COLUMNA: Escribanías

Harari en perspectiva

Por Rubén Carrillo Ruiz

Yuval Noah Harari practica tres oficios envidiables: historiador, escritor y profesor. Los despliega a sus 45 años con una frescura y erudición envidiables para muchos empotrados en el academicismo de cubículo, más pendientes de citaciones en el mercado de la investigación que en la pertinencia de sus aportaciones. Agrego: el intelectual israelí es un habitué de los grandes medios y los aprovecha como diapasón para enviar una mensajería de gran calado ante los grandes problemas contemporáneos. La pandemia conocida saboteó el futuro, aunque los tradicionales quieran retornar a normalidades caducas. Tengo para mí que cierto periodismo perimió su efecto, y para bien. Mal escrito, cree aún en reencarnar en un horizonte donde las fauces digitales y ciudadanos más abiertos los llevarán al patíbulo. La siguiente es la segunda parte de la entrevista que publicó el semanario francés Le Point.

Le Point. Nuestro futuro, dices, dependerá de las respuestas que demos colectivamente a dos preguntas esenciales generadas por esta crisis. Una es la elección que habrá que hacer, muy rápidamente, a escala mundial, entre una sociedad que conceda “mayor autonomía a la población” y una “sociedad de vigilancia totalitaria”. Dos ejemplos de esta sociedad totalitaria en cierne, en su opinión: la política china de control demográfico sobre los enfermos, mediante aplicaciones móviles capaces de rastrear a cada ciudadano sospechoso de ser portador del virus en particular, y la decisión tomada por Benjamín Netanyahu en Israel de desplegar tecnología antiterrorista para vigilar a los enfermos. ¿Podemos comparar la política ideológica del Partido Comunista Chino con las tácticas improvisadas del primer ministro israelí? Si es así, ¿son estos ejemplos de los peligrosos “experimentos sociales” de los que habla?

Harari. No tengo duda de que la humanidad derrotará al coronavirus, pero me temo que, al hacerlo, sucumbiremos a nuestros demonios internos. Incluso, las democracias pueden convertirse fácilmente en dictaduras en nombre de la protección de la salud, y esto no es una amenaza trivial, veo el proceso en funcionamiento ante mis ojos ahora mismo en Israel. En Francia, cuando Emmanuel Macron adopta un decreto de emergencia necesario, tiene plena legitimidad para hacerlo porque fue elegido democráticamente.

En Israel, Netanyahu no está en esta situación. Perdió los comicios recientes y solo lidera una coalición no elegida, un equipo de transición. Sin embargo, en nombre de la lucha contra el virus, Netanyahu ha intentado cerrar el Parlamento para formular todos los decretos de emergencia necesarios sin ningún control democrático. Hay resistencia, pero por el momento nadie sabe en qué dirección irá la historia. Si Netanyahu tiene éxito, Israel dejará de ser una democracia. Y aunque esta dictadura dure unos pocos meses, será catastrófica, porque unos pocos meses son suficientes para distribuir decenas de miles de millones de dólares de manera discrecional, para transformar el mercado laboral, el sistema escolar y el paisaje cultural de manera permanente.

Le Point. En el futuro, escribes, “los algoritmos del gobierno” conocerán nuestro estado de salud antes que nosotros, con quién nos cruzamos y a dónde fuimos. La cadena de contagio será así contenida. Un avance, salvo que estos mismos algoritmos podrán analizar nuestra temperatura corporal, nuestros latidos y, por tanto, nuestras reacciones emocionales, por ejemplo, durante un discurso político o un debate televisado. El precio por la seguridad médica será que los gobiernos y organizaciones que manejan estos algoritmos nos conocerán mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y serán capaces de manipular nuestras emociones con un grado de precisión que dejará muy atrás las técnicas de Cambridge Analytica, utilizadas en las últimas elecciones estadunidenses. Para evitar esos abusos, dices, se necesita una población autónoma, es decir, bien informada y con mentalidad cívica, que crea en sus medios de comunicación y su servicio público. Pero en la era de la información en la que vivimos, donde se acumulan sin interrupción datos contradictorios y desacredita a los políticos, ¿sigue siendo posible creer en los medios de comunicación y en los servicios gubernamentales?

