COLUMNA: ¿Amar la trama o el desenlace?

Una cita en el Salón de belleza de Mario Bellatin

Por Karina Ortiz Bonales

Crear mundos, de eso va la literatura: de construir y describir situaciones. Algunas veces éstas se ponen al límite en mundos cerrados con personajes sin nombre, pero con situaciones claras, determinantes, actuales y complejas. Esta semana acudimos a una cita al Salón de belleza de Mario Bellatin.

Mario Bellatin nació en la Ciudad de México en 1960, hijo de padres peruanos, nació sin el brazo derecho. A los cuatro años de edad se fue con su familia a Perú, en donde estudió Teología durante dos años en el Seminario Santo Toribio de Mogrovejo y, después, Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima, además de una especialidad en Cine.

Tiene más de cuarenta libros publicados y está traducido a más de quince idiomas, entre sus premios destacan el “Xavier Villaurrutia”, el “Barbara Gittings Literature Award” y el “Antonin Artaud”. Es considerado uno de los escritores contemporáneos latinoamericanos experimentales, su manera de narrar y jugar con la realidad y la ficción provoca situaciones inverosímiles, pero al mismo tiempo cercanas.

Salón de Belleza es una novela corta publicada originalmente en 1994, sin embargo, para realizar esta reseña revisamos la edición de Alfaguara publicada en 2016, que aparece titulada como edición definitiva y que el autor da fe de presentar una versión actualizada. Además, compara al libro con una analogía sobre el césped recién cortado, una forma de refrescar lo narrado.

Suelo ser repetitiva con mi propia analogía de sentir cuando un libro te golpea en la cara, pero debo repetirla en este caso. Esta novela corta es eso: un knock out que te deja tirada en el piso y hay que levantarse poco a poquito. Ya son tres lecturas las que he realizado de este juego entre peceras, salones de belleza y morideros, y siento una impotencia, aunque algo relajada, cuando intuyo que un detalle se me escapa. La primera lectura fue voraz, insaciable y desesperada —la hice en una sala de espera antes de una consulta médica—, las otras dos han sido en casa con calma, explorando.

Y es que no hay otra forma de acercarse a este entramado sin nombres. Los personajes, sobre todo el principal que funge como narrador, no nos dice quién es, nos menciona a personas que le rodearon de alguna forma, no se detiene mucho en detalles de la vida, pero sí en vivencias que nos van dando claves para construir nuestra propia idea de lo que representa quien nos habla.

De entrada, podemos decir que un estilista, que entendemos que es homosexual y que gusta de travestirse, decide transformar su Salón de belleza en un Moridero cuando descubre que padece una enfermedad que lo consume y que en poco tiempo morirá. En tanto, cuidará de otros enfermos terminales solo con cuidados paliativos: un poco de caldo de pollo, agua, nada de medicinas ni visitas, sólo varones —generalmente jóvenes—, sin dramas.

En el momento de esplendor del Salón de belleza, este hombre vivía obsesionado con los acuarios y los peces. Los detalles que Bellatin describe son maravillosos, entre Guppys Reales, Carpas Doradas, Monjitas, Escalares, Ajolotes y hasta Pirañas Amazónicas. Mientras se lee la novela, el relato de los enfermos y el de la afición por los peces se alternan para dotarla de cierto simbolismo en torno a la belleza, la fugacidad de la vida, la enfermedad y la muerte.

Salón de belleza alterna con sus saltos de tiempo y las pocas cosas nombradas, —entre ellas no mencionar cuál es esa terrible enfermedad, aunque nosotros al leer sabemos de qué se trata—, y eso es, creo, lo que más me gusta de este balazo literario: decir todo sin decir mucho, con metáforas preciosas, con peces que nadan y combaten a muerte en un lugar en donde se erige el culto a la belleza, máxima aspiración social convertida en un moridero.

Creo que es un ejercicio complejo no caer en detalles cuando leemos esta maravillosa obra y aun así, cosa rara, no estamos dando spoilers, porque se le puede mirar y leer desde muchos lados, desde donde su bagaje, ideología, contexto les permita. Salón de belleza es, pues, una obra que, quien lee, completa.

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