Opinión

COLUMNA: Aquí comienza…

Por Nican Ompehua

La maestra (actriz y directora de teatro) Janet Pinela, se ha sublimado, es decir que ha alcanzado un nivel  extraordinario con el montaje de la obra “El Indio Alonso”, puesta en escena el pasado fin de semana en el Teatro Universitario “Coronel Pedro Torres Ortiz”.

Bueno, ella por ser la directora escénica, aunque también tiene tal mérito el músico Jaime Ignacio Quintero Corona, pues es el creador de esa obra excelsa.

He dicho obra aunque fue anunciada como “musical”, pero especial (en mi opinión) porque su tema es trágico, tiene declamación (en el sentido descrito por el diccionario de la lengua española), música, canto y algún detallito de danza con lo que (según yo) pudiera calificarse como zarzuela.

Llama la atención, en primer término, la composición musical, tanto instrumental, ejecutada en vivo, cuanto en las voces, en especial de Felipe Castellanos de Mendoza, de Karina Velázquez, de Genie Ceceña y de Rosa Aileén Vázquez Camarena.

La escenografía, fastuosa y elegante, incluye rayos de luna y luz de sol entrando a través de una ventana inexistente a la vez que imposible, pero que parece real. Llamas que incendian el foro como efecto visual pero con intenso olor a humo en la sala. Un río con cascadas en las que las lavanderas bien parecen estar dentro. El vórtice de una tormenta en momento truculento. Luna, paisajes y lugares que parecen reales, todo esto proyectado sobre un escenario que comprende fondo y piernas.

El argumento es conocido pues está basada en la historia documentada por el sacerdote colimense Roberto Urzúa Orozco, que buscando y buscando una leyenda encontró a la protagonista, una mujer -entonces ya mayor- olvidada, ignorada, refugiada en un pueblito, llamada Ramona Murgía, quien, en sus mocedades, fue raptada por un bandolero temible que azolaba la región; era Vicente Alonso a quien apodaban Indio. La historia es dramática por tener momentos dolorosos, y trágica también, pues su desenlace es fatal.

El título de la obra es, como ya se dijo, “El Indio Alonso”. Pero bien pudiera nombrarse “La tragedia de Vicente Alonso” porque el Indio se hace presente en el escenario. El actor que lo representa no le imprime la fuerza de carácter que se esperaría tratándose de un forajido, cabecilla de una banda de salteadores; la representación es de un charro fino, con traje que parece de gamuza: más se parece al patrón de una hacienda que a un indio. Dicho personaje permanece estático, casi inmóvil, y con las manos cruzadas en la espalda lo que no coincide con la imagen que la historia y las historias han imprimido en la mente de los lectores. (No solo me refiero a La Muerte del Indio Alonso, para lo que sirven los tíos, de R. Urzúa, sino también a la novela Las Andanzas del Indio Alonso de Alfredo Montaño Hurtado, a la puesta en escena Vicente y Ramona, escrita por Emilio Carballido, y a Ramona -cortometraje- de Jarid Alcantar).

Tiene un detalle coreográfico que deberían eliminar pues lo ejecutan del “bandoleros desalmados” en interpretación “delicada”.

En fin, conviene aclarar que asistimos a las primeras representaciones (que están programadas cuatro pero deberían ser cien al menos, ya sea en casa o en giras por todo el mundo) lo que a veces cohíbe a los actores y los hace aparecer un tanto “rígidos”, sin soltura, la que se va adquiriendo día con día y es plena cuando ellos mismos acaban divirtiéndose con lo que están haciendo. Es de esperar que así sea porque la obra tiene mucho que dar, no solo en el ámbito local sino en todo el orbe. Tiene potencial para comparase con Romeo y Julieta y, por supuesto, con Don Juan Tenorio.

Estoy convencido que recibirán aplausos, aplausos y muchos más aplausos, así como gritería de alabanza por públicos puestos de pie solicitando ¡MÁS!

cuauhtemoc_acoltzin@ucol.mx 

¡Ah! ¿Por qué no organizar un día sin hombres? Fin de semana largo, descanso y alabanzas. Genial sería.

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