Breve transculturación de la muerte en la minificción de A. Monsreal, L. E. Vizcaíno y Fernando Sánchez Clelo

*Por Jacinto Ernesto Alonso Rincón

La minificción, dentro de la literatura, se establece como una vanguardia –que pareciera– permanente, un género experimental. Pero exactamente ¿qué es la minificción? Es una obra literaria breve que “resulta tan extraño, tan poco clasificable, tan alejado de lo tradicional porque es un nuevo género, o sub-género, se está formando otra forma narrativa” (Rojo, V. 2010: s/p) De esta manera se ve la capacidad innovadora que posee la minificción.

Dicho género literario, posee algunas características que son fácilmente identificables dentro de hispanoamérica: “la interacción con textos, géneros, mitos, personajes, acontecimientos cuyas referencias (bíblicas, literarias, históricas y míticas) pertenecen al acervo cultural de la humanidad. En el fondo, los elementos primigenios perviven” (Perucho, 2009: 17). Se debe de poder tener un elemento que sea clave para entender el hipotexto y rastrear la intertextualidad, lo que da paso a una interpretación.

En este sentido, toda referencia cultural puede ser retomada para ser tratada artísticamente dentro de las minificciones. Pero cabe preguntarse si la muerte es un aspecto cultural. Se hará un breve repaso. El cese de la vida en Europa-occidente se presenta como una extraña relación entre el hombre y la muerte. El filósofo y sociólogo francés, Edgar Morin (1921), plantea que la relación se ha presentado desde los inicios de las civilizaciones cuando se empezaron a implementar los funerales que “institucionalizan un complejo de emociones: reflejan las perturbaciones profundas que una muerte provoca en el círculo de los vivos” (Morin, 2011: 25) Y estas inquietudes reflejan puramente la conciencia que se tiene sobre la finitud de la vida. Siguiendo con la lógica del filósofo, todo lo anterior se engloba en “la pérdida de individualidad”, haciendo que el dolor sea más o menos fuerte dependiendo de los lazos personales que se tenían en vida es decir. Lo anterior implica de nuevo un pensamiento dicotómico, el horror, traumatismo de la persona allegada al muerto y la imperturbabilidad o poca importancia de los demás, es la relación y distanciamiento.

Esta conciencia de la muerte que implican tantos sentimientos y que conlleva la pérdida de individualidad se presenta como el “traumatismo de la muerte” (Morin, 2011: 32) De esta manera se ve explícitamente el miedo, horror, traumatismo (o como se quiera llamar) hacia el cese de la vida, es también, implícitamente, la relación estrecha, porque tener la conciencia es ya una aceptación.

Por otra parte, en México, con respecto a la muerte, el poeta Octavio Paz enuncia lo que se puede proclamar como una definición: “La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida” (Paz, 2011: 58) La muerte pasaría a ser lo mismo que la vida, es el otro transfigurado en un segundo plano. Cada uno con elementos comparables.

Por su parte, Carlos Monsiváis comienza una crónica citando a Carlos Pellicer “El pueblo mexicano […] tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor por las flores” (2013: 131) Teniendo este precedente, el cronista hace la relación, la nota roja se presenta como el gusto por la muerte y la crónica de sociales como el amor por las flores. Desde este punto de vista, Monsiváis abre un panorama del mexicano y su sociedad, que busca otro medio de expresión además de la literatura (ficcional) para tener una concepción de la muerte.

Tal vez por eso se habla de una noción especial de la muerte que no tiene nada que ver con un optimismo, es más bien un reflejo que se encuentra cimentado en la soledad del mexicano, en la insensibilidad de la propia vida, una relación entre vida y muerte que parece casi imperceptible porque los dos hechos se confunden.

Teniendo claro lo que la muerte representa, es momento de pasar a la transculturación. Fernando Ortiz habla de Cuba, pero después se vio que la finalidad puede ser comprendida para toda América Latina. Por lo tanto, Ortiz define la transculturación como un proceso para

[…] expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano, así en lo económico como en lo institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüístico, psicológico, sexual y en los demás aspectos de su vida. (1940)

Cuando se habla de transculturación, indudablemente se habla de cultura, pero entre las tantas definiciones que se han dado, entendemos cultura como “dimensión y expresión de la vida humana” (Araújo, Nara, 2013: 72) en donde se encuentran características comunes y distintivas con respecto a otras colectividades.