Harari. La clave son la educación científica e instituciones independientes y fuertes como universidades, hospitales, periódicos. Claramente, no podemos crear esto de la noche a la mañana, en medio de una crisis. Se necesita inversión y tiempo. Pero una sociedad que proporciona a sus ciudadanos una sólida educación científica e instituciones sólidas siempre gestionará una epidemia mucho mejor que una dictadura, condenada a vigilar a una población ignorante. El problema, por supuesto, es que en muchos países los políticos populistas se han propuesto deliberadamente socavar la confianza del público en la ciencia, medios de comunicación y autoridades. Sin esta confianza, la gente ya no sabe qué hacer. Pero no creo que la solución esté en un régimen autoritario. Por el contrario, la solución está en reconstruir esa confianza.

Le Point. La segunda cuestión crucial a la que nos enfrentamos, dices, es la de un plan integral. En tu opinión, solo superaremos esta crisis con la solidaridad internacional. ¿Cómo responde a las numerosas personas para quienes la actual pandemia es, por el contrario, el resultado de una globalización excesiva? ¿Deberíamos seguir dependiendo de China, por ejemplo? ¿Podemos cooperar con la Rusia de Putin, con la América de Trump?

Harari. Hay voces que piensan que la solución es buscar la “desglobalización”. Eso me parece un error total. Les recuerdo que las epidemias existían mucho antes de la actual globalización. La diferencia es que en la Edad Media los virus viajaban a la velocidad de un caballo de tiro. La mayoría de las veces solo infectaron pequeños pueblos y aldeas, pero plagas como la Peste Negra demostraron ser mucho más mortíferas que el virus que tenemos hoy. Si queremos defendernos de las epidemias, aislándonos, tendremos que volver no a la Edad Media sino a la Edad de Piedra. La última vez que los humanos fueron protegidos de las epidemias, hasta donde podemos decir. La razón es que había muy pocos seres y el contacto era raro.

El antídoto contra las epidemias no es ni el aislacionismo ni la segregación, sino la información y la cooperación. La gran ventaja de los humanos sobre los virus es su capacidad de cooperar eficazmente. Un coronavirus en China y un coronavirus en los Estados Unidos no pueden intercambiar consejos sobre cómo infectar a sus anfitriones. Pero China puede aprender mucho sobre el virus en los Estados Unidos, y cómo lidiar con él, puede enviar expertos y equipos para ayudar, el virus no puede hacer nada al respecto. Lamentablemente, la falta de liderazgo mundial en la actualidad significa que no podemos cosechar todos los beneficios de esa cooperación.

Los políticos, que han socavado la confianza pública en las instituciones, también socavaron deliberadamente la fe en la cooperación internacional, y hoy estamos pagando el precio. ¿No deberíamos haber visto hace semanas a los principales líderes del mundo reunirse para desarrollar una respuesta global común a las crisis gemelas, sanitaria y económica, que asolan el planeta? Todavía no está hecho. ¿Podemos confiar en Trump, podemos confiar en Putin? No, no podemos confiar en Trump, no podemos confiar en Putin. Y tal es el problema. Entramos en esta crisis con líderes que claramente no están a la altura. Es esperable que surja un liderazgo internacional en otros países o a través de asociaciones no gubernamentales. Es de esperar que los votantes de los países democráticos no olviden lo que está sucediendo y se den cuenta del peligro de elegir líderes xenófobos incapaces de orquestar la cooperación mundial que tanto necesitamos.

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

Print Friendly, PDF & Email
Etiquetas
Sin Comentarios

Deje su Comentarios