COLUMNA: Cuaderno de notas

Pájaros y poesía

Por Nadia Contreras

Pocas veces me he detenido a observar los pájaros. Me bastaba escucharlos o mirarlos de rama en rama o aguardando sobre interminables cables; tal vez en la infancia sí los observé con cierto detalle, cuando tuve en una jaula tres de los llamados carrancistas o pájaros chileros, como también se les conoce. Pero la infancia borra los detalles, no a propósito, sino porque los días pasan demasiado rápido. Un día tras otro, sus variaciones/perturbaciones. Hubo también otro motivo que me impidió (como sucede ahora) mirarlos a detalle: la torpeza visual, mirar pero sin mirar; la mirada como engaño.
Colima es una región de pájaros y mi barrio también lo fue, allá, en Quesería. Frente a la casa paterna vivía un matrimonio, un hombre muy alto, una mujer chaparrita, de edad (para mí), muy avanzada. Los visitaba casi todos los días y recuerdo mirar por largo tiempo la jaula inmensa. El canto habitaba ahí, en el pecho robusto de los jilgueros. Con el paso de los años los jilgueros callaron y la puerta de aquella casa cerró para siempre. Más adelante, remodelados los pasillos, las habitaciones, aquella casa se convertiría en funeraria. Ahí despedimos a mi abuelo, a mi abuela, a mi tía; despedimos a Raúl, Víctor, Juan, Elsa, Margarita, Roberta… El barrio se secó y todos partimos a otros rumbos, buscando la vida, no la muerte. Pero, como dije, los pájaros eran una presencia más, casi sin detalles, sólo el canto, el aleteo. Esta ceguera, porque sólo puedo llamarla así, me recuerda a la «ceguera» de Flaubert. Es irónica, por supuesto. Pese al interés del autor por el estudio en específico de la vida y la naturaleza, el pájaro en su obra es de manera estricta elemento decorativo. No sucedió lo mismo con Guy de Maupassant. Fue el primer autor que los estudió a detalle y se concentró especialmente en el ruiseñor. En palabras de Mariano Latorre contenidas en su libro Memoria y otras confidencias (1971) «Maupassant [es] el primero que se detiene ante un pájaro, el ruiseñor, sobre todo, y estudia, como un músico, la armonía de su canto y la influencia que ese canto tiene en los hombres».

II

La poesía está llena de pájaros; en la poesía mexicana, de todas especies, de todos colores, pájaros fugaces, pájaros ardientes. «Como desbocados pájaros/ que se buscan el pico/ lentamente a ciegas, /nos sumergimos./ Tú, director de la orquesta,/ me colocaste en pose de flamingo/ y me dejaste quieta,/ clavada en la humedad/ candente,/ con la estaca a media cruz/ como se debe» escribe Ethel Krauze. Para Blanca Luz Pulido los pájaros son medio de salvación ante las barreras del individualismo, del odio, la dependencia y no correspondencia, esa libertad mal entendida. Bien lo decía Antonio Machado, «Tened cuidado, que la libertad no está en poder decir lo que pensamos, sino está en poder pensar lo que decimos». Luis García Montero, director del Instituto Cervantes desde 2018, poeta y crítico, retomando esta frase, agrega: «La poesía es una parte de la literatura que intenta mantener la conciencia, que intenta pensar mil veces lo que siente antes de decirlo». Pero volvamos a los versos de Blanca Luz Pulido, los pájaros como esa otra ventana, esa otra puerta, difícil de abrir y, por ello, difícil elevarnos: «Despierto en un país de invisibles pájaros/ que tejen un baile entre las ramas/ de los árboles vecinos.// Sus voces dan alas a mis horas/ mas sólo encuentro, espiando entre las ramas,/ fragmentos dispersos, grietas, huellas,/ del mundo paralelo en que otras leyes/ gobiernan su materia.// En medio de la altura/ prendo estas líneas a sus ojos/ para que me alcen de la tierra». Los versos de Marcos Dávison, abren los sentidos: «El grito de un pájaro arde al contacto con el aire./ Su voz inflamada es una brasa que vuela./ Los dardos de sus plumas dejan atrás un humo de colores/ paralelo al horizonte de párpados entreabiertos,/ paso que reverbera en la sangre de la tarde/ ráfagas de sonidos entintados/ y baja escalones ocultos en busca de la noche./ El pájaro atraviesa el pecho de una piedra».
Hay pájaros que van y vienen, otros que son el olvido: Leamos: «Mudo, era yo la respuesta para cuál pregunta,/ una puerta asombrada, abierta a todo el espacio/ que pueda existir/ y la memoria como el vuelo de un pájaro hacia el olvido,/ recorriendo pasillos veloces de luz y oscuridad,/ hasta llegar a saber, ya sin memoria,/ de dónde vienen esos silbidos de tan todos los tiempos… », escribe Ricardo Castillo; otros serán voces: «Tus miradas están allá, tus voces son pájaros que retornan del mar de allá» (Víctor Manuel Mendiola); otros más, esa ausencia de la que hablaba líneas arriba. Cierro este apartado con un poema en prosa de Jorge Esquinca: «Pasan ocho pájaros, grandes. Tordos o zanates mientras el sol anaranjado ya se pone. Ocho pájaros que yo quisiera nueve. Los conté. Hace unos minutos parecía que iba a llover. Pero no, el viento se llevó las nubes hacia el poniente y por debajo apareció el sol anaranjado, los pájaros. Los conté, son ocho y no como yo quisiera nueve, el Número. La naturaleza no simula. Suma, resta. Hace unos minutos parecía. Hace unos minutos mi madre estaba viva. A la resta habrá que sumarle su ausencia. El sol se pone, qué resta. La noche es lo que resta. Tordos o zanates suman ocho y no como yo quisiera, nueve».

