COLUMNA: Escribanías

El periodismo según Alfonso Reyes  

Por Rubén Carrillo Ruiz

Poco leída y, en consecuencia, escasamente asimilada, la obra de Alfonso Reyes mantiene notable vigencia a la luz de acontecimientos recientes. Su prosa se acercó al periodismo, al que siempre consideró género literario.

Ahora que existen tantas discusiones bizantinas en el periodismo, recorrer las páginas de Alfonso Reyes y el periodismo, antología de Humberto Musacchio e impresa por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, invita a que recuperemos una suerte de conversación, conversación profunda claro está, no los chismes o espectáculos superficiales en que incurren, voluntaria e ignorantemente, casi todos los medios de comunicación.

José Emilio Pacheco recomendó leer a Reyes en antología, para que el lector no se abrume ante la montaña de su obra completa, que rebasa la cincuentena de volúmenes. Musacchio observa que Alfonso Reyes era un periodista orgulloso de su profesión, pero siempre refractario a la complacencia. “En una ocasión escribió sobre lo que antes se llamaba canard (pato, en francés) y que en la jerga periodística del México actual es el borrego, esto es, una noticia falsa o notoriamente exagerada, la que suele aparecer en lugar destacado cuando no hay materia noticiosa fuerte, cuando los diarios carecen de «electricidad», según la expresión alfonsina.”

Hogaño, cuando se miente en despoblado en los medios, se tergiversan hechos y manipulan noticias, las palabras periodísticas de Alfonso Reyes son un remanso, acicate para devolverle a este oficio parte de su nobleza extraviada, que recuperará sentido en el momento en que el lenguaje sea nuevamente factor de dignidad colectiva.

Goce intelectual: conversación e idioma

La información necesita semáforos para transitar por las arterias, sin topes, muchos menos tránsitos que solo cumplen cuota de infracciones. La circulación ocurre a velocidades impensables hace unos años y eso configura paradigmas de recepción distintos. Sin embargo, las dosis de datos y noticias provocan indigestión pues, muchas veces, cancelan el contexto necesario para convertirlas en conocimiento.

Consigno el hecho principal que desemboca en lo siguiente: el regreso del idioma a muchos ámbitos de la vida pública, pero con un obstáculo: se enseña mal y practica peor, pues nunca se enfoca en su aportación esencial, enseñar a pensar, ordenar ideas, comunicarlas para el diálogo fructífero.

Y esto se relaciona con el libro El gozo intelectual. Teoría y práctica sobre la inteligibilidad y la belleza, (Tusquets) que cayó en mis manos, del filósofo catalán Jorge Wagensberg, pues toca un aspecto fundamental perdido en la educación, el periodismo, la docencia: plenitud conceptual significa búsqueda y encuentro, “ocurre en el momento exacto de una nueva comprensión o intuición, esencial para el verdadero conocimiento y la creación artística y científica.”

También científico de gran prestigio, Wagensberg expresa que, si alguien tiene interés en privar a sus conciudadanos de la facultad de comprender, solo tiene que privarles de uno o varios de los anteriores conceptos. “La historia de la humanidad está preñada de trucos burdos pero efectivos para secuestrar el estímulo, desviar la conversación, adormecer la comprensión, inutilizar la intuición o castrar el gozo intelectual.”

Y propone revisar la historia a la luz de su esquema en varias zonas: inicia por una capital, el aula. “Se diría que la idea de clase escolar y, más aún, la clase universitaria ha sido diseñada para que las tres cosas, el estímulo, la conversación y la comprensión sean difíciles.”

Precisa que en las aulas no hay contacto directo con objetos y fenómenos reales (como es lógico y natural) y los alumnos apenas salen de ellas (lo que ya no es tan lógico ni natural). Y cuestiona: “¿Por qué no dedicar una tarde o un día a la semana para salir de visita, todos juntos, a la realidad del mundo?… Salir es partir a la caza de estímulos.”

Encarrillado, ilumina otra porción docente: “También está claro que lo más eficaz para un profesor es preparar la clase lo mejor posible y luego soltarla ante una audiencia que escucha en silencio. (¿He dicho «silencio»? ¿No se inventó esta palabra en una escuela?) Lo sé bien, en la mayor parte de los casos, sus condiciones de trabajo no dan para dedicarse a encender conversaciones cuyos derroteros en las bifurcaciones son siempre imprevisibles.”

Agrega que también hoy en día los profesores se agotan y deprimen intentando mantener un mínimo orden en el aula. “Pero, en el fondo, tales casos quizá sean incluso un argumento más en favor de la buena conversación. ¿Por qué no programar una asignatura en la que se aprenda y ejercite la conversación, en la que se aprenda, sencillamente, a expresarse de palabra y por escrito, no en uno, ni dos, ni tres, sino en más de cuatro idiomas? Una asignatura en la que se aprenda a hablar y a escuchar quizá sea la única asignatura sensata entre los seis y nueve años.”

El filósofo catalán ingresa en la parte más delicada: crear las condiciones para que el gozo intelectual se dé. Dice que en este punto está mucho más claro lo que no hay que hacer que lo que hay que hacer. “Por ejemplo, no hay que servir la comprensión y la intuición listas para ser deglutidas de un trago, sino crear caminos que lleven hasta ellas, dar la oportunidad para que éstas, sencillamente, ocurran.”

Universidad-cafetería

Lo más relevante es la propuesta que el también doctor en física establece y más de una institución universitaria soslaya, no origina en su interior.

“En una escuela aún existe la posibilidad de conversar. En una facultad, tal cosa hay que dejarla para la cafetería. La mayor parte de clases que recuerdo durante mis estudios de física eran prelecturas de lo que había de encontrarme luego en los textos recomendados. Ahora me comprendo a mí mismo cuando recuerdo las largas horas que pasaba en las cafeterías y bares próximos a la facultad charlando sobre los mismos temas que se exponían en clase… o jugando al ajedrez.”

Universidad para conversar

Plantea: ¿cómo cambiar la enseñanza universitaria si no se puede lograr una proporción de diez alumnos por profesor como ocurre por ejemplo en Cambridge? Y responde: “¡Fomentando el concepto cafetería! Una buena facultad tiene que parecerse a un gran espacio construido en torno a otros dos espacios centrales: una gran biblioteca (o equivalente moderno) y una gran cafetería (o equivalente moderno). El nuevo diseño arquitectónico de una facultad universitaria debería asegurar que no se puede ir de un lugar a otro de la facultad sin cruzar la biblioteca y la cafetería. Una buena facultad debe ser ante todo un gran lugar de encuentro. Las clases deberían dejar de ser grandes ritos o ceremonias que se repiten tradicionalmente cada semestre o cada año y adoptar un nuevo objetivo: fomentar la conversación entre mentes humanas en la cafetería (mentes presentes) o en la biblioteca (mentes ausentes), y la reflexión (la propia mente).”

Print Friendly, PDF & Email
Etiquetas
Sin Comentarios

Deje su Comentarios