Opinión

ARTÍCULO: La erupción de 1913 en el Volcán de Fuego de Colima*

Por Mauricio Bretón González1

Esta semana tenemos en Colima una efeméride que recordar ya que se cumplen 109 años del inicio de una de las erupciones más importantes ocurridas en el volcán de Fuego de Colima y el evento eruptivo más relevante del siglo XX. 

La erupción de 1913 estuvo precedida por periodos de actividad intermitente que fueron mostrando a los habitantes de las zonas cercanas las diferentes manifestaciones eruptivas que tenía el volcán. Diez años antes, en febrero y marzo del año 1903, se habían producido algunas explosiones que fueron vistas desde las ciudades de Colima y Zapotlán el Grande, al sur y al noreste del volcán respectivamente, y más adelante, entre 1908 y 1912 ocurrieron diversos eventos eruptivos que causaron incertidumbre entre los pobladores de la región.

Fotografías de las explosiones ocurridas entre febrero y marzo de 1903, diez años antes del gran evento eruptivo de 1913. Fotos de José María Arreola.

La actividad volcánica que ocurrió en enero de 1913 se distinguió de las anteriores por la violencia que tuvo y por la gran cantidad de material que arrojó. Algunas noticias manifiestan que, dos o tres días antes de la gran explosión, los pobladores de las partes más altas del volcán escucharon pequeñas explosiones que generaron densas nubes de vapor y arena que subían desde la cima del volcán saliendo de ella fuego y resplandores. Por ello decidieron abandonar sus ranchos y dirigirse hacia lugares más alejados y seguros, tal y como lo hicieron los habitantes del poblado de San Marcos. 

La noche del 19 de enero se registraron algunas explosiones en el cráter, las cuales produjeron pequeños flujos de rocas y ceniza (corrientes de densidad piroclástica) que alcanzaron una distancia aproximada de 4 kilómetros.  El día 20 de enero, a partir de las 4:30 de la mañana, comenzó a destruirse el domo que obstruía el cráter. Esta actividad formó una columna eruptiva que, por la acción del viento y el material que la componía, fue dirigida hacia el noreste, depositando una fina capa de ceniza de 4 a 28 centímetros de espesor hasta una distancia de 11 kilómetros. Al mismo tiempo, se formaron una serie de flujos piroclásticos que se canalizaron por las barrancas que circundan al volcán hacia el sur.

“La mañana del 20 de enero de 1913, una explosión rompió el tapón de lava antiguo que llenaba la chimenea y el cráter del volcán, lanzando al aire ese tapón y parte del borde del cráter. Una vez destapado el embudo se formaron en él densas nubes de arena fina y picos del nuevo borde para correr enseguida con fuerza irresistible, radialmente por los flancos del volcán hacia su pie, encajonándose en las barracas de las faldas y llegando por el fondo de ellas”.

Los habitantes de todos los pueblos comenzaron a huir del lugar debido al aumento de lluvia de arena y ceniza. Algunos de ellos trataron de escapar en ferrocarril desde Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán) hacia Guadalajara, pero a la altura de Sayula quedaron atrapados ya que la vía estaba obstruida por la gran cantidad de ceniza que había llovido.

A partir de las 10 de la mañana las explosiones se hicieron continuas y una hora después, alrededor de las 11 de la mañana, al quedar libre el conducto del volcán, se inició la tercera y última etapa de la erupción con el desarrollo de una columna eruptiva que, según algunas versiones, superó los 15 kilómetros de altura en un proceso que tuvo una duración aproximada de 8 horas. 

Durante esa última etapa de actividad, y debido a la gran altura alcanzada por la columna eruptiva, se produjeron colapsos parciales de la misma que originaron la formación de flujos de ceniza y rocas. Éstos se derramaron alrededor del volcán y se canalizaron por las barrancas que lo rodean, alcanzando distancias de más de 15 kilómetros y formando depósitos de varios metros de espesor en sitios en los que en ese tiempo no existían poblaciones, pero en los que hoy día se asientan comunidades como La Yerbabuena.

La columna eruptiva fue llevada por los vientos hacia el nor-noreste, afectando de manera importante a Zapotlán el Grande en donde dicen que “la arena se levantaba del suelo a la altura de 3 cm, y se encendieron las luces de la ciudad a las 3 de la tarde”. Al día siguiente esta capa de ceniza superó los 15 centímetros en esta población y la lluvia de ceniza era tan fuerte que “semejaba a una tormenta de agua, produciendo las más tenebrosas tinieblas”. La ciudad quedó azolvada con miles de toneladas de ceniza y se cayeron los techos de muchas casas que estaban sostenidos por vigas de madera y que no resistieron el peso del material volcánico.

Cenizas sobre Zapotlán el Grande después de la erupción del 20 de enero de 1913.

Hacia las 8:30 pm disminuyeron las explosiones y las descargas eléctricas originadas por la misma actividad. Poco después, cerca de las 10 de la noche se detuvo la actividad.

La ceniza expulsada sepultó los pastos y trigales, inutilizó todas las siembras en crecimiento y buena parte de la masa boscosa de la zona. De la misma forma fueron afectadas las poblaciones de Platanar, Tonila, Zapotiltic y Tamazula, y en menor medida Tuxpan, Tecalitlán, San Sebastián y San Gabriel. 

