Opinión

ARTÍCULO: ¡Viva mi desgracia!

Por Marcial Aviña Iglesias

¡Qué fuerte que el drama nos inspiré! Dicen que impulsado por un capricho -construir la Domus Aurea (Casa de Oro)-, el emperador Nerón mandó súbditos a incendiar Roma, mientras él, extasiado desde la torre de Mecenas, en la colina del Esquilino, observaba a la vez que cantaba y tocaba la cítara intentando componer una canción, la cual nunca vio la luz, solo el fuego; en 1816, una lluviosa noche en los alrededores de Ginebra, lord Byron convocó a varios escritores a redactar historias de terror, entre los invitados se encontraba Mary Shelley, quien se hallaba melancólica por los diversos abortos que había sufrido ante los frustrados anhelos de tener un hijo, esa noche concibió la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, inspirada en una pesadilla recurrente que solía tener a los 18 años. Tiempo más tarde tuvo un bebé al que llamó Percy Florence, quien murió sin llegar a cumplir los 30, a su cuerpo antes de ser incinerado le extrajeron el corazón a petición de Mary, el cual lo envolvió entre páginas escritas con poesías, trayéndolo consigo durante un cuarto de siglo, hasta la fecha en que ella murió.

Después de leer lo anterior, puede que surjan sentimientos diversos, sin dejarnos ningún mensaje positivo, algunos tal vez digan que se tratan de dramas históricos, que comparados con los nuestros son cuentos de hadas. Híjole, a veces creo que de tanto drama que generamos se nos está acabando la dopamina, más ahora, con la tecnología, en donde la sabiduría la otorga ese teléfono inteligente de última generación, a través del cual tienes acceso a casi todas las redes sociales, donde observas gente que vacaciona en las Maldivas, degusta especialidades culinarias dignas de cualquier royals -como les dicen a los de la Casa de Windsor en el Hola-, lucen sus mascotas como si fueran de pedigrí, generando una profunda frustración, pues nuestras fotos que también exhibimos, ni tantito se les acercan; gracias a esa cultura de etiquetar todo, hoy es primordial sacar fotos de los mejores momentos para que otros los vean, sin disfrutarlos debido a esa tiznada ansiedad de figurar o en el peor de los casos, convertir el muro de Facebook en el de Los Lamentos, redactando nuestras tristísimas anécdotas.

Creo que nos da miedo aceptar la felicidad, es más fácil y creíble contar las desgracias, hacer escarnio de nuestras miserias, como si los seres humanos naciéramos para fracasar, como si la felicidad fuera una ilusión que dura unos instantes y luego se va. En nuestra búsqueda de esa estabilidad que nos haga felices, recurrimos al terrorismo emocional que nos inspiran los libros de superación personal, con sus citas que son como especie de pastillas antidepresivas, y es que todas esas pinches frasecitas que memorizamos, para luego recitarlas ante los demás, a veces ni las ponemos en práctica, ¡se han dado cuenta de que las citas de libros de superación personal y los de horóscopos son iguales!

En fin, continuemos sufriendo todos esos dramas que nos atiborran de ansiedad y baja tolerancia como lo es la angustia de responder una llamada, el azoro por consultar ese mensaje de WhatsApp o decir que además del colesterol, llevas a tus seres queridos en el corazoncito, y luego escribirlo en el muro de Facebook para ver cuántos les dan like, ¡huuu, yo pos’… bien poquitos!

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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