COLUMNA: Cuaderno de notas

Escribir para estar en la vida

Por Nadia Contreras

I

No sé si lo que comencé a escribir a finales de los noventa era poesía. En verdad no me preocupaba para nada que lo presentado fuera un poema. Tampoco me preocupaba qué era la poesía y si yo, en algún momento, me asumiría como poeta. O poetisa (el término, aunque no me guste, se sigue usando).

Para no hacer más larga la explicación, desconozco si lo escrito en mi libro más reciente, pueda llamarse poesía. Finalmente, eso no importa. Lo que sí, es que la poesía, la que leía y la que escribía, me permitió soportar el peso de la existencia. Y con lo que acabo de escribir, he tocado el punto que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de las bellas artes en el desarrollo del ser humano y de la sociedad. Me referiré, no obstante, a los libros, a la literatura.

Sin libros ¿cuál sería nuestro refugio? ¿quién llevaría el registro de los acontecimientos? ¿quién el registro de los amaneceres, la melodía del viento? ¿quién de la transgresión de las mujeres que hicieron caso omiso a las normas sociales que las limitaban (Rosario Castellanos, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Enriqueta Ochoa, Daisy Zamora, Silvia Cuevas Morales, Yolanda Arrollo Pizarro…)? Retomo algunas líneas de Rosely E. Quijano León: «En los libros hay refugio para todos, sin excepción, en cualquier momento y en cualquier lugar; muchos sabemos que un buen libro nunca te dejará mal».

Retomo el pasado. Tengo edad de los dieciséis o diecisiete años. Para entonces mi vida hacía conexión con la muerte, con la soledad, con la ausencia. No era fácil entender el pasado, esa fase temprana de mi vida en donde me quedé sola, junto a la noche, junto al frío. En esos primeros poemas hablé mucho de esos motivos que venían acompañados por largos periodos de depresión y encierro. Siempre he dicho que los huérfanos estamos condenados a no echar raíz y esto, a esa edad, conformaba el escenario más pesimista que ustedes puedan imaginar. El amor, muchos años después, también me alejó del alba y de la luz del día; todo era insomnio, vigilia. «Hay que matar la vigilia enemiga», dice Ibarbourou.

Entender ese pasado o esa época en la que creí posible la correspondencia del amor, fue trabajo de muchos años, hasta que llegó el momento en que esas cosas se minimizaron. De tanto escribirlas, se desgastaron o se convirtieron en palomas («Ver una paloma en sueños, será una buena noticia» Wislawa Szymborska). Con aquellos versos no intentaba mostrar nada, menos aún enseñar. Los escribí, ahora, lo entiendo, como guía de una revelación posterior. Es decir, aunque desconozca si lo que escribo es o no poesía o si esa poesía es buena o mala, en esa revelación posterior, mi corazón está alegre, hay inspiración, hay un sendero de luz infinito. ¿Es esta la fuerza poética? Tal vez siga sin echar raíces, no obstante, el poder de la palabra me eleva. Es un vértigo… un vértigo muy fuerte. Me sujeto con fuerza al nosotros.

II

En este periodo de cuarentena retomé la lectura de muchos de los libros que había dejado almacenados en la computadora, en el Ipad, en la Kindle, en la Tablet, en fin, en los dispositivos que ahora uso para la lectura. Cada uno ocupa un lugar en la casa y esto me permite llevar varios libros al mismo tiempo. Retomé la lectura de un libro de historia, otro de ciencia, otro de poesía, una novela y los libros relacionados con las materias que imparto.

Disfruto mucho la forma aleatoria de leer, incluso, lo considero para mi capacidad de retención, un excelente ejercicio de memoria, porque me obliga a volver sobre lo leído; evocar para escuchar aquellas voces. Además, a estas lecturas, sumo la información diaria en periódicos nacionales y extranjeros. Nada hay como despertar y al lado de una taza de café, abrir las páginas digitales de un periódico. Sin embargo, de lo que quiero hablar aquí, es de este regreso a la supuesta normalidad que deja atrás el encierro.

