COLUMNA: La espiral de Elliot

La vida es una telaraña 

Por Juan Carlos Recinos

I/II

El ser humano ha sido un músculo en la corporeidad de Dios, una semilla que, movido por un impulso secreto, ha desarrollado su camino en su propio destino. Este hecho es una convicción rotunda. El ser humano es con exactitud un organismo vivo con millones de células, mismas que realizan funciones específicas en el proceso evolutivo, el cual hemos heredado desde el origen de los primeros organismos unicelulares hace 2800 millones de años.

¿Qué somos? ¿Qué nos define como humanos? ¿Cuáles son los aspectos relevantes de nuestra especie? ¿Por qué razonamos? Desde la antigua Grecia, los grandes filósofos —Sócrates, Platón y Aristóteles— han tratado de responder por encima de influjos sobrenaturales la naturaleza del ser humano. Han pasado más de mil años desde que Aristóteles asignó funciones a los órganos del cuerpo humano y aún no terminamos de conocerlo con exactitud. La complejidad de la vida ha sido un enigma, una telaraña en la cual avanzamos y descubrimos un eje de nuestro origen. La evolución de la ciencia ha dado pautas para conocer lo que somos y el lugar que ocupamos en el universo: apenas estamos descubriendo el camino.

Los cuestionamientos anteriores, debo enfatizar, son principios determinantes del esquema evolutivo de nuestra especie. ¿Qué somos? Tratar de buscar una respuesta a este cuestionamiento seguramente les transportará a Darwin, Lamark y Wallace. Pero antes de mencionar sus aportes, es necesario decir que somos una partícula del universo. Esta especulación era motivo para perder la vida por conducto de la iglesia: Giordano Bruno fue uno de los que ardió en la hoguera por sus ideas, acusado de herejía.

La vastedad del cosmos y su estudio permitía pensar la posibilidad de existieran otros planetas habitados. La vida siempre se abre camino, no hay obstáculo. Es silencio, luego movimiento. Es la luz en la oscuridad. Hoy en día, sabemos que existen otras galaxias y planetas. Nuestro sistema solar no es el único. Formamos parte de un sistema interestelar que evoluciona y nosotros en él.

Durante el siglo XIX, la forma de ver la vida se modificó por completo con la publicación de dos libros, El origen de las especies (1859) y el Origen del hombre (1871) —biblias de la biología moderna, y a las cuales se le han añadido nuevos capítulos desde entonces, ante los nuevos descubrimientos de la ciencia— y el tiempo le ha dado la razón a su autor, Charles Darwin.

Desde muy pequeño, el joven Darwin había estado maravillado por las experiencias de viajes de su abuelo y por todo lo que este le contaba que había visto del mundo. Su imaginación se desbordó hacia un nuevo dominio: amplitud de ideas hacia nuevas coordenadas. Su abuelo, Erasmus Darwin, uno de los pensadores evolucionistas más respetado de la época, sería quien terminaría por otorgar ese impulso que necesitaba para encauzar su espíritu científico que comenzaba a manifestar.

Hacia fines de 1831, Darwin abandona la carrera de medicina, disciplina que en su familia había arraigado por varias generaciones. Este hecho, hizo que su padre lo enviara a Cambridge para que estudiara teología, esa era la única alternativa ante la rebeldía del joven. Pero sucumbió ante una pasión que, tarde o temprano, encontraría el origen de ese eco: la naturaleza. Su abuelo, el único que apoyaba sus inquietudes, fue quien le sugirió que se buscaba a un naturista para una expedición por tierras inexploradas por América del Sur y las Islas del Océano Pacífico, en un viaje que duraría un poco más de cinco años. El joven inglés, con apenas 22 años, decide embarcarse el 27 de diciembre de 1831, en el Beagle, barco del imperio británico diseñado para la guerra, pero que, a solicitud de su capitán, había sido modificado para propósitos científicos.

El joven naturista, conocedor de las ideas de su época por las mentes brillantes, sabía que, cuestionar a Dios como creador universal era enemistarse con la iglesia. Este fue el razonamiento que albergaba en sus ideas en el viaje, pero estas habrían de cambiar al realizar sus observaciones en la vegetación tropical, la geología, la selva brasileña, la pampa de Argentina, Perú, en la recolección de plantas autóctonas, pájaros con picos distintos, tortugas, huesos, fósiles y una enorme cantidad de minerales. Para la ciencia, las observaciones de Darwin habrían de derrumbar por completo el pensamiento divino de ese entonces. Una anotación de su diario que se conserva en la universidad de Cambridge, manifiesta su preocupación por las implicaciones teológicas que puedan tener sus conclusiones:

Estoy confundido, no tenía la intención de escribir irreligiosamente. El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros, no pretendo en absoluto echar el menor rayo de luz sobre estos problemas abstractos, debo contentarme con ser, por mi cuenta, un agnóstico.

La razón habría de imponerse ante las ideas efímeras sobre nuestro origen. Más de veinte años pasó Darwin ordenando y clasificando el material recolectado.

 

Print Friendly, PDF & Email
Etiquetas
Sin Comentarios

Deje su Comentarios