El Comentario - Universidad de Colima

COLUMNA: Bullicios, conversaciones

Dios ni siquiera es un eco

Por Nadia Contreras

Hay una frase que dice “a preguntas necias oídos sordos”. Y todo está bien hasta que se cansa una de escuchar lo mismo porque eso de hacerse pasar por sorda pues es vil mentira.

No, no tengo hijos porque no quiero y porque tuve una cirugía hace muchos años que me dejó estéril.

—Lo lamento, doña Rosa.

—Te lo agradezco, pero no hay nada que lamentar. Me enfurece cuando la gente te pide hablar bajito sobre la esterilidad. Por eso no tienes esposo ni amante, dicen. No me preocupa. Además, no creo que los hombres se interesen por los hijos, es una idea un tanto romántica. Mira, sencillo, si se enamoran de otra, pues se van y la madre es quien debe dar la cara por los chiquillos. Digo, no es que ande buscando hombres para vivir o para acostarme a cada rato. Ser estéril es algo tan normal como el periodo o la necesidad de dormir. No es un delito.

No quiero hacer la historia muy larga. Las molestias y las hemorragias comenzaron cuando tenía once años.

—Es la edad de mi niña, la edad de Flor.

—Pues a esa edad comenzó a desmoronarse el Mundo. Estaba muy confundida. Explicarle a mi madre lo que me sucedía mes a mes era imposible. Además, dios estaba ahí, no como alguien bueno sino como una piedra atada al cuello. Las hemorragias, de seguro, eran castigo por no creer en él. Cuando se enteraron fue porque de la escuela me llevaron al hospital con un sangrado imparable. Deliraba, me hundía. Desperté, y de ahí en adelante, el tratamiento fue agresivo.

Y fue así hasta los veintitrés años, cuando todo, absolutamente todo, se descontroló. Estaba casada y el hombre resultó un inútil. Me dieron dos opciones: tratamiento, porque no tenía hijos u operarme para quitar todo. Por supuesto, este último método, traería sus consecuencias. La menopausia no me preocupó y menos, la elección de no tener familia. Además, dije en voz alta, que para nada se me antojaba tener familia de quien ese momento simulaba ser el marido.

Entré a quirófano a las nueve de la mañana. No tenía miedo y creo que nunca lo tendré para esas cosas. Me colocaron una especie de mampara para evitar que mirara lo que sucedía; yo quería verlo todo: cómo abrían, cómo hurgaban, cómo buscaban entre la sangre la parte justa para cortar. No sentía nada, sólo pequeños jaloncitos, como si me estiraran la piel. Sabía que estaban las manos de la doctora ahí dentro, intentando arreglarme, intentando solucionar la avería, porque qué otra cosa somos sino un cúmulo de averías.

En algún momento me quedé dormida y desperté cuando me llevaban al cuarto de recuperación. Comencé a sentir un ligero escozor bajo las gasas. El escozor era caliente. Muy caliente. La agitación se convirtió en vómito, pero todo, era normal, decían. Me dio miedo la expresión: “señora, la operación fue un éxito”, no obstante, terminé por repetirla en mi mente una y otra vez.

La doctora había dejado el hospital cuando comencé a hundirme. Le dije que revisara, que me salía de la herida algo caliente. Y así sucedía. Por dentro algo se rompió y la sangre salía a borbotones. No hubo tiempo para mirar cómo a lo lejos, se desdibujaban los rostros de quienes miraban estupefactos. La sangre se iba y yo también dentro de un torbellino. La cama giraba y yo con ella a una velocidad inconmensurable. La caída no tenía fin. Afuera del torbellino estaban las voces: dos unidades de sangre por favor, que alguien le hable a la doctora, que venga rápido el anestesiólogo, avisen a su familia.

Caía, aunque me sujetara con fuerza al metal rígido de la cama, aunque me sujetara a las paredes negras, caía. La caída sólo me permitía ver un negro jamás visto. No había luz, ni el rostro de dios como dicen que ocurre en momentos como ese. Nunca he vuelto a ver ese negro. Ese negro, en la vida, no existe. Luego, el silencio, el vacío. Todo se detuvo, la cama dejó de girar y mi cuerpo se sentía muy ligero como si flotara. Había aire, un aire sabroso como cuando se acerca el invierno. El negro se disipaba. Caminaba, lentamente caminaba.

—¿Qué sucedió después?

—Volví con un sobresalto. Muy fuerte. Recuerdo que, con mis pies y manos, en ese movimiento brusco aventé a la doctora y a quienes la asistían; me amarraron los brazos y las piernas para que la doctora pudiera terminar de cerrarme.

—¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué la hemorragia?

—Un error, quizá, o porque así estaba escrito en el destino. Cuando salí no pude ver nada, tardé alrededor de tres meses para recuperarme y no tenía fuerzas para hacer la denuncia correspondiente por negligencia, en cambio, sí tuve la fuerza necesaria para deshacerme del marido inútil.

Respondo así a la pregunta necia que suelen hacer, no sé si porque realmente se interesan en una o por molestar. No, no tengo hijos porque no puedo tenerlos y tampoco quiero. De lo que sí puedo presumir, tal como lo hacen los papás cuando la hija o el hijo termina la educación secundaria con honores, es que conocí a la muerte. No hay rostros de ningún tipo, ni cantos, ni puertas que se abren y cierran concluyentes. Dios, ni siquiera es un eco. Hay paredes negras, paredes grises y, bajo los pies, una neblina aterciopelada.

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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