¡Qué palabra tan fuerte! Encierro. Una palabra que pesa mucho en la historia de las mujeres, principalmente. Pensar que “encierro” se refiere solo a muros y puertas, es quedarnos muy cortos. El encierro existe en los procesos ideológicos, emocionales, sentimentales, de gustos, de elección, etc. En Vigilar y castigar, Michael Foucault, explica el encierro como ejercicio del poder: «Ha habido, en el curso de la edad clásica, todo un descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco de poder. Podrían encontrarse fácilmente signos de esta gran atención dedicada entonces al cuerpo, al cuerpo que se manipula, al que se da forma, que se educa, que obedece, que responde, que se vuelve hábil o cuyas fuerzas se multiplican».

Y en torno al encierro gira La novela El placer de matar a una madre, de Marta López Luaces. En el periodo final del franquismo, una mujer es confinada en un siniestro hospital psiquiátrico después de haber sido acusada de asesinar a su madre. A través de su mirada y de la de las mujeres con las que comparte su encierro; muchas de ellas ingresadas por sus propias familias sin más motivo que el de no encajar con el modelo femenino de la época; López Luaces nos conduce a través de una historia que, aun difícil de creer por la crueldad que implica, está basada en sucesos reales. Son estas las rutas que persigue el libro.

El siguiente episodio se adapta tremendamente a nuestro encierro derivado del Covid-19: «La adversidad, aprendí allí dentro, puede romperte o hacerte más fuerte depende de la actitud de cada cual. Puede hacerte despreciar a los que se encuentran en tu misma condición; o puede hacerte crear vínculos indelebles que te ayudarán a salvarte y a mejorar como ser humano. Entendí entonces por qué Josefa decidió ayudarme. También comprendí por qué congeniábamos tanto los cinco aun cuando éramos tan diferentes. No, fuera no hubiéramos sido amigos. Quizás nunca nos hubiéramos encontrado en los mismos círculos y de haber coincidido es probable que no nos hubiéramos dirigido la palabra. Sin embargo, allí, en aquel encierro, creamos una relación más estrecha que cualquier amistad que hubiéramos tenido antes. La dureza de las circunstancias que nos había tocado vivir, nos unió más allá de nuestras diferencias».

Nos quedamos recluidos solos o con la familia. ¿Era necesario crear vínculos inestables? No. Fue necesario encontrarnos con nosotros mismos y con los nuestros, creando vínculos precisos que nos ayudaran a salvarnos. Por fin, nos damos cuenta de que necesitamos del otro; entre más estrecha sea nuestra relación con los amigos, los compañeros de trabajo, mascotas, calles, plazas, la ciudad, la naturaleza… somos más fuertes. Regresamos a la normalidad, pero que alguien me explique, por favor, cómo será esa normalidad, cubierta la cara, sin gestos, sin besos, sin sonrisas.

En el artículo “Manual de instrucciones para la vida con mascarilla”, de Karelia Vázquez, publicado en El país (24 de mayo del 2020), comenta lo siguiente y no agrego más porque todo esto me parece horroroso: 1). En la antigüedad —léase antes del 14 de marzo— una sonrisilla, aún sarcástica y condescendiente, podía arreglarlo casi todo, pero con mascarilla no hay sonrisa vista. Sonreír ya no es un lubricante social. Si lo ha hecho mal, solo dispone de la mitad superior de la cara para arreglarlo. 2). «Ahora somos como perros sin rabo», avisaba el South China Morning Post a sus lectores. El diario de Hong Kong recomienda «no fiarse solo de las pistas visuales: si alguien frunce el entrecejo, puede que esté enfadado. O no. Quizás haya olvidado las gafas y no vea nada». Su consejo es aclarar, preguntar varias veces, repetir… todo para evitar malentendidos. 3). «Al principio, cuando veíamos a alguien con mascarilla tendíamos a invisibilizarlo, como si fuera mobiliario urbano», señala la psicoterapeuta Isabel Larraburu. Habla, claro, de la prehistoria de la pandemia, ahora todos somos mobiliario urbano. Cree que para evitar confusiones entre enmascarados hay que «usar los ojos y las cejas para expresarse, y fijarse en la mirada de los demás para comprenderlos». 4). Hablar a distancia es molesto y estresante porque en nuestra cultura la intimidad y el afecto se expresan con la proximidad física. A la larga echaremos más de menos un abrazo que una sonrisa.

