

Ahora todo, hasta el amor, lo podemos hacer a través de un teléfono ‘inteligente’.

En el siglo XXI asistimos al ocaso de los dioses. Nuestro computador se convirtió en el oráculo al que acudimos todos los días para preguntar por nuestro incierto presente. El celular es nuestro pequeño dios, cruel y despótico, que nos oprime minuto a minuto.

Las tecnologías virtuales nos están llevando a temerles a nuestros semejantes. Al ser humano ya no lo abordamos dentro su integridad como ser. A nuestro hermano, nuestro congénere, lo hemos convertido en un fantasma.

Asistimos a una revolución tecnológica sin precedentes. Quizás igual o más profunda que la revolución que inició Gutenberg, con la invención de la imprenta.

En el IV Encuentro de los Movimientos Populares, el papa Francisco previno a los gigantes de las tecnologías, implorando para que “paren de explotar la fragilidad humana. La vulnerabilidad de las personas”.

Hoy en día estamos ante una carrera científica sin precedentes por construir el robot, que reemplazaría al ser humano. ¿Será que la osadía humana llegará a reemplazar la conciencia del individuo?

Ojalá no nos suceda lo de Ícaro, que por querer acercarse al sol, se le derritieron las alas.

En el siglo XIX, el filósofo nihilista Nietzsche habló de la muerte de Dios. Hoy, ante un mundo incierto, lleno de montañas de muertos por el covid-19 y de millones de celulares, ¿será que estamos asistiendo a la muerte paulatina del ser humano?

hector.f.martinez@correounivalle.edu.co

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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