Opinión

ARTÍCULO: Tlahcuilos indígenas y cartógrafos españoles en la novela de Flora Salazar

Por Víctor Gil Castañeda

Durante muchos años el adolescente Melchor de Alfaro Santa Cruz había sentido una fuerte atracción por las artes plásticas, en especial por los dibujos marítimos o mapas elaborados por los primeros conquistadores españoles. Como él recorrió todo el estado de Tabasco desde niño, acompañado por su padre don Baltazar, anhelaba realizar un dibujo completo de aquella geografía, llena de ríos, montañas, valles, inteligentes indígenas y una deslumbrante naturaleza que despertaba las más raras fantasías a los nuevos habitantes de Mesoamérica.

Todos esos años los pasó Melchor de Alfaro queriendo hacer su gran obra pictórica para enviársela al Rey de España, Felipe II. Hundido en su pequeña provincia conocida como Santa María de la Victoria, nunca pensó que fuera una mujer tlahcuilo, pintora del Tlatoani Moctezuma, quien le llegaría a enseñar los secretos de este maravilloso arte prehispánico. Solamente así pudo ilustrar su ansiado mapamundi, con detalles geográficos precisos, su flora y su fauna, sus pueblos, caseríos y tipos de civilizaciones indígenas.

Esta elemental obra plástica sería recibida por el mismo Rey de España con el nombre oficial “La pintura de la Provincia de la Villa de Tabasco, Distrito de la Gobernación de Iucatán”. Fue elaborada por el vero e histórico Melchor de Alfaro Santa Cruz en el año de 1579 y está resguardada en el Archivo General de las Indias. Gracias a este minucioso mapamundi las autoridades de la Nueva España pudieron elaborar un amplio cuestionario para los habitantes de Tabasco, documento final que llevó por nombre “Relaciones Geográficas de la Gobernación de Yucatán (Mérida, Valladolid y Tabasco)”, un producto que inició como un cuestionario, derivado del interés del Rey de España para saber más sobre sus colonias. Las respuestas fueron proporcionadas por los miembros del Cabildo de la Provincia de Santa María de la Victoria, el mismo cartógrafo Melchor de Alfaro Santa Cruz y el alcalde don Vasco Rodríguez (1).

Así podríamos sintetizar el extenso argumento de la novela histórica titulada El Cartógrafo, de la antropóloga social Flora Salazar Ledesma, publicada en el año 2007 por la editorial Patria y el Gobierno del estado de Tabasco. Con un total de 220 páginas la novela nos ofrece 41 temas interesantes de los que mencionamos solamente algunos: los dioses y deidades del mundo prehispánico; los daños ocasionados por la conquista; artes y artesanías indígenas; la flora y la vegetación en el mundo mesoamericano; la esclavitud de negros e indígenas; las masacres contra los pueblos originarios; los primeros frailes que abogaron por la libertad de los indígenas; el choque de la religión cristiana y el politeísmo prehispánico; los navíos y armas de guerra de los conquistadores; la herbolaria y medicina tradicional indígena.

El argumento

Melchor de Alfaro Santa Cruz nació en Chiapas en la segunda mitad del siglo XVI. Fue hijo de un conquistador español conocido como don Baltazar de Alfaro, quien lo llevó siempre consigo en todas las travesías o viajes que efectuaba por las entrañas de aquel extenso territorio tropical, azotado por fuertes tormentas, ciclones, erupciones volcánicas y temblores (2). De su querida madre Beatriz solamente recordaba “los apacibles ojos cafés y el último abrazo amoroso con que ella lo envolvió antes de morir” (3). El adolescente Melchor recuerda con miedo cómo estuvo a punto de fallecer cuando cruzaban un inmenso acantilado, guiado por un indígena de la región (4). Su padre y él mismo sufren los abusos del anterior alcalde Ruy Pérez, sospechoso de haber matado a uno de sus esclavos negros, así como de sobornar continuamente a los habitantes, quienes lo denunciaron ante las autoridades para que lo destituyeran.

