El Comentario - Universidad de Colima

ARTÍCULO: El síndrome del mendigo

Por Ruth Holtz

Muchas personas suelen, por su baja autoestima, por una cómoda conveniencia o por real necesidad estar pidiendo a los demás bienes, ayuda, apoyo, le solucionen sus problemas, le protejan, le defiendan o le den sustento, aun cuando ya son adultos capaces de trabajar y hacer su vida. Se han identificado con el papel de miserables, de que no pueden, de ser unos fracasados, de que no saben cómo resolver sus problemas y continúan exigiendo a sus padres, hermanos, otros miembros de su familia, a su pareja, a sus hijos y/o a sus amigos, la ayuda. A veces argumentan que han sufrido mucho, que vivieron una infancia traumática, con padres con problemas, o que vivieron injusticias, pobreza o que no tuvieron recursos para formarse profesionalmente o adquirir un oficio, o que simplemente son menos fuertes emocionalmente para enfrentar ciertas presiones de la vida. Pretenden que por compromiso amoroso o por que se encuentran en estado de necesidad, entonces deben ser atendidos y ayudados, y en los términos que ellos proponen.

Ahora bien, no estamos hablando de las personas que un momento dado se encuentran en un estado de necesidad y entonces recurren a la ayuda de sus parientes y allegados, sino de quienes han hecho un modo de vivir el estar pidiendo que los demás les resuelvan y le den la ayuda que requieran, o aún sin requerirla.

Cuando se adopta la mentalidad de mendigo, aún con talento, con buena situación, la persona puede convencerse de que no puede, de que no tiene, de que no puede solo, o inclusive adoptar una forma de ser dilapidadora o avariciosa. Dicen que “los extremos se tocan” y aquí el que tiene y lo derrocha para mantenerse mendigando, pidiendo, como el que con avaricia, retiene para sí, “se hace el pobre”, no sólo para que no le pidan, sino para pedir. Ambos tienen algo en común: “siempre tienen hambre”, su voracidad es insaciable, piden y piden como “barril sin fondo”. Suelen ser gente que puede usar el crear lastima por su situación o que continuamente andan hablando de lo mal que les va para justificar sus exigencias de apoyo, consideraciones especiales con sus deudas. Son personas que actúan como huérfanos, esperando ser reivindicados por lo que perdieron. Y entonces se comportan “como si todo el mundo estuviera en deuda con ellos”.

Las personas con síndrome del mendigo reducen su mentalidad a sólo suplir sus necesidades sin llegar a algo más. Tratan de sacar lo más que se pueda del lugar al que van o de la gente con la que conviven. Son como los bebés que esperan ser atendidos, ser satisfechos, recibir simplemente, sin dar. Son personas que les cuesta mucho trabajo dar, pues se sienten despojadas si lo hacen o que injustamente se les pide lo que no pueden dar.

Otra característica de los que padecen este síndrome es que suelen mostrares como las eternas víctimas de los problemas, de las situaciones, del trato que reciben de sus relaciones. Se muestran como inválidos: “es que no puedo”, “es que no tengo”, “es que siempre se me han cerrado las puertas”, “es que no tuve la oportunidad”. En el fondo revelan una vida en la que parece que no se sintieron lo suficientemente dignos y poderosos como para luchar por lo suyo en el mundo, como si se hubieran cometido injusticias con ellos y entonces, la consecuencia es su miseria. Y alguien tiene la obligación de sacarlos de allí.

También suelen presentarse personas deprimidas, con ideas de fracaso y con miedo a hacer ciertas cosas osadas en su vida que usan su disfraz de mendigo para conseguir de los demás más de lo que merecen o de lo que cómo adultos es dable esperar. Así evitan responsabilizarse y en todo caso pueden proteger gente un poco más mal que ellas, como adoptándose a sí mismos, y proyectando su ser miserable en el otro. Encontramos que hay quienes ayudan mucho o son muy bonachones en vista de negar que ellos mismos se perciben miserables y fracasados. Y de algún modo al proteger a alguien se cubren a sí mismos de reconocer si realmente son mendigos, gente con necesidad de ser apoyado y ayudado por “lo tanto que han sufrido” y por “aquello de lo que fueron despojados”.

Sólo las personas que han madurado, aceptan sus pérdidas, sus fracasos, lo que no pueden o las puertas que se les cierran, son responsables de sí mismos y no pretenden llevar una vida de pedir, de estar continuamente quejándose de su situación o siendo un eterno hipocondríaco para controlar que así le estén dando, dando y dando.

Las personas que maduran siembran para cosechar. Los que padecen el síndrome del mendigo viven con la mano extendida, buscan que los demás les den, les resuelvan, le consuelen, amen, respondan, etc.; son personas que continuamente están diciendo “dame, dame”, “dame amor”, “dame comprensión”, “dame ayuda”, “dame dinero”, “dame tiempo”. Pero no cambian nunca, no resuelven su situación, siguen enfermos, siguen cansados, siguen hambrientos. Piden y piden favores. No siembran sino mendigan migajas. Las personas así, se cierran la posibilidad de madurar pues están afanados en recuperar lo que han perdido, en convencerse de que no pueden, no creen en sí mismos y en su potencial, no luchan, no siembran; entonces viven una vida de atenidos a lo que les quieran dar y no siembran para cosechar, se conforman con que los demás les den migajas, se sienten sin derechos, que no merecen.

Ahora bien, el síndrome de mendigo no se refiere sólo a pedir dinero o bienes materiales. Sino a pedir ser suplido en necesidades de tipo emocional, a mendigar amor, comprensión, una relación estable o un trato digno. La salida para estas personas sería reconocer lo que tienen de dignos, no seguir desperdiciando sus talentos, no continuar administrando mal sus recursos y al hacerlo así, sembrar y colocarse en una posición digna desde la cual estén en la posibilidad de dar y de recibir, pero no como un favor o por lástima o por chantajear al otro, sino porque se lo merecen, lo han sembrado y ahora simplemente lo están cosechando.

Un mendigo es un ser voraz y pernicioso, que suele vivir a costillas de alguien en algún sentido. Puede tener muchos disfraces, pero en el fondo sufren porque viven para que los demás les den y no para sí mismos.

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