ARTÍCULO: La fuerza del débil

Por Marcial Aviña Iglesias

A la memoria de Eva Iglesias Martínez, mi Cabecita de Algodón

En mi infancia disfrutaba mucho de ir con mi madre de compras al mercado, por un lado, estaba saborear el delicioso chocomilk, traerme una figura de Superman en plástico inflado y por otro, aprender las enseñanzas de la jefa que continuamente me sorprendía con sus actitudes educativas y moralistas, esa mañana de 1977, entre los puestos de verduras, la carnicería y los de mercería nos topamos con una mujer muy anciana, ataviada con un pequeño abrigo color beige, ya lustroso por el uso. Daba pequeños pasos, con la típica rigidez senil del tronco, de la cabeza y de las manos. Acercándose, me preguntó si quería comprar una protección de estambre, de esas que sirven para coger utensilios de la estufa sin quemarse. Un pinche chamaco de nueve años, sin centavos en los bolsillos, obviamente que dije que no me interesaba. Entonces la viejecita se retiró sin insistir y sin dirigirse a nadie más.

Como el Rey Baltasar, después de ver a la virgen María descalza y no tener la piedad de dejarle sus sandalias cuando se retiró del pesebre, me arrepentí de inmediato, porque comprendí que lo importante no era que yo tuviera necesidad de esa protección, sino que ella tuviera necesidad de venderlas a fin de poder ganar algo. Intercambié una mirada con mi madre, que la alcanzó enseguida y le preguntó a cuánto las vendía. “A veinte pesos la pieza, señora” -respondió- “las he tejido yo misma a mano”. “Tengo ochenta y nueve años…” No se diga más, le compro las cinco que lleva- le dijo mamá-. La ancianita miró a mi jefa con una sonrisa cansada y apenas marcada; agradeciendo parsimoniosamente, se alejó con sus pasos lentos y torpes.

Esta escena la he repasado y meditado en mi interior muchas veces. La anciana ya se había alejado: qué otra cosa, o quién, nos convenció para comprar no una, sino todas las que vendía, pues no me importó que esa mañana me quede sin chocomilk, y sin figura de plástico inflado, pues me sentía orgulloso de que mi madre me enseñó que la solidaridad y empatía son dos fuerzas enormes que emanan las personas necesitadas y honestas que se la rifan para conseguir unas cuantas monedas, como dice Alejandro Sanz: es la fuerza que te lleva, que te empuja y que te llena, que te arrastra y que te acerca a Dios, es la fuerza del corazón.

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