COLUMNA: La Espiral de Elliot

La EMS bajo la lupa 

Por Juan Carlos Recinos

A Vane, Pau y Martha, con cariño.

El presente artículo que da paso a mi opinión (Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes, INEE 2015) me parece una somera muestra de lo que no se debe de hacer en materia educativa. Señalo esto porque no aporta nada nuevo a los problemas de la Educación en nuestro país. Siempre he creído y estoy convencido de que conocer los instrumentos con los cuales es medible los alcances educativos son algo efímero y que no debería de ser una cuestión tan importante como nos la han hecho ver en este contexto. Lo que digo es simple, con profesores bien preparados y una muestra bien organizada, valdría la pena la evaluación, pero esa realidad es triste, no podemos corresponder a esa realidad. PLANEA EMS en sí no es una prueba académica mala, ahí no radica su fracaso, radica en otro lado. El rotundo fracaso de dicha prueba está en la forma en que los contenidos curriculares han sido desarrollados y mal ejecutados. Las dos áreas que evalúa, Lenguaje y comunicación y Matemáticas, han sido por décadas los campos disciplinarios más deficientes dentro del funcionamiento académico de nuestro país. No se puede estar evaluando reiteradamente lo que año con año está mal y no se interviene para mejorar, pero desafortunadamente se hace así y se siguen señalando los mismos errores que antaño se hicieron. Desde el 2017 que existe la dichosa prueba no existe avance alguno, existen miles de señalamientos y poca creatividad para abordarlos: de ese tamaño es la carencia en el espíritu educativo que permea en la docencia mexicana en todos sus niveles y que conforme pasan los años parece estar tomando la forma de un hábito institucional. La EVOE con sus dos proyectos, la ECEA (Evaluación de Condiciones Básicas para la Enseñanza y el Aprendizaje) y la EIC (Evaluación de la Implementación Curricular), tienen muy en el fondo la misma fórmula que PLANEA, evaluar para medir el alcance de aprendizajes. ¿Realmente han sido efectivas en su propósito ideado? Creo que no y estoy convencido de ello. No voy a sugerir alternativas porque no me parece conveniente repetir de nueva cuenta lo ya dicho.

Alguna vez pensé que la educación en México era la mejor del mundo. De ese pensamiento han pasado más de 25 años y sigo creyendo que la es. Pero mi idea entra en un laberinto cuando la veo en su contexto real y tristemente me doy cuenta que no lo es, mi sueño es utópico en el país de las nubes. Los sueños son algo maravilloso, pero son eso, sueños, si se concretan en la realidad es porque existe una continuidad y un objetivo para alcanzarlos, y para nuestra desgracia, esa continuidad no existe en el imaginario del mexicano y mucho menos en las instituciones. Entre instituciones, sindicatos y docentes mal preparados, sí, entre ellos es donde radica el problema real por el cual no exista continuidad en la formalidad educativa. No existe porque no han sido estrategias homogéneas, han sido particularidades con beneficio para ciertas áreas. Ámbito o dimensión, características de esta evaluación, son algo que está sin propósito alguno. Son recursos meramente de tránsito. Alcanzan a obtener datos sobre los entornos en particular donde se desarrolla el trabajo docente, pero no tienen la habilidad de generar respuestas que permitan mejorar los procesos. ¿Tienen alguna razón las evaluaciones y sus constantes transformaciones institucionales? Desde mi perspectiva, no sirven para nada, están obsoletas desde el momento mismo en que son puestas en práctica. La respuesta a la deserción escolar, por ejemplo, es un problema de continuidad educativa dentro del mismo modelo que rige el Mapa Curricular Común, y muchas otras adherencias educativas. La posibilidad de modificar estos errores no es tan complicada como se pudiera imaginar. Un árbol, por ejemplo, no lo vamos a enderezar después de 20 años de vida, su tallo y el tronco mismo habrán crecido para todos lados. La dirección es lo de menos, lo importante es el desarrollo, dirán algunos. Y habrá crecido con carencias naturales y con las dádivas del tiempo. Nadie se ha detenido a observarlo y decir que es un árbol bello porque no se ve como tal, se ve como un árbol feo, con ramas chuecas y pocas hojas verdes. La basura alrededor de él y las marcas en su tronco, hacen evidente que alguna vez fue robusto y sirvió para que parejas de enamorados pudieran dejar sus nombres grabados. Ahora supongamos que ese árbol es nuestro Sistema Educativo, si lo vemos de esa manera, entonces estamos ante una situación tan terrible y desafortunada para continuar el proceso de cobertura en materia educativa. Si el árbol se cuidara de la misma forma como se cuida a un recién nacido, crecería fuerte y nos daría sombra. Pero es menester señalar que no se sabe trabajar en estas formas: nadie ha cuidado del árbol, como tampoco del buen funcionamiento de la educación mexicana. Decir que el árbol o el modelo educativo es malo, es poner en evidencia nuestra debilidad creativa, de la misma forma que la actual pandemia ha desnudado el funcionamiento real de las instituciones, sobre todo aquellas que refieren al uso de las tecnologías. Antes de señalar todas nuestras carencias, deberíamos tener alternativas para mejorar el funcionamiento de los diferentes escenarios en los que se involucra la Educación. Las evaluaciones son un ejemplo latente de estas fallas. Si queremos tener buenos resultados, no deberíamos evaluar tan rigurosamente, deberíamos ver la forma en que los conocimientos están siendo integrados por los estudiantes en el nivel básico y como generan impacto en su entorno el uso de los mismos. Bien dice el dicho “candil de la calle, oscuridad de la casa”. No creo que exista mejor forma de decir lo que pasa en nuestro país en esta materia. La estructura del gobierno mexicano no tiene la mínima capacidad para trasladar modelos educativos de otros países, y nunca la tendrá si no atiende los problemas reales de su fracaso como institución. Pareciera que estamos condenados a repetir la desgracia de un sueño que pudiera ser diferente, pero que como la ola del mar y su terquedad por llegar antes que las demás en primer sitio a la orilla, se nos ha olvidado que la única idea de alcanzar un objetivo educativo lo vamos a lograr en el momento que tengamos continuidad en un programa educativo diseñado a partir del contexto real de nuestro desarrollo político, económico y demográfico.

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