ARTÍCULO: Lealtad inconsciente a nuestros padres

Por Ruth Holtz

Una de las dificultades más grandes de nuestro desarrollo personal es dejar el pasado atrás. Eso no sólo significa haber superado, perdonado y sanado algunas situaciones traumáticas o sufrimientos vividos en ciertas etapas en nuestra vida. De lo que se trata es de algo que es el “nudo gordiano” de todo ser humano. Todos sin excepción somos marcados por la relación que llevamos con nuestra madre y nuestro padre. Por supuesto que hay relaciones felices y otras no tanto. Hay quienes el matrimonio de sus padres era armonía y amor, y otros que era violencia y sufrimiento. Y ni qué decir que también influye el carácter de cada uno.

El ser humano es mitad su madre y mitad su padre, pero no sólo en lo genético, sino en el carácter. La presencia o ausencia, la calidad de la relación siempre afectará la manera en que nos desarrollemos y aprendamos a amar.

Una relación familiar estable, con una madre amorosa y presente, con un padre proveedor, presente y comprensivo seguramente aportará seguridad y confianza a sus hijos. Así mismo si algo se desvía de este ideal, entonces los hijos suelen por “lealtad, por amor, por una necesidad inescrutable”.

La lealtad inconsciente es esa manera particular de compensar por parte de los hijos lo que falla en la relación con sus padres, en primera instancia con la madre que es más crucial en el desarrollo dado que es la primera relación de amor que tenemos y que se origina desde el vientre materno y la comunión con el cuerpo de la madre al ser amamantado, si tuvo esa fortuna o porque no la tuvo. Los estados de ánimo, los desencuentros en esa relación o incluso ya los traumas de abandono, violencia, abuso o desprecio por parte de la madre, marcan de manera profunda las decisiones amorosas de los hijos. Si una madre falta o desprecia a sus hijos, si los controla demasiado o es violenta y controladora, si es sumisa y víctima de un esposo agresivo, el hijo buscará convertirse en lo que la madre necesita. También un padre ausente influye en esta lealtad invisible. Inevitablemente es una alianza que pretende corregir lo que falla para que el hijo se garantice inconscientemente el amor y el cuidado, la estabilidad y la seguridad de un hogar con una madre y un padre que se aman y mantienen la cobertura emocional de sus hijos.

Muchas personas adultas suelen escoger a su pareja en función de la relación que mantuvieron con sus padres. Es como si al encontrar a alguien como mamá o ser como papá, pudieran “arreglar al niño interior herido”. Pero en razón de la necesidad que no se cubrió en la infancia, el inconsciente se siente atraído por personas que complementariamente van a “repetir la historia” de su pasado por sus propias y particulares razones, pero que vienen a recordarles que, así como con mamá y papá, quizá ellos, esta vez, lo harán mejor. Es una búsqueda incansable por encontrar el amor de nuestros padres “como lo hubiéramos querido” o “como suponemos que debía o necesitaba ser”. Lo que nos falta es siempre lo que nos mueve, lo que nos asalta, lo que nos lleva a relaciones que son un espejismo del pasado con un viso de esperanza: “esta vez mamá si me amará”, “esta vez papá no se irá”, “esta vez no me quedaré solo”…

Es indispensable tratar psicoterapéuticamente a nuestro niño interior para sanarlo y prepararlo para afrontar esa necesidad inconsciente de buscar lo que perdió en su infancia. Hasta entonces podremos vivir relaciones de pareja que no sean una repetición de la relación de nuestros padres o el intento de una mejor relación con alguno de nuestros progenitores.

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