Opinión

ARTÍCULO: Expectativas, esperanza y libertad

Por Ruth Holtz

El motivo más desgastante y doloroso por el que las personas acuden a psicoterapia es por la infelicidad, el sufrimiento, los conflictos y las torturas internas que viven por desvivirse en cumplir las expectativas de los demás, de ellos mismos y de lo que imaginan que les pedirían aquellos que idolatran como sus padres, maestros o hasta Dios.

Cumplir con “lo que los demás esperan de mí” a veces se vuelve una condicionante para ser amado por otros o por nosotros mismos. Hemos hecho del amor un trueque, le hemos puesto condiciones, que permiten el chantaje, y la coacción. El amor que no es libre puede ser una trampa mortal para “el verdadero yo” de cada uno que espera ser amado como es y porque es, no por lo que hace o lo que parece ser. Sin embargo, una etapa de nuestros encuentros se da con esta idea y se generan expectativas. En cierta forma es casi imposible no tenerlas, pero eso no es lo mismo que “imponerlas”.

Es un gran dilema pues los seres humanos somos interdependientes. Un niño se ve a través de lo que ve su madre, de su mirada de aprobación o desaprobación, de su sonrisa o de su ceño fruncido. Crecemos queriendo ser lo que nuestros padres esperan. Queremos su aprobación, su reconocimiento. Así también de maestros, amigos, jefes o de al grupo social al que queremos sentirnos integrados. Hacemos lo que parece que “se espera” de nosotros.

Parece que vivimos a través del deseo del otro. “Si mamá desea que sea obediente, si mi mamá desea que sea capaz o casi perfecto. Si mi pareja espera que esté disponible, seguro y pensando sólo en ella o si esta debe ser la que espera siempre que él tome la iniciativa…” De pronto nos encontramos jugando un papel, tal vez aquél que el otro desea en vista de mantener una relación “estable y sólida”. Pero ¿cómo entregarnos al presente sin fantásticas expectativas, sin forzar las cosas con interminables juegos de “soy lo que tú esperas de mí”?

El juego de expectativas en nuestras relaciones puede llegar a ser abrumador. Algunas personas viven presas de los deseos de otras y ahogan lo que verdaderamente son. Desconocen lo que quieren. Han aprendido a ser sombras de otra persona. Y los que parecen dictar expectativas acaso están procurando llenar las de alguien más. O tal vez solamente han aprendido a “atar a sus seres queridos” para que concedan sus caprichos, porque en el fondo tampoco saben lo que quieren ni lo que verdaderamente son. Sólo tienen miedo de la soledad, del desamor, del rechazo, de la culpa o del sin-sentido, del vacío, de la falta de motivos para vivir.

Sin embargo, somos interdependientes. No somos sin los otros. Crecemos y maduramos en un mundo de interacción humana, de contacto. Pero eso es diferente a quedar atrapados en llenar las expectativas de nadie. Dice Fritz Perls, fundador de la terapia Gestalt, en una famosa oración: “Yo nací para llenar tus expectativas, tú no naciste para llenar las mías. Si coincidimos que bueno y si no ni modo”. Esta frase es extrema, porque es imposible no desarrollar expectativas, somos lo que somos en la unión en ese nosotros. Sin embargo, tampoco podemos dejarnos absorber servilmente por el deseo de otros hasta perder contacto con nuestros deseos, con lo que brota de nosotros mismos y no de lo que quisiéramos lograr para que el otro me quisiera.

Somos libres y como tales queremos escoger nuestro camino, tomar nuestras decisiones, elegir satisfacer nuestros deseos, al menos los que consideramos más urgentes o valiosos. En nuestra vida podemos querer que otros satisfagan ciertos deseos, que actúen como queremos. Madurar significa de alguna manera aceptar que los demás sean como son, que podamos amarnos, comprometernos sin atarnos hasta estrangular lo que cada uno es en lo más profundo de su ser. Y esa es la esperanza. Esperamos lo mejor, que se realice la relación idónea, la conexión de corazón, no la imposición de caprichos, la unión para fortalecer lo que cada uno tiene de diferente, la del amor en libertad, no la del capricho de “quiero que hagas lo que quiero o si no te acusaré de que no me amas o te sacaré de mi vida”.

La maduración del amor es un proceso, es pasar de las expectativas egoístas, del amor condicionado al amor incondicional, que no obliga, pero todo lo espera… Muchas veces en la psicoterapia ayudamos a las personas a madurar su amor, a ser leales primero a lo que nace en el fondo de su corazón y no volverse esclavos para mendigar amor ni ser una máquina de cumplir deseos para el otro, hasta poder compartir las diferencias, en libertad y en un amor que no exige ni condiciona, sino que deja florecer.

 

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