Acompañado por su criado Joaquín, indígena zoque, conocedor de la región, recorren gran parte de la geografía. Cierto día quedan atrapados en la penumbra de la montaña. Se infectan con gusanos y garrapatas. Ven con tristeza cómo bajan los encomenderos con muchos indígenas esclavizados y herrados en diversas partes del cuerpo (5).  Joaquín sufre un grave accidente, pues se rompe una pierna y los brazos, por eso deben regresar ayudados por unos indios copilcos (6).  Para entretenerse, le compran a un mercader un juego de naipes y Melchor le enseña cómo jugar la baraja (7). Mientras descubren nuevos sitios y paisajes, Melchor escribe todo en un Diario de Viaje, que lleva siempre consigo (8). Su esclavo y criado, Joaquín, desaparece largo tiempo, pues decide visitar a su familia y sus tres hermanas. Regresa a Santa María de la Victoria donde es azotado por don Baltazar de Alfaro, padre de Melchor.

Al poco tiempo Melchor se enamora y se casa con una linda española que recién ha llegado de la Madre Patria, llamada Alfonsina. Tienen un hijo, pero Melchor sigue molesto porque no puede terminar su mapamundi. Además, su esposa, su hijo y el suegro, deciden viajar a España para que conozcan a sus demás familiares de la península. Entonces, Joaquín lo lleva con su señora madre, una anciana venerable que fue pintora o tlahcuilo, del Tlatoani Moctezuma. Ella le declama bellos poemas de cuál es la función del pintor en la tierra y al final le despierta el lado artístico que faltaba en la conciencia de Melchor, quien únicamente se había guiado por sus instrumentos científicos y técnicos (9).

Al poco tiempo muere la madre de Joaquín, la tlahcuilo llamada Ixtaxóchitl. También muere el padre de Melchor, don Baltazar de Alfaro. Asesorado por sus sirvientes, más las hijas de la tlahcuilo y el propio Joaquín, que conocían plenamente la geografía tabasqueña, Melchor logra terminar su mapamundi: una bella cartografía pintada con las técnicas que le transmitió la anciana Ixtaxóchitl. La obra pictórica es enviada al Rey de España, mientras los dos amigos se quedan mirando cómo se aleja el navío desde la costa (10).

Los antiguos pintores

El hijo del conquistador, Melchor, aunque tenía gusto por la pintura, no sabía cómo llevar a buen puerto su trabajo de cartógrafo. La novelista dice en su obra:

“Los apuntes, los dibujos –viejos y recientes–, así como los rasguños realizados durante febrero, emigraron de la mesa al piso, con el deseo ferviente del encomendero de que, al acomodarlos allí, surgiera de pronto, como regalo del cielo, una pintura de la provincia digna de los ojos del soberano. Pero no. Era un galimatías de papel que al cabo de los días empezó a desesperarlo” (11).

Miguel León Portilla dice que en la escuela conocida como Calmécac les enseñaban a los jóvenes varias doctrinas y tradiciones… por medio del aprendizaje de memoria, que servía para entender las ilustraciones de los códices (12).

Más adelante, citando a los cronistas Ixtlilxóchitl y a Fray Bernardino de Sahagún, indica que había numerosas categorías de artistas como; el artista de las plumas, el pintor, el alfarero, el orfebre y el platero. Al abundar sobre la figura del pintor o tlahcuilo, indica que éste era de máxima importancia dentro de la cultura náhuatl:

“Él era quien pintaba los códices y los murales. Conocía las diversas formas de escritura náhuatl, así como todos los símbolos de la mitología y la tradición. Era dueño del simbolismo, capaz de ser expresado por la tinta negra y roja. Antes de pintar debía de haber aprendido a dialogar con su propio corazón. Debía convertirse en un yoltéotl (corazón endiosado), en el que había entrado todo el simbolismo y la fuerza creadora de la religión náhuatl. Teniendo a Dios en su corazón, trataría entonces de transmitir el simbolismo de la divinidad a las pinturas, los códices y los murales. Y para lograr esto, debía conocer mejor que nadie, como si fuera un tolteca, los colores de todas las flores:

El buen pintor:
tolteca (artista) de la tinta negra y roja,
creador de cosas con el agua negra…
El buen pintor: entendido,
Dios en su corazón,
que diviniza con su corazón a las cosas,
dialoga con su propio corazón.
Conoce los colores, los aplica, sombrea.
Dibuja los pies, las caras,
traza las sombras, logra un perfecto acabado.
Como si fuera un tolteca,
pinta los colores de todas las flores” (13).

