COLUMNA: Aquí comienza…

Por Nican Ompehua

“La única verdad es que no hay verdad”. Parece perogrullada pues desde un enfoque filosófico la verdad debe ser única, universal e inamovible y eso, es muy difícil de encontrar. Pero en el léxico jurídico el término “verdad histórica” se entiende como la conclusión tomada al fin de una investigación policiaca y que se encuentra contenida en la carpeta que entrega el Ministerio Público a un Juez, y que al término del proceso se transforma en “verdad jurídica”. Es decir: no se refiere a los que consignará la historia sino a lo que se ha podido demostrar.

Esa declaración (entre comillas) es la conclusión a la que, llegado Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos, población y migración, de la Secretaría de Gobernación, en su informe de la investigación de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, en el sexto aniversario de lo acontecido.

Hay que revisar lo relevante del informe y discutirlo después.

Dijo que la “verdad histórica” se ha derrumbado.

Que en ningún momento estuvieron juntos los 43 desaparecidos.

Que no hay evidencia de que alguno esté vivo, a pesar de buscarlos, ahora sí que: por cielo, tierra y mar, como se dice coloquialmente.

Que después de efectuar 25 acciones de búsqueda, en cinco lugares se exhumaron los cuerpos de seis personas, pero ninguno corresponde con los de los normalistas. Que cerca del basurero de Cocula se hallaron múltiples restos de los cuales tres tenían posibilidad de estudio. Se mandaron a un laboratorio extranjero que identificó a uno más de los buscados. Van dos. Por otro lado, estudiaron el ADN de otros 250 cuerpos encontrados en fosas clandestinas; se identificó a 22 desaparecidos y se entregaron a sus familias. Ninguno coincidió con aquellos a quienes buscan.

Que de aquellos a quienes se habían detenido como indiciados, se ha liberado a 70 por órdenes de un juez quien argumentó que los testimonios se obtuvieron mediante tortura, aunque, debiendo reinstalar el proceso, simplemente ordenó que los soltaran. Ahora está separado del cargo y acusado de corrupción.

Con eso podría decirse que el progreso de esa ardua investigación solo ha aportado poca información adicional y que, por el contrario a lo informado, la identificación de los restos de dos normalistas, la falta de evidencia de que alguno de los demás esté con vida y que los restos se hayan encontrado en donde se dijo que estaban (o en la cercanía) confirma la hipótesis propuesta por el Alejandro Solalinde, la que orientó la investigación.

Tal vez sus conclusiones den consuelo a los padres de los desaparecidos quienes no han abandonado la esperanza de encontrarlos, de preferencia vivos. Pero dejan la impresión de que queda muy poca “tela de donde cortar” (expresión coloquial bien conocida).

Por otro lado, hay mucha información periodística documentada mediante entrevistas, pesquisas dirigidas y experimentos científicos. Cito los libros: La verdadera noche de Iguala, de Anabel Hernández; La noche más triste, de Esteban Illides; La guerra que nos ocultan de Francisco Cruz, Félix Santana Ángeles y Miguel Ángel Alvarado. Estos autores han descrito como los normalistas se robaban autobuses y secuestraban a los conductores, haciendo bajar al pasaje en plena carretera para que los recogiera otro camión; viajaban por donde querían y cuanto fuera y después liberaban a conductor y camión. Pero ese día uno de los camiones robados transportaba mercancía especial lo que disgustó a un “capo”, quien ordenó el ataque. Que la policía detuvo a algún camión y bajó a quienes iban en él: los normalistas. Pero un policía tenía pistola en mano por lo cual lo acosaron hasta que disparó. Eso demuestra que sí estuvieron juntos.

Que experimentalmente se demostró que es posible pulverizar cuerpos de animales (cerdos) hasta convertirlos en ceniza; no en hornos crematorios sino a la intemperie, afirmación contraria a lo concluido por aquella comisión de expertos argentinos que no negaron de manera categórica.

Que un militar de bajo rango informó que cuando los movilizaron les indicaron salir bien pertrechados pues enfrentarían a un grupo muy peligroso, por lo tanto, salieron dispuestos a todo.

Que los acompañó un militar vestido de “paisano”, y montando una motocicleta, cuya misión era documentar todo lo acontecido.

Y que el celular de aquel joven que se describió como “desollado” fue encontrado en el Campo Militar.

Todo esto ha dado pie que todos los integrantes de las corporaciones establecidas en la zona, en aquella época, hayan sido sometidos a investigación y a la detención de 17 de ellos.

Por lo tanto, parece que toda esta investigación de la verdad no aportará mucho más pues como se dijo hoy: “La única verdad es que no hay verdad”.

 

cuauhtemoc_acoltzin@ucol.mx

 

 

Print Friendly, PDF & Email
Etiquetas
Sin Comentarios

Deje su Comentarios