Opinión

COLUMNA: …Nosotros

Por J. Ángel Ramírez López

La Basílica y mi Estancia Viviendo en México, 1972

  • Caminando por la explanada vieja
  • La nueva Basílica, con Pedro Ramírez

Hartos de la miseria y pobreza de Colima nos fuimos a vivir a la entonces Ciudad de México. Eran mi madre y seis hermanos (yo era el siete). Viajamos en ferrocarril de pasajeros, en un recorrido de 24 horas desde Colima, trasbordando en Guadalajara para tomar el que iría a la capital del país, pues era el medio más barato ante la difícil situación familiar.

Llegamos sin avisar con una tía que vivía en la capital del país, junto con su mamá y otras hermanas suyas, que eran de Minatitlán, Colima, pero por el huracán de 1941 dejaron todo y se fueron a vivir a México. Afortunadamente estaba con ella una de sus hermanas más pudientes que de inmediato aceptó que viviéramos en una casita que tenía en su corral.

Yo era un adolescente, por lo que, recorriendo el viejo Distrito Federal fue como visitamos lo que era La Villa de Guadalupe, en 1972, donde sólo había una gran explanada para los peregrinos, pero no existía la nueva Basílica, sino que la fama era el Cerrito del Tepeyac, a donde danzaba y subía gente para rendir honores a la Morenita de México.

Así conocí la Calzada de Peralvillo, el Mercado de las Comidas frente a la Basílica y el jardín del descanso, al lado oriente de Tepeyac. De niño no conocí, porque tampoco necesité en esa época, lo que se llama La Casa del Peregrino, un edificio de más de ocho pisos, y de una cuadra de grande donde se albergaban miles de peregrinos de todo el país.

Mi familia era tradicional, por lo que cada vez que podíamos íbamos a la Basílica, sobre todo los domingos, en que casi todos descansábamos de la faena laboral con poco sueldo; otras veces acudíamos al Zoológico de Chapultepec o al Nuevo Chapultepec. Recuerdo los autobuses “Delfines”, con su leyenda: “Chapultepec”, “Reforma”, Insurgentes”.

En 1975 nos regresamos a Colima, igual que como nos fuimos, sin haber logrado patrimonio ni bienestar, sino con la esperanza de seguir estudiando aquí y buscar nuevas oportunidades, pero no olvido la vieja Basílica. Ya de grande regresé a México, y conocí lo que se anunