Opinión

COLUMNA: El Universitario en sociedad

Servicio Social ¿Una materia?

Por Carlos Arturo Espadas Interián*

La percepción del mundo se liga directamente con los conceptos implícitos que soportan las construcciones que le dan vida a la realidad y dentro de esos entornos, se ha pasado por diversas formas de entender lo educativo que se convirtieron en motor y consecuencia de, y en momentos históricos-culturales específicos. Así, por etapas a nivel de especie humana, en nuestras diversas reconfiguraciones de civilización, desde una perspectiva holística, podemos hablar de bloques históricos que permiten transformaciones diversas.

Para hablar de bloque histórico, se debe recordar a Gramsci. El objetivo de este artículo, lejos de disertar sobre la fundamentación teórica, retomará el hecho concreto de la estructura y superestructura, entendidas como elementos que van más allá de los medios de producción y se concretan en las dimensiones relacionadas con los medios y modos de producción, así como ideológicas –manifestadas en lo cultural, político, social…- y, a partir de ahí visualizar lo educativo, en el sentido de ser consecuencia y causa.

Hay un componente imbricado en el bloque histórico que pudiera pasar desapercibido: lo antropológico y que para entender lo educativo, resulta indispensable. En educación entonces, confluyen no solo las dimensiones que componen una civilización, sino también aquellas que la modifican, de esta manera, la dinámica del cambio con sus diferentes causas, se considerará una de ellas.

La educación, como hecho abstracto- concreto, producto y consecuencia del bloque histórico y de una civilización específica, comparte con los anteriores todas las dimensiones, en el sentido que es soporte para la reproducción (Althusser) y mejora de las formas de vida y de los conceptos que soportan las realidades; entenderla, permite comprender la diversidad y matices que existen al interior de esos bloques históricos y de cada civilización.

Los modelos educativos, que soportan las formas de educación –prácticas educativas, actos educativos…-, comparten esta naturaleza de ser motor y consecuencia. En el tiempo histórico inmediato, visualizamos estructuras didáctico-pedagógicas que formaban bajo lógicas concretas de linealidad y marcos constreñidos a los ámbitos culturales que desligaban -para decirlo en conceptos homologados a nivel internacional-, el saber del saber hacer.

Así se tenían modelos educativos que daban por resultado diseños curriculares por materias y asignaturas ligados a cada uno de ellos, delimitándose claramente el hecho de trabajar uno u otro.

Con la aparición de los diseños modulares esta separación artificial, entre saber hacer y saber, se supera; sin embargo, por el sustento teórico-ideológico de este tipo de diseños, han sido abandonados poco a poco para entrar en la lógica de las competencias que pretenden visualizar el aprendizaje desde varias dimensiones, pero principalmente dar respuesta a un bloque histórico específico centrado en: desempeños.

El servicio social, como vocación de servicio y etapa culminatoria de la formación de una profesión concreta, abre la puerta para ligar varias dimensiones del ser humano, no únicamente los pilares recomendados por la Unesco (Informe Delors), sino también aquellos que le dan sentido antropológico, humano –que no humanístico-, cultural y de trascendencia.

Esta idea del servicio social, acercaba a la realidad social en su dimensión concreta, era el encuentro con la realidad en un pequeño fragmento de actuación socio-profesional, donde se retribuía a la sociedad, no en el sentido de los recursos económicos recibidos por parte del estado, sino por toda la riqueza social que había permitido formarse como profesionista, entre otros, por ejemplo, el conjunto de productos culturales embebidos en la formación.

Visualizarlo así, extendía las dimensiones espacio temporales de las escuelas hacia otros ámbitos, formaba en una dimensión única, que dotaba al profesionista de visión, sensibilidad y compromiso social, antropológico, cultural y espiritual. Es necesario mencionar que el servicio social se construye también desde los marcos institucionales que imprimen un sello propio.

Una dosis de realidad: no siempre resultaba de esta manera. Existían y siguen existiendo proceso de servicio social que no necesariamente tienen que ver con lo mencionado.

En nuestro país se vive una reconversión paulatina del servicio social, que se concreta en visualizarlo como una materia o asignatura más, dentro de los diseños curriculares, con créditos y en un tiempo restringido a los escolares. Las formas implican esencias, por ello, debemos reflexionar si esta nueva forma se ha modificado a partir de reconceptualizar el servicio social y de ser así, a qué se responde con ello.

Incorporar el servicio social desde la perspectiva de una asignatura tiene sus riesgos, por ejemplo: los tiempos sociales no son los mismos que los escolares. También sus beneficios: hay mayor probabilidad de elevar el índice de eficiencia –egreso y titulaciones-, que al final de cuentas se traducen en beneficios de recursos para las instituciones.

Si se sabe aprovechar, el servicio social podría marcar la pauta para transformar el sentido de la educación, de una forma antes no vista: una dimensión socio-cultural-antropológica-espiritual diferente; sin embargo, existe el riesgo inverso, desvestir al servicio social de toda la riqueza que le es propia.

No olvidemos que, en educación nada se da azarosamente, existen elementos propios de los bloques históricos y civilizatorios que la definen, como también el hecho que lo educativo puede ser motor de transformaciones que viajan hacia ese bloque histórico y civilización.

Más allá de los movimientos inerciales de reconfiguraciones en el ámbito de lo educativo –que en este caso incluye al servicio social-, estimado lector ¿Crees que vale la pena hacer un alto en el camino?

 

 

*Profesor de Tiempo Completo y Responsable de Servicio Social de la Universidad Pedagógica Nacional Unidad 113 León.

(Colaboración de la Red de Servicio Social de la RCO de la ANUIES, coordinada por el Mtro. José de Jesús Martínez Puga, Universidad de Colima).

 

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

 

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