El investigador Alfonso Arellano Hernández en su artículo “Forma y color en el arte prehispánico”, indica que los pueblos que habitaron el territorio hoy denominado Mesoamérica desarrollaron una amplia gama de expresiones artísticas. Desde la arquitectura a la pintura en muros, códices y cerámica; de la escultura colosal en piedra a las figuras de barro; del arte plumario a la orfebrería. Todas estas manifestaciones son respuestas a diversos aspectos de un cosmos vivo y demandante, concretadas en formas que combinan figuras humanas, animales, vegetales y otras altamente geométricas.

Dichas creaciones comunican diversos modos plásticos que tuvieron sus creadores para explicarse el universo -agrega- y para situarse en él. Abarcan un lapso de tres milenios y un ámbito heterogéneo y complejo. Por ello existe gran diversidad de formas o estilos, de temas o contenidos. Y aun así es posible encontrar hilos conductores: dioses y gobernantes, ritos y actos reales, sucesos destacados en el acaecer temporal y cósmico. Es decir, los hechos que reflejan y mantienen vivo al universo.

En cuanto a la pintura -enfatiza- se realizó en cuevas, abrigos rocosos, paredes de edificios, vasijas, códices y textiles. Los colores utilizados fueron rojo, ocre, azul, verde, negro y blanco. Aplicaron planos o sin gradación, pues no hubo deseo de tridimensionalidad, ni punto de fuga. La técnica más común fue el temple, aunque también existen algunos ejemplos del fresco (14).

Indica José Luis Martínez que el estado Tezcocano, como muchas otras naciones indígenas, tenían una bien estructurada organización educativa y política. Esta estructura culminaba con un cuerpo de leyes y ordenanzas, así como con el funcionamiento de cuatro consejos: Consejo de Gobierno, Asuntos Civiles y Criminales; Consejo de Música y Ciencias; Consejo de Guerra y Consejo de Hacienda. Todos ellos presididos por parientes cercanos a los monarcas… El Consejo de Gobierno, Asuntos Civiles y Criminales disponía de grupos de seis nobles y seis plebeyos para cada ramo o competencia, más secretarios, alguaciles y escribas-pintores… dentro del Consejo de Música y Ciencias existían dos academias, una exclusivamente de poetas y otra que congregaba a los astrólogos, historiadores y los que tenían diferentes artes… Las Escuelas de Arte Adivinatorio, Poesía y Cantares formaban parte de este mismo Consejo.

El Palacio de Netzahualcóyotl tenía más de 300 piezas o edificios. Uno de ellos era una especie de universidad donde se reunían los artistas, poetas, historiadores y filósofos del reino, divididos en sus respectivas academias…Agrega el autor que en la Escuela del Calmécac estaban los archivos reales de los libros pintados, les enseñaban “todas las ciencias y artes que sabían y alcanzaban, hasta las mecánicas de labrar oro, pedrería y plumería, y las demás”. Lo hacían con tanto esmero que no dejaban a los estudiantes estar ociosos. Afirma que el mundo indígena conocía la noción individual del artista y la creación, lo que indica la madurez de una cultura: “Tenían pues una conciencia muy clara de la función trascendental del arte como manifestación e intuición de la divinidad y del misterio, del rigor y la delicadeza que exige la creación artística y estas nociones van desprendiendo al arte de la condición artesanal anónima y van formando al artista…a la personalidad de excepción, con un nombre y un rostro” (15).

Esta maravilla de la creación es la que no comprende Melchor de Alfaro. Por eso cuando Joaquín le presenta a su mamá, la tlahcuilo, aquel se queda desconcertado, pues no cree que pueda ayudarlo. Piensa que han viajado de tan lejos y por nada. Menosprecia el ancestral talento artístico de la mujer, la sabiduría de Ixtaxóchitl. Desilusión y enojo que se nota en la siguiente parte de la novela:

“_¡Una india que hace pinturas! –se dijo con desdén.

No sólo era una india sino que también estaba vieja y además ¡ciega! ¿Qué podría saber ella de pinturas? ¿Acaso él, que tantas veces había retratado la tierra, no topaba ahora con la armazón de la pintura del rey? Y ahora una india de pulso tembeleque, que alimentaba gallinas y apenas podía moler maíz, le diría cómo resolver este asunto que requería inteligencia, arte, experiencia y…¡Bah! No quiso saber más. El malhumor hizo presa de él…estaba encogido abajo del árbol con la cabeza entre las piernas y los brazos atándoselas para no estallar en cuanto improperio quería gritar a los cuatro vientos” (16).

Para sacarlo de su error, tuvo que ser Joaquín quien le contara las verdaderas destrezas de su mamá. Le dijo a Melchor de Alfaro que ella era originaria de Potonchán, a donde la mandó el Tlatoani Moctezuma para que pintara los paños de los pochtecas que venían de Tenochtitlán a comerciar. Ella hacía los paños para que pudieran guiarse entre los torrentes y provincias del tiempo antiguo. Agregó que ella fue educada para pintar los límites y las mojoneras de las ciudades, las provincias, los pueblos y lugares; las suertes y los repartimientos de las tierras. Su marido fue un indio zoque. Junto con él conoció y pintó toda la geografía tabasqueña. Joaquín la recuerda desde niño, cuando ella hacía tinta de xiquilit, mientras las hermanas cantaban y sembraban maíz (17).

Después vino el periodo del aprendizaje. Ixtaxóchitl, la tlahcuilo, pintora de los dioses ancestrales, le enseñó a meditar, a rezar y reflexionar con su espíritu, no solamente con los afanes de la inteligencia. Lo hizo navegar en su propia interioridad para comprender la esencia de los artistas. Dice la novelista que la anciana condujo a Melchor hacia un desfiladero:

“El corazón le latía aceleradamente. Ixtaxóchitl, al sentirlo a su lado, puso una mano tras su espalda y otra en el pecho del hombre, y él, que hasta entonces veía únicamente peligro, cerró los ojos como si ese contacto le ordenara hacerlo. Se sosegó poco a poco y fue llenándose de paz…El viento pasó acariciándolos…Ixtaxóchitl pasó su mano del corazón al mentón de Melchor. Él abrió los ojos y permitió humildemente que ella dirigiera su rostro de un extremo a otro del horizonte que abarcaba casi la circunferencia. Pudo contemplar entonces la vista más soberbia de la llanura tabascana que pudiera imaginar” (18).

Lo que sigue es la conversión de Melchor. De ser un técnico y aprendiz, se hace un verdadero pintor, un tlahcuilo novohispano impulsado por la antigua sabiduría artística del mundo indígena.

Referencias   

(1) SALAZAR LEDESMA, Flora. (2007). El cartógrafo. Novela histórica. 1ª.edición. México: Grupo Editorial Patria y Gobierno del Estado de Tabasco, ps. 214-219.
(2) SALAZAR LEDESMA, Flora. (2007). El cartógrafo. Novela histórica, ps.7, 18 y 19.
(3) SALAZAR LEDESMA, Flora. Obra citada, ps. 20 y 42.
(4) Ibidem, p.21.
(5) Ibidem, ps. 67-74.
(6) Ibidem, ps.78-81
(7) Ibidem, ps. 84-86
(8) Ibidem, ps. 90-96
(9) Ibidem, ps. 173 y ss.
(10) Ibidem, ps. 210-215.
(11) Ibidem, p. 173
(12) LEÓN PORTILLA, Miguel. (1979). La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. 2ª.reimpresión de la tercera edición. Prólogo de Ángel María Garibay Kintana. Serie de Cultura Náhuatl. Monografías 10. México: IIH de la UNAM, p. 9.
(13) LEÓN PORTILLA, Miguel. (1979). La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, ps. 264, 266 y 267.
(14) ARELLANO HERNÁNDEZ, Alfonso. (2002). “Forma y color en el arte prehispánico”. En: El mundo prehispánico. Gran Historia de México Ilustrada. Tomo I. Subtítulo: De la prehistoria a la llegada de los españoles. OCHOA, Lorenzo (Coordinador). México: Planeta DeAgustini/CONACULTA/INAH, ps.161-162.
(15) MARTÍNEZ, José Luis. (2000). Netzahualcóyotl. Vida y obra. Biblioteca Americana. Serie: Literatura indígena. Pensamiento y acción. México: FCE, ps. 34, 35, 39, 43, 95 y 101.
(16) SALAZAR LEDESMA, Flora. (2007). El cartógrafo. Novela histórica, p. 185.
(17) SALAZAR LEDESMA, Flora. (2007). Obra citada, ps. 187 y 188.
(18) SALAZAR LEDESMA, Flora. Obra citada, ps. 194-196

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