III

Escribir para estar en la vida; a diferencia del mundo, la escritura no tiene límites. Anteponer a la realidad, la ficción o el testimonio, o el placer lúdico de la imaginación creadora. ¿Qué les parece esto? Ante las circunstancias históricas contrarias que enfrentamos en el mundo, la escritura. Estás frente al poema, frente al cuento o aquello que se vislumbra como una novela y cuánta emoción hay frente a esa hoja que comienza a ampliarse; cuánta emoción las palabras que, unidas a otras, adquieren un nuevo significado, una nueva sonoridad, una nueva revelación. Ahora imaginen esto mismo en el corazón de quien lee. Dice Herman Melville: «Probablemente el lugar más fértil en que se pueden buscar las semillas sea en el patio trasero de nuestra propia vida». Nuestras semillas hechas texto tocarán el corazón de otra persona. Tal vez, esta misma persona irá por la vida mirando una pantalla, apretando botones, interactuando, razonando y a veces viviendo de manera automática, pero se ha sembrado la semilla, diminuta quizá, que germinará poco a poco en múltiples ideas/vidas posibles. Escribir para estar…  se entrelaza una historia más vibrante.

IV

(Cajón depurativo)

Doy clases desde hace muchos años, tal vez veinte o más. Aunque a veces quisiera renunciar, la vitalidad de los jóvenes, su curiosidad, su búsqueda persistente, incluso sus rabietas, me fortalecen. Aprendemos, reflexionamos, creamos nuestro propio mundo de ficción. Claudia Rueda, explica: «El chico tiene una mirada más flexible, más elástica. No tiene problemas en aceptar: «Esto no es lo único posible». Hay que decirles que puede haber mundos diferentes o mejores». Sin embargo, conforme cambian las generaciones, cambia la importancia que le dan a ciertas cosas, una de ellas, es la escritura.

Escribir, más allá de hilar o estructurar de manera correcta las oraciones, los párrafos que luego se convertirán en un texto completo, tiene que ver con la búsqueda de una voz propia, un estilo. El copy paste hace cada vez más difícil descubrir esa voz que nos distingue de los demás. Escribir es copiar. Ni siquiera se habla de resumir, sintetizar, parafrasear. Es como si, a la hora de escribir, tomáramos los textos de nuestro interés consultados en un sin número de sitios web, y los vertiéramos a una licuadora. El resultado: una masa pesada, grumosa, como con celulitis. Ahora, imaginen el sabor.

¿Cómo se logra el estilo propio? Definitivamente leyendo y escribiendo. Si lo hacemos, fácil será identificar el abuso de adjetivos, frases hechas, repeticiones, entre otros vicios de la escritura. El estilo va más allá. Por ejemplo, para Barthes el estilo es «no sólo las peculiaridades de un autor, su yo irreductible, su genio personal como en el Romanticismo, sino las peculiaridades más íntimas del escritor, muchas de las cuales sólo pueden captarse a nivel del subconsciente». Raymond Carver en Escribir un cuento, sugiere: «Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse».

Hay además otra cuestión maravillosa cuando hablamos de estilo y tiene que ver, no solo con la voz, sino con la tesitura de ésta, el murmullo, el grito, la entonación. ¿Y por qué no pensar que el estilo son las voces entremezcladas de una conversación? ¿los sonidos de los instrumentos musicales, organizados en tiempos, en pausas, en ejecuciones? Y ¿por qué negarle al estilo la vista? Nadie puede sustituir la lente de nuestra cámara fotográfica; mostrará fielmente el ángulo con que miramos las cosas, los colores, los trazos al final del horizonte.

Para concluir, los invito a reflexionar sobre estas líneas de Moisés Pascual Pozas: «Como dicen los católicos, los diez mandamientos se encierran en dos, leer a los clásicos y a los contemporáneos, pero leer. Algunos más… ser espectador del mundo que le rodea, pero no indiferente, y escribir sin prisa, sin buscar el éxito, escribir como se está en la vida».

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