COLUMNA: “Bragentina” o el pulso de dos potencias

El Gobierno que odiaba a los periodistas

*Por Lauriane Agnolin

El único color capaz de romper los tonos grises de la pared era el rojo sangre que goteaba de los cuerpos torturados con descargas eléctricas y golpeados con la punta de la bota. Además de ahogar los gritos, las salas de hormigón del DOI-CODI, principal centro de represión de la dictadura militar brasileña, eran grandes confesionarios. Allí, militantes de izquierda, periodistas y todos los ciudadanos que amenazaban al régimen tenían la cabeza cubierta, sus intimidades expuestas y el silencio como una sentencia de muerte.

Desde 1964, cuando el uniforme verde oliva comenzó a gobernar Brasil por las manos de generales de línea dura, hasta este martes (1), lo único que no ha cambiado, y que nunca cambiará independientemente de la variación en el mercado financerio, es el valor de una información. Hoy, 56 años después, periodistas e influencers brasileños han vuelto al radar del Gobierno federal a través de una lista creada a pedido del Ministerio de Economía que clasificó a 81 profesionales de la comunicación en tres grupos: detractores, neutrales y favorables.

En el ámbito periodístico de la oficina de prensa, es muy común contratar empresas para monitorear lo que se dice sobre la figura asistida. A esto se le llama clipping y es a través de él que se pueden anticipar las crisis institucionales y manejarlas de una manera más fácil. Lo que no es normal, sobre todo cuando se considera un régimen democrático en cuya esfera pública circulan pensamientos opuestos, es incluir información como número de teléfono, dirección de correo electrónico y breves descripciones del perfil de un periodista, su desempeño profesional, posicionamiento y asuntos sensibles relacionados con el Gobierno, sin olvidar las indicaciones de cómo proceder con el acceso a la información que deberían tener esas personas.

Todos estos elementos descritos se practicaron durante la dictadura militar y se están repitiendo ahora bajo el Gobierno de Jair Bolsonaro. No digo que vamos a volver a sentir el olor a sangre y el pie en la puerta de la Redacción, pero reafirmo constantemente que el periodismo es también el ejercicio diario de la memoria social.

Si antes la censura detuvo las rotativas de los periódicos, hoy, el periodista es herido con su propia herramienta de trabajo: las palabras. Solo en el primer semestre de este año, el presidente lanzó 245 ataques verbales a la prensa y vemos al país caer en el ranking de libertad de expresión.

Hablar lo que quieras, a quien quieras y donde quieras es garantizar el derecho de expresión. Cuando esta narrativa comienza a amenazar la existencia del otro, se ha convertido en discurso de odio. La historia es un proceso cíclico y, si el papel de la prensa es vigilar, espero que los periodistas duerman con los ojos abiertos.

Este texto no es una comparación del Gobierno de Bolsonaro con la dictadura militar. Es un texto a favor del ejercicio libre del periodismo.

*Estudiante de la Universidad de Passo Fundo, Brasil, cumpliendo intercambio académico en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.

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