El ser humano toma consciencia de un destino inevitable y universal [la muerte] que servirá para que cada individuo desarrolle su propia vida tanto en lo personal como en lo social. De este modo, la muerte  se presenta realmente como algo universal, como el único fin de la existencia que llegará a ser tema de muchas cuestiones, entre ellas, la cultura en donde su máxima expresión será la literatura. Entonces, cuando se habla de transculturación de la muerte, se entiende como el proceso cultural porque el que pasa el concepto muerte, dependiendo de su distinto desarrollo dentro de la minificción de los autores mexicanos. Ahora se dará inicio al análisis de los autores con su respectiva minificción, tomando a la muerte dentro del tópico “resurrección”. Teniendo en cuenta los hipotextos y la relación entre los tres autores.

En la Biblia se vio el instrumento perfecto para procurar una satisfacción a los creyentes, al morir resucitarían gracias a su Dios benevolente: “El dios de la salvación es aquel cuya fuerza de resurrección utiliza el hombre con el fin de resucitar a su vez, y además tal como era” (Morin, 2011: 211). El caso de resurrección más conocido y de mayor importancia sería Jesús, pero existe otro del que también se habla que es Lázaro. En el texto sagrado se narra la resucitación de Lázaro de la siguiente manera: « ¡Lázaro, sal fuera!» Y salió el muerto. Tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo caminar.» (Juan 11:38-44)

En este sentido, Agustín Monsreal se ha hecho notar con su relato “Laberinto sin salida”, en donde cumple enteramente con todos los preceptos de la minificción. Nos cuenta una versión diferente de lo que se conoce sobre Lázaro. En las sagradas escrituras nos encontramos al hermano de Marta enfermo, lo cual es la condición de su muerte. Y de acuerdo con esto, el cambiar el motivo de la enfermedad es ya un juego.

Sin embargo, el personaje Lázaro de Monsreal ya sirve como un recordatorio de los acontecimientos ocurridos en la Biblia. Pero como se mencionó anteriormente, el cambio de la condición de muerte se expresan desde las primeras líneas en donde aquí es Lázaro quien decide morir: “Solo, completamente solo; triste, horriblemente triste y desgraciado, pertinazmente desgraciado, Lázaro decidió morir” (Monsreal, 2016: 196). También, las reiteraciones hacen hincapié en la situación del personaje, en donde primero aparece el sustantivo para después ser modificado a profundidad por un adverbio.

Por otra parte, la otra manera de ironizar para lograr un entretenimiento es apelar una serie de adjetivos hechos hacia una gran figura de autoridad como lo puede ser Cristo, que es el hijo de Dios, el salvador de la humanidad. Monsreal lo define dentro de su texto como un “chamán”; “milagrero” (Monsreal, 2016: 196). Dejando ver rasgos menos distintivos ante una figura divinizada. Asimismo pone en juego su función como enviado de Dios: “andaba haciendo prodigios sin mirar a quién y sin preguntar si la gente quería que los hiciera” (Monsreal, 2016: 196). Dando cualidades de un hombre más bien ambicioso, que por su superioridad hará lo necesario ya que así fue decretado por Dios, dejando el libre albedrío y la voluntad de los mortales en ruinas.

Otro aspecto importante es la función cíclica del relato. Se menciona en el texto que Lázaro decide morir, muere y es resucitado por Jesús. Después de volverse a encontrar entre los vivos sigue su vida de soledad, tristeza y desgracias así que el sentimiento de morir no ha desaparecido, pero se ve imposibilitado a volver a morir porque no quiere encontrarse de nuevo con su primo. De esta forma, si cada que muere será resucitado el ciclo es infinito, dando la merecida importancia al título de la minificción “Laberinto sin salida”. La vida le es dada como un sinfín de encrucijadas en donde no podrá encontrar la muerte que se presenta como la salida.