III

a). Tengo en las manos un pájaro. Es muy pequeño. Lo encontramos ahí, en la calle abrasadora. Está sudando y su respiración fuera de control. Lo pongo en una jaula que hace muchos años fue hogar de dos aves; dos aves que se fueron con la vieja tormenta. Dejo en el comedero un puñado de semillas; en el otro, agua dulce. No come, no bebe. Lo tomo con la mano izquierda; la derecha, lo alimenta.

b) Mis dos gatas están enloquecidas. Rondan la jaula de Pájaro. Se les ha quitado la modorra del día, están curiosas, ágiles. Pájaro no podrá quedarse en la mesa, es muy peligroso. O dejamos a las gatas encerradas o dejamos a Pájaro allá, muy cerca del techo. Elegimos la segunda opción.

c). Escucho por primera vez el canto de Pájaro. Se agita en la jaula, se agita en mi mano. Ahora no quiere que lo alimente, él toma las semillas y las traga rápido. A lo largo del día hablamos, Pájaro, mis gatas y yo. Es como si nuestra ¿boca? tuviera alas. Aunque no vivamos dentro de una jaula, lo hacemos. No son barrotes, sino muros pintados a nuestro gusto; ventanas, puertas, que podemos abrir momentáneamente para decir que tenemos el control de la existencia. Y más allá otros muros, la redefinición de éstos cuando hablamos de fronteras físicas, estados, naciones. ¿Identidad nacional? ¿Soberanía política? Muros-diques; muros-muerte.

d) «Aprendí muy tarde a amar a los pájaros/ lo lamento un poco/ pero ahora todo se arregló/ hemos llegado a un acuerdo/ ellos no se ocupan de mí/ yo no me ocupo de ellos/ yo los miro/ los dejo hacer», dice un poema de Jacques Prévert. ¿Escuchas, Pájaro? No partas aún. Háblame del cielo, de la tierra; háblame de los presagios. Pájaro, ¿qué puedes decirme de la memoria de los atardeceres, qué de la memoria de otros pájaros? ¿Qué puedes decirme de las sombras, las contradicciones? Pájaro, háblame de la arboleda, de la lluvia y de los patios de la infancia. Pájaro, Pájaro ¿es tan fácil disolverse en el horizonte? O ¿es el horizonte disuelto en el vuelo, sus ángulos difusos en alas oscuras? ¿Es así el amor? Pájaro, mi mano es la ausencia quemándome.

IV

Ferviente defensor de la nueva teoría de la evolución de las especies de Darwin, anunciada en 1859, Huxley también creía que debía existir un antepasado común para todas las especies vivas, y pensaba que los pájaros modernos podrían haber estado emparentados con los dinosaurios.
Un hallazgo especialmente importante pareció dar la razón a Huxley. En 1861, se encontraba en una cantera alemana un fósil de una criatura que fue bautizada como Archaeopteryx lithographica (Urvogel, o “primer pájaro”). Se trataba del fragmento de un esqueleto en el que se apreciaban señales de la presencia de alas con plumas. Una vez fechado el fósil, se determinó que pertenecía al Jurásico superior, hace unos 150 millones de años. El animal habría tenido un tamaño de no más de 50 cm, similar al de los cuervos modernos. [Noticias de la ciencia, URL acortada: https://bit.ly/2DByJBT]

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