Clásicos inspirados por el confinamiento

Son diversos los ejemplos de obras maestras de la literatura que han devenido de un confinamiento, ya sea por prisión, como De profundis, que escribiera a finales del siglo XIX un destrozado Oscar Wilde desde Reading, o por reclusiones voluntarias, como la de aquel verano de 1816 que atestiguó el nacimiento de Frankenstein, de Mary Shelley, en Villa Diodati, en Suiza.

Diario de Ana Frank

Los nazis habían ocupado Ámsterdam, Holanda, y la familia Frank, junto a los Van Pels y el dentista Fritz Pfeffer, habrían de refugiarse en la «casa de atrás», en Prinsengracht 263, un escondite donde la pequeña Ana se entregaría a la escritura de su célebre diario, entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, cuando fueron descubiertos.

El texto se publicaría tres años después, en 1947, convirtiéndose en una de las grandes referencias de la Segunda Guerra Mundial.

El príncipe, de Nicolás Maquiavelo

Acusado de haber conspirado contra los poderosos Médicis, Nicolás Maquiavelo fue expulsado de Florencia, Italia, en 1513, y enviado al exilio en la localidad de San Casciano, donde, desde la reclusión, escribiera El príncipe, el tratado de doctrina política más célebre de la historia.

Se dice, sin embargo, que la casa de su confinamiento tenía un túnel secreto que conectaba con una taberna, L’Albergaccio, que el canciller florentino visitaba todas las noches. El príncipe se publicó de manera póstuma, en Roma, en 1531.

El Quijote, de Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra ingresó a la Cárcel Real de Sevilla, España, en 1597, acusado de una supuesta malversación de dineros de la recaudación de impuestos, a lo cual se dedicaba entonces. Antes había estado preso en Argel, Argelia, pero aquella reclusión no fue tan productiva como la sevillana, donde surgieron los primeros trazos de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, la obra monumental del castellano que se publicaría en 1605.

Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade

Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués de Sade, ingresó a La Bastilla, París, en 1784, en el filo del estallido de la Revolución Francesa. Pornógrafo y autor maldito de mente escandalosa que durante el encierro concibió

Los 120 días de Sodoma, un libro que se publicaría más de un siglo después, en 1904. Fue enjuiciado por su depravación, un señalamiento que aún impera para el autor desde la moralidad actual. De su nombre proviene el sadismo, conducta que consiste en infligir sufrimiento físico a otra persona con fines sexuales.

Frankenstein, de Mary Shelley, y El vampiro, de John Polidori

Corría el verano de 1816 cuando Mary Shelley y su esposo, Percy B. Shelley, acudieron a visitar a su amigo el poeta Lord Byron, que entonces residía en Suiza, en la hoy mítica Villa Diodati, cerca del Lago de Ginebra. Unido también John Polidori, el anfitrión los retó a aprovechar la estadía escribiendo una historia de horror.

Ni Byron ni el señor Shelley cumplieron su cometido, pero de ese encierro sí surgió El vampiro (1819), de Polidori, cuento pionero de ese subgénero literario, pero sobre todo germinó uno de los clásicos más importantes de la literatura: Frankenstein o El moderno Prometeo (1818).

De profundis, de Oscar Wilde

La prisión de Reading, en Berkshire, Inglaterra, a la que ingresó en 1896 acusado por el delito de sodomía, tumbó la vida del exitoso Oscar Wilde, luminaria de la literatura inglesa con éxitos como El retrato de Dorian Grey y La importancia de llamarse Ernesto.

Desde la reclusión, sin embargo, escribió su texto precisamente más profundo, De profundis, una epístola que dirigió a su ex amante Lord Alfred Douglas, Bossie, cuyo padre, el Marqués de Queensberry, había movido mar y tierra para enviarlo a prisión, donde cumplió trabajos forzados. La obra se publicó póstumamente, en 1905.

En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

El de Marcel Proust fue un confinamiento voluntario para concluir, desde la cama, incluso, su obra maestra, En busca del tiempo perdido, un libro comprendido en siete partes escritas entre 1908 y 1922, año en que murió, y publicadas entre 1913 y 1927.

El enfermizo escritor, que sólo abandonó su encierro para asuntos indispensables, fue hijo, por cierto, de Adrien Proust, reconocido higienista francés que defendió el distanciamiento social y las cuarentenas como método para combatir las epidemias.

Nuestra Señora de las Flores, de Jean Genet

El escritor francés Jean Genet está contenido, en toda su esencia, en Nuestra Señora de las Flores, que el autor publicó en 1944. Se trata de su novela debut, escrita en prisión.

En los años 30, entró y salió de la cárcel —en Fresnes, Tourelles y La Santé— en diversas ocasiones, acusado de robo, mendicidad, falsificación de documentos, conducta obscena y prostitución.

Un autor de culto homosexual que retrata en este libro autorreferencial los bajos fondos de la vida recorrida, siempre en los márgenes, entre travestis, prostitutos, asesinos y proxenetas.

Cancionero y romancero de ausencias, de Miguel Hernández

Fue el Reformatorio de Adultos de Alicante, España, donde el poeta Miguel Hernández concibió su último libro, inacabado, Cancionero y romancero de ausencias, una obra que escarba en la esperanza en medio de las tragedias que ha sembrado la guerra.

Fiel republicano, el autor fue enclaustrado y condenado a muerte por el franquismo en 1940, aunque murió de tuberculosis dos años después, tras padecer bronquitis y luego tifus. La obra vería la luz hasta 1958.

Los días y los años, de Luis González de Alba

Un ejemplo mexicano de obras surgidas en el cierro es Los días y los años, un libro que el mexicano Luis González de Alba escribió desde el Palacio Negro, Lecumberri, donde fue hecho preso tras su participación en el Movimiento Estudiantil de 1968.

La obra fue escrita al calor de los acontecimientos y recrea momentos claves de un año turbulento y represor. «Estos son los días que después se recuerdan como una cicatriz», escribió el autor. El libro fue publicado en 1971.

 

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