Otros lugares del Estado de Jalisco resultaron afectados como Teocaltiche, Sayula, Encarnación, La Barca, Cuquio, Lagos, Ameca, Yahualica y Atotonilco. Asimismo, y debido a la acción de los vientos la nube de ceniza afectó a otros Estados como Guanajuato, Michoacán, Aguascalientes, Zacatecas e incluso Coahuila, reportándose caída de ceniza en la capital, Saltillo, a más de 700 kilómetros de distancia del volcán. 

Durante los días que siguieron a la gran erupción, continuaron las explosiones, aunque con menor frecuencia e intensidad. Hacia el mes de marzo de 1913 aún se observaban algunas columnas de ceniza y gases que se elevaban esporádicamente, escuchándose con frecuencia ruidos subterráneos.
Aunque no se tiene constancia de la muerte de ningún habitante durante la erupción, en años posteriores, los vecinos de la zona manifestaron que algunos hombres murieron quemados días después al intentar cruzar algunas barrancas. Igualmente, en la época de lluvias, algunos otros fueron sorprendidos por los flujos de lodo (lahares) que arrasaron la zona durante los 3 años posteriores a la erupción. Sin embargo, no existe constancia de nada de esto.

Los ranchos cercanos al volcán que fueron sepultados por la ceniza fueron El Durazno, Canutillo, Ojo de Agua, Los Machos, Laguna Verde, Cofradía y Causentla. El geólogo austriaco Dr. Paul Waitz escribió que “el rancho El Durazno fue sepultado bajo los depósitos masivos de 20 metros de espesor de la nube ardiente”. Cientos de animales murieron quemados al ser arrastrados por los flujos piroclásticos y otros muchos por comer hierba y beber agua contaminada con ceniza.

En las imágenes comparativas de 1909 y 1913 hechas por Waitz, es visible cómo la morfología de la parte superior del volcán sufrió serias modificaciones con la erupción, siendo destruidos los últimos 100 metros de este, quedando coronado por pequeñas puntas y picos con fuertes incisiones.

El Volcán de Fuego de Colima en marzo de 1909 y después de la erupción de enero de 1913. Nótese la diferencia con la imagen de 1909 en la cima y la zona del bosque que fue destruida por la erupción de 1913. Fotos de P. Waitz.

El mismo Waitz escaló el volcán en noviembre de 1913, es decir, 10 meses después de la erupción y al poco tiempo de haber terminado la temporada de lluvias. En sus relatos nos describe que, en lugar de un tapón de lava, encontró una enorme zanja, cuyo diámetro superior era de entre 350 a 400 metros y presentaba gran profundidad, aunque prácticamente no existía actividad fumarólica.

El volcán de Fuego de Colima, ca. 1913.

A partir de esta fecha el volcán entró en una fase de reposo durante varias décadas, únicamente con ocasionales emisiones de vapor y luminosidad como las de 1930, 1931 y 1935, y la actividad de mayo de 1957, cuando el domo comenzó a elevarse y arquearse, lo que ocasionó explosiones por más de dos años.

Contrario a lo que siempre se ha dicho, con esta erupción la ciudad de Colima no sufrió daño alguno, y de hecho no se tienen registrados daños significativos en el área perteneciente al estado de Colima, con excepción de los depósitos acumulados en las barrancas Cordobán y La Lumbre, y sobre la actual población de la Yerbabuena, que en ese entonces no existía. Debido a la dirección de los vientos dominantes en esta época del año no hubo ni siquiera caída de ceniza en la ciudad.

Ciertas áreas del estado de Jalisco sí resultaron muy afectadas, y poblaciones tan importantes como la ciudad de Guadalajara cuantificaron la caída de ceniza solamente en el radio de la ciudad en mil toneladas.

Si atendemos a los antecedentes geológicos e históricos del volcán de Fuego de Colima, sabemos que existe la posibilidad que en un futuro cercano se presente una erupción de características similares a la de 1913. Asimismo, el índice de población ha aumentado significativamente desde ese último gran evento volcánico, donde quedaron devastadas algunas áreas que hoy día se han convertido en importantes centros de población. 

En los últimos meses hemos visto episodios eruptivos en distintos volcanes alrededor del mundo que han provocado gran alarma mundial. Sin ir más lejos, el pasado 15 de enero de 2022 el volcán Hunga Tonga-Hunga Haʻapai, localizado en el océano Pacífico sur, tuvo una enorme explosión que fue registrada desde el espacio, generando una columna eruptiva superior a los 20 kilómetros y provocando además, según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) ondas sísmicas de energía equivalentes a un terremoto de 5.8; produciendo además un tsunami que impactó en muchos países de la Cuenca del Pacífico, llegando inclusive a las costas de Colima. 

La actividad histórica del volcán de Fuego no debe pasar desapercibida y nos debe hacer reflexionar sobre qué tan preparados estamos tanto la sociedad, el gobierno y los grupos científicos en el caso de presentarse un escenario similar al de 1913 y del que hoy conmemoramos un aniversario más. Recordemos que ¡La prevención es la clave!

*La información que sustenta este artículo fue extraída del libro El volcán de Fuego de Colima, seis siglos de actividad eruptiva (1523-2010) de Mauricio Bretón González, editado por la Universidad de Colima.

1 Mauricio Bretón González es Profesor-Investigador del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima.

mauri@ucol.mx.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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