COLUMNA: “Bragentina” o el pulso de dos potencias

Querido Papá Noel

*Por Lauriane Agnolin

Una vez al año, cada uno de los 209.5 millones de brasileños tenemos la posibilidad de ser el Papá o Mamá Noel de un niño en situación de vulnerabilidad social y económica. Aun falta más de un mes para la celebración católica, pero ya es posible ver algunas huellas navideñas en plazas públicas y en algunas casas. Las bolas y luces que destellan a un ritmo frenético u otras que, como nosotros, lucen cansados y brillan lentas, rompen la monotonía del barrio con las tonalidades del verde y rojo. Quizás la prematura decoración navideña sea para acelerar el final de este año en el que hemos estado inmersos en la soledad de nuestros propios pensamientos y cara a cara con la crisis que parece engullirnos a todos de un solo golpe.

A veces sonrío dulcemente ante la ingenuidad de quienes proyectan, a la medianoche del 31 de diciembre, el fin de la pandemia como si el virus tuviera tiempo de expirar. Algunas familias, incluso, alinearon el arbolito con la esperanza de encontrarlo intacto en la Nochebuena con adornos a prueba de gatos.

Enseñados a ver el Mundo a través de la ventana, nos olvidamos de mirar más a nuestro lado. Unos pocos grados son suficientes para dejar nuestra comodidad en escombros. La oficina de los Correos Brasileños, ahora, más que transportar mercancías y entregar postales, es responsable de albergar sueños. Eso porque el “Papá Noel de Correos” nos permite apadrinar una carta de un niño que vive em algún rincón de este país y comprarle lo que pide en el papel. Durante horas estuve inmersa en la plataforma leyendo las peticiones de los pequeños. De un estado a otro, hice clic en los papeles fotografiados, dibujados a mano en colores brillantes como si eso significara vida para ellos; para poder conocer los deseos genuinamente guardados en la parte más íntima de la caja toráxica de los niños que aun se permiten soñar y que solo Santa Claus, solo él, puede saberlo. Útiles escolares, juguetes y comida es la tríada del deseo de la infancia brasileña.

Esto me llevó a pensar que la solidaridad que experimentan algunas personas en fechas puntuales, ya sea por altruismo, descarga de conciencia o simplemente para alimentar el próprio ego publicando el acto benévolo en las redes sociales, es necesaria, pero superficial. La solidaridad en nada tiene que ver con la justicia social. Todo el Mundo felicita a los que ayudan, pero son raros los que se preguntan por qué necesitan ayudar. Pocos se preguntan qué hace que los niños de 5, 6, 8 años o cualquier edad se preocupen más de si la familia tendrá algo para comer al día siguiente que por tener cuidado de no lastimarse en ningún juego.

Cuando hablamos de justicia social, el dedo levantado acompaña las venas de la garganta de quienes siempre han vivido en la comodidad de los privilegios. De comunista a victimista, abogar por mecanismos que aseguren la igualdad de oportunidades y desear que ninguno de esos niños que firman la carta con la letra irregular de los primeros años de alfabetizació, sea sometido a un crecimiento forzado es casi una blasfemia. Entre todas las peticiones dirigidas a Noel que pude leer, la que más me dolió fue la de una niña de 8 años del interior del nordeste brasileño. Hija de padres agricultores, lo único que pidió en Navidad fue un cuaderno para estudiar y una mochila para facilitar el transporte del material al colegio. Esa es la ambición máxima de esa niña que crece privada de algunos derechos básicos y que, probablemente cuando sea mayor, oirá algún insulto infame decir que “no se esforzó lo suficiente” cuando, en realidad, apeló al imaginario para tener lo imprescindible para su desarrollo integral.

En una simple analogía, la meritocracia es lo que Santa Claus representa para los niños: una obra de ficción inventada para hacer más digerible la realidad.

*Estudiante de la Universidad de Passo Fundo, Brasil, cumpliendo intercambio académico en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.

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