COLUMNA: CompagInah

La importancia cultural que resguarda el área protegida que comprende el Parque Eco-Arqueológico de La Campana

Por Arqlga. Maritza Cuevas Sagardi y Arqlgo. Rafael Platas Ruiz | Investigadores del Centro INAH Colima

El escenario geográfico que comprende el parque eco-arqueológico de La Campana se muestra como uno de los nichos ecológicos que permitió el desarrollo cultural de los pueblos prehispánicos de Colima a lo largo del tiempo. La importancia del entorno enmarcado por dos caudales permanentes, el río Colima y el arroyo Pereira, enriquecido por recursos como madera, bancos de arcilla para producir cerámica, piedra para crear herramientas, viviendas y tierra fértiles para la agricultura, se constituye, como lo dejan entrever ver los registros arqueológicos, como el lugar donde encontramos el origen de los primeros pobladores sedentarios en el estado Colima.

Es de considerarse que la cultura material es un conglomerado sistema de acciones diseminadas en el paisaje que son el reflejo de la apropiación del hombre con un entorno, las huellas dejadas son producto de las actividades que realizó, así mismo, permiten, a través del registro arqueológico, codificar cuando y como sucedió tal interacción, bajo esta visón se ha corroborado que dentro de 134ha que corresponden al área protegida y explorada del sitio  La Campana, se encuentra invaluable información de su secuencia ocupacional, contextos que reflejan el desarrollo histórico de la región. Las evidencias se remontan a asentamientos relativos a los primeros grupos sedentarios (1500 a.C.), hasta el momento del contacto con los hispanos, lo que equivale a tres mil años de historia. Bajo los edificios más tardíos cubiertos hoy en día por la vegetación distintiva de la selva baja caducifolia, se encuentran etapas constructivas más antiguas.

Según refieren fuentes históricas, los habitantes que vivían en Colima  durante el contacto denominaban este lugar, -Almoloyan-  nombre que significa “lugar entre agua”, haciendo alusión a los cuerpos hidrológicos que delimitaban el área nuclear del asentamiento, aunque posteriormente fue denominado bajo el seudónimo de La Campana, en virtud de que sobresalía en medio de los potreros un cerro que proyectaba tal figura, el cual correspondía a una de las estructuras de mayor altura que se conservaba.

A partir de los trabajos recientes llevados de manera interdisciplinaria, en el lugar se han podido obtener algunos datos fiables que han permitido comprender cómo los grupos interactuaron y acondicionaron el lugar partir de su propia fisiografía.

Se sabe que los primeros pobladores con una vida sedentaria en el valle de Colima se dio en este espacio,  a través de  patrón de asentamiento semidisperso privilegiado por  las fuentes hidrológicas para su establecimiento y producción agrícola. Los contextos arqueológicos que se han documentado al interior del parque, entre los que destaca una extensa área de enterramiento, puntualizan un desarrollo contemporáneo a las culturas Olmeca del sur de Veracruz y oeste de tabasco, y Tlatilco del valle de México. Los individuos que representan  son ya  especialistas en actividades artesanales, pues elaboraban herramientas y objetos ornamentales y recreativos, su trabajo manifiesta un avanzado manejo en las técnicas de pulido y abrasión que implicaba un constate desgaste de la piedra. Practicaron intercambio de materias primas con otras regiones, lo cual nos habla de movilidad social, mostrando la capacidad de extender relaciones con otros grupos. La producción alfarera que desarrollaron implicó el uso de minerales para lograr las tonalidades y decoración de las vasijas, estandarización de los recipientes, representaciones iconográficas, además de una amplia gama de formas donde se encuentran vasijas zoomorfas y fitomorfas.

Sin embargo,  tras años de ocupación del lugar, entre los años 500 d.C al 900 d.C. se constituye en la zona uno de los principales asentamientos del Occidente, tanto por las características arquitectónicas como por su traza urbana, definida de manera clara en ella llegando durante su esplendor hasta la zona centro del municipio de Colima. Las fuentes documentan edificios prehispánicos sobre los cuales fueron construidos  templos, conventos e iglesias del nuevo orden social y religioso que llegó al continente durante la conquista, la iglesia de San Francisco de Almoloyan, es ejemplo de esta práctica, misma que fue erigida  sobre una gran pirámide .

La ciudad prehispánica que floreció fue orientada por sus antiguos habitantes con una panorámica que estaba determinada por la percepción en la visual del Volcán de fuego, elemento que resalta imponente en  el paisaje. Su distribución espacial muestra ya la influencia y estilo  arquitectónico del esplendor clásico mesoamericano, donde la organización urbanística exhibe grandes plazas cerradas y abiertas, plataformas de plantas rectangulares y cuadrangulares escalonadas. Se dice que originalmente la urbe tuvo una extensión mayor a las 500 hectáreas, llegando durante su apogeo hasta la zona centro del municipio de Colima y Villa de Álvarez.

En lo que se refiere a su patrón de asentamiento, corresponde al del tipo nuclear, en lo que se logró conservar y ha explorado se localiza la acrópolis o centro religioso-administrativo, donde por su carácter constructivo se intuye que se llevaban a cabo ceremonias y dirimían los conflictos de la comunidad, el sistema constructivo exhibe grandes plataformas superpuestas escalonadas, en cuya parte superior destacan recintos administrativos y posiblemente habitaciones. Existen además, adoratorios de diferentes formas, resaltando uno ubicado al centro de una de las plazas, cuya estructura   recuerda la silueta del volcán de fuego.

También se han detectado altares, pirámides de varios cuerpos con escalinatas flanqueadas por alfardas, patios y grandes plazas; estas últimas dispuestas a diferentes niveles, caracterizándolas un sistema de drenaje subterráneo para desalojar las agua de lluvia, la que captan por medio de pozos cilíndricos, y cuya parte inferior tiene forma cóncava con la función de decantar el agua de tierra y arena. El agua es drenada y conducida hasta el río por un sistema de canales cubiertos, sistema de drenaje similar por su planeación y construcción a los proyectados en la gran urbe teotihuacana, en el Altiplano Central de México.

Los materiales arqueológicos indican una fuerte relación cultural entre los habitantes de esta ciudad con los individuos que dieron origen a la cultura Teotihuacana, las relaciones comerciales y migraciones fueron el nexo entre ambas ciudades, pues se han encontrado vestigios procedentes de Colima, sobre todo elementos marinos originarios de su costa, sin embargo, no se pueden descartar el aspecto cultural, en particular el estilístico arquitectónico y religioso, ya que aquí, se han detectado edificios con los elementos característicos de la arquitectura teotihuacana: talud y tablero, así como representaciones escultóricas de crótalos de serpiente en la parte inferior de alfardas de escalinatas y representaciones de Xipe Totec deidad de la vegetación, además de patrones de enterramiento.

Con la caída de Teotihuacán y surgimiento de sitios como Tula en Hidalgo, la urbe que regía el valle de Colima, también sufre una serie de cambios y transformaciones, situación observable en los edificios principales del centro ceremonial-administrativo, los que se ven sometidos a cambios y transformaciones. En el Posclásico (1000-1521d.C), periodo que antecedió a la conquista, el asentamiento sigue ocupado, pero se abandonan algunos edificios y se empiezan a construir otros bajo un diferente estilo arquitectónico, las construcciones de esta época aún se conservan resguardas por la vegetación, y son todas aquellas elevaciones que se sitúan en la parte norte del Eco-parque.

 

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