Por su parte, Fernando Sánchez Clelo también se encuentra la vertiente de la resurrección, y no se puede negar el hecho de que se comparten similitudes con Monsreal, ya que el personaje estereotipado será el mismo: Lázaro. Y la minificción lleva justamente el nombre de la categoría a analizar “Resurrección”, que es parte de Ficciones a contrapunto (2012). En el relato de Sánchez Clelo la narración se presenta como un diálogo, en donde el hablante apela a alguien a quien describe con “cuerpo de pescado flaco”; “falta de dientes” (Sánchez Clelo, 2012: 12). Pese a estas descripciones, el tono de la enunciación inspira ternura. Estas adjetivaciones pueden ir dando pie a la interpretación de la persona a la que se está refiriendo, pero no es hasta el final cuando se menciona el nombre de Lázaro.

Después se siguen dando más descripciones emocionales y se llega al punto de decir cómo eran las amistades de Lázaro, que inspiraban santidad, frase que toma importancia en el momento que se sabe a quién está dirigido el mensaje, ya que dichas amistades serán Jesús y algunos discípulos que iban con él en el momento en que fue resucitado. Finamente se encuentra el narrador que ya interpela con un discurso de reproche y tajante, adquiriendo mayor importancia porque es el único diálogo, es el enunciado mismo y también el narrador.

De este modo son las últimas líneas de la minificción en donde cobra sentido todo lo anterior y ahora se muestra la parte negativa de vivir con el resucitado que según las sagradas escrituras llevaba cuatro días de muerto en el momento en que Jesús fue a resucitarlo, por lo tanto, el personaje-narrador menciona: “tufo a carne en putrefacción” (Sánchez Clelo, 2012: 12). Y la despedida es eminente.

Laura Elisa Vizcaíno también escribe sobre la resurrección en “Cobardía”. En este relato, a diferencia de los propuestos por Monsreal y Sánchez Clelo, se habla de un regreso a la vida sin tocar temas religiosos o personajes que aparecen dentro de las sagradas escrituras. Con Vizcaíno la resurrección, como en la minificción anterior, es temporal y culturalmente más cercana, en donde la reunión familiar se encuentra dentro del imaginario del mexicano como un elemento principal dentro de la tradición.

En este sentido, la abuela es quien regresa de la muerte para hacer aparición en una reunión familiar. Por lo tanto, aquí importan tres cuestiones que se van desarrollando a la par de la narración. El primer momento se presenta cuando la abuela aparece en la reunión familiar lo que da “gusto” y el segundo momento se presenta cuando deciden “como un acuerdo implícito” no decirle que ha estado muerta por varios años, además de que “la velada transcurrió cómodamente”. Es así, como se hace una analogía con los sentimientos relacionados con la vida, la aceptación, la alegría de conservar a los seres queridos cerca.

En cambio, en el tercer punto, cuando la abuela debe de irse, de los participantes de la fiesta “ninguno […] se ofreció a llevarla” (Vizcaíno, 2015: 67). Porque esto supone la “conciencia humana de la muerte” (Morin, 2011: 34), que implica un horror hacia el cadáver y el hecho mismo de la muerte, es una negación ante lo inevitable y real. Es la ambivalencia de todos los sentimientos que provoca la muerte en el ser querido, se busca creer en una resurrección pero a la vez se sabe que se pierde la individualidad que se gozaba en vida. Además se nota simplemente el distanciamiento, no un terror como tal.

Los tres acercamientos muestran una relación por el hecho de hablar sobre la misma categoría de muerte. Sin embargo, Monsreal y Sánchez Clelo, se encuentran más relacionados por hacer uso del mismo personaje estereotipado. La transculturación en este sentido se presenta como el cambio del imaginario entre la tradición europea y la mexicana. Monsreal da lugar a una ironía para subvertir la concepción de la idea religiosa. Sánchez Clelo por su parte busca un humor más denso y negro, encontrando su fin transcultural en la idea de burlarse de un precepto divino.

Por su parte, Laura Elisa Vizcaíno no ocupa el uso de un personaje conocido, sino que desarrolla sus propios personajes dentro de un ámbito más conocido, en este caso la tradición mexicana. Representando elementos como la fiesta, para recordar el valor del pueblo ritual que fuimos, o la familia y el respeto por las personas mayores, por eso el uso del diminutivo en “abuela”. Lo que hace Vizcaíno es una transculturación más próxima, logrando relacionar la relación hombre/muerte con su propia experiencia cultural.

Print Friendly, PDF & Email
Sin Comentarios

Deje su Comentarios