Opinión

COLUMNA: Divagaciones de una mente sin reposo

Relectura antisistema

 Por Sugey Navarro

Roberto Martínez entrevista en su podcast de nombre creativo, a personas que en sus distintos ámbitos (música, deporte, comedia, entre otros) llevan a cabo procesos de los cuales podemos aprender, para aplicar a nuestras propias labores, como lo abordé anteriormente en estas Divagaciones, lo que ha dado como resultado la publicación de dos libros (no literarios). Hago énfasis en esta cualidad de sus libros, pues no hay nada más cambiante o acelerado que la creación de contenido para redes sociales (a su decir, de donde surgió el material para armarlos); donde las propuestas, así como los seguidores, son diversos y buscan cada vez nuevos estímulos o plataformas que se adapten a la vertiginosidad de sus días.

Así, los que han pasado de escribir en blogs famosos en los 2000, como Myspace o Hi5, aprendieron a estar frente a cámara para atraer lo que demandaba la población ante el boom de Youtube, Vimeo, Faceook y otras plataformas de video; adquirieron de herramientas que hicieran más atractiva la aparición de una o varias personas a cuadro. De ahí, a las pruebas gratis (pienso en un supermercado) o fragmentos de IGTV, en que se pueden colocar varios minutos de un video más completo (o incluso la totalidad de una clase, presentación, charlas en solitario o colaborativas). Hasta la brevedad e inmediatez –de visión, no de producción, que el detrás de cámaras ha demostrado que hasta para algo que parece simple hay un  planeación, ensayo y trabajo previos– que implica un TikTok en la plataforma de mismo nombre o el reel en Instagram: 15 a 60 segundos que logren echar el anzuelo para que el consumidor acuda al contenido original de estos formatos más extensos.

Si no nos acelera aunque sea un poco este recuento (breve, pecando de exiguo), podríamos hablar de una falta de condición del ritmo al que corren actualmente los avances de comunicación y virtualidad. Me descubro del lado de una adultez que ya conocía un poco –pues nunca me consideré muy hábil con lo tecnológico– cuando la gente más joven de mi familia califica un meme, video viral o app como algo que ya pasó, que ni siquiera vale la pena explicarnos a los grandes. Ante la búsqueda de términos que logren hacernos entender por completo un fenómeno de actualidad (o serie de eventos y referencias encadenadas), ya habrá surgido uno nuevo.

Y llegamos al punto, que inmersos en la velocidad con que guardamos para ver después, artículos, canciones, películas, videos, cursos, tutoriales, documentales, y demás que en redes sociales, desconocemos totalmente el universo que hemos seleccionado para su disfrute en calma. Digo en calma pensando en que si fueron guardados en otro momento, fue más por la premura de que no desapareciera al hacer scrolling o ante el primer desbloqueo del celular; pues también tengo muy presente, que desde que me pasaron el tip de acelerar la velocidad de reproducción de los videos en youtube, lamento que no todas las plataformas tengan esa alternativa, pues es la forma en que he tenido la posibilidad de ver más eventos grabados o acudir a charlas virtuales, en menor tiempo. Como en los cambios de horario, se trata de pequeñas alteraciones que cambian nuestra percepción del tiempo.

Videos, canciones, artículos, suenan breves en comparación a los libros que nos gritan desde la mesita de noche, en el librero o regados en la casa con la esperanza de ahora sí, ser concluidos. Aumentemos la sensación de vacio-llenura que nos genera tener un montón de libros que nos observan, en espera: mis dispositivos electrónicos, fueron fieles compañeros cuando desde el principio de la pandemia allá por marzo de 2020, Anagrama, FETA, Colegio de México, y muchos más dejaron a libre disposición varias de su publicaciones. Hoy, después de un año, apenas puedo decir que estoy retomando el ritmo de lectura que mantenía antes de esa pausa que como había comentado, fue una aparente sequía en la escritura, así como en el avance de la lista interminable de libros que, sínicamente, me dediqué a hacer aún más grande con todas esas opciones que ya les comento.

Sin embargo, al principio con un sentimiento de culpa y luego permitiéndome fluir en sus aguas, me entregué a la relectura de los libros que ya habían sido abiertos y disfrutados con anterioridad. Esto aún en contra de dos grandes partes de mí que conversaban como cuando los padres hablan del hijo como si no estuviera frente suyo (sí, yo sabía que era la pequeña de quien hablaban): 1.- la que no podía entender, hablo de hace unos diez años, cómo muchos escritores al hablar de su experiencia hacia los libros, mencionaban que se encontraban releyendo tal o cual obra; mi incredulidad radicaba en que ellos, mejor que nadie, sabían que existía un mundo de lecturas ansiosas de llegar a ojos de alguien nuevo, autores nuevos, otros que se han ido consolidando y 2.- otra parte más actual de mí, sentía que tenía la necesidad de justificar la adquisición de muchos nuevos títulos, con un considerable avance de los que ya tenía.

Fueron muchas las tardes en que descansando de lo cuadrado y jurídico que puede implicar la labor a la que me desempeño, tomaba no uno, sino un montón de libros de temas relacionados, y los abría en las anotaciones, subrayados o pequeños puntos que habían llamado mi atención en lecturas anteriores. Entendía algunas de las anotaciones, otras la sentía tan ajenas como el momento en que había dado primera lectura a tales palabras; complementaba otras con las nuevas referencias que fui tomando posterior a encontrarme con esos títulos. Creo que llevé a lo físico o visible, ese proceso mental que nos hace formular conversaciones entre escritores, bien ante el acuerdo o la discrepancia en alguna idea. Un verso puede contestarle a la prosa de otra persona o un ensayo verse condensado en un poema, aunque su elaboración difiera de punto geográfico o de época, incluso.

Además de que hace poco escuché (lamento no tener la referencia precisa, pero sé que pertenece a segunda serie de La piel verdadera reuniones virtuales de mujeres que escriben poesía, organizadas por Nadia Contreras en Bitácora de vuelos) que al preguntar acerca de la poesía, una de las escritoras respondió que era como volver a respirar, recuperar ese aliento primero, no lo acelerado con que normalmente fluye el lenguaje dirigido a la instrucción, respuesta, a atender una necesidad precisa. De pronto se iluminó el camino no de la lectura de poesía en sí, sino de la relectura:

Si leer (literatura) es ir en contra de lo que consideramos avanzar, crear, producir, detenerse ante el vertiginoso avance de los días y contraponer esta lentitud blanda, no como la dureza que demanda la lectura de un contrato o los instructivos para armar; releer es casi una lucha directa contra el sistema, el ritmo al que pretende llevarnos la vida. Es contrariar al mundo que nos tacha de ociosos por disfrutar de los minutos que pueden correr durante la misma posición, echando a andar únicamente la mirada sobre las letras. Celebrar la quietud, la parsimonia con que se ha de entra en un libro de poesía, dejando la prisa con que se leen las indicaciones de un medicamento. Es lentitud suave, como la respiración que consciente llega a entrar hasta el estómago, para llenarnos hasta aligerar el peso que se acumula en nuestras piernas y los hombros en el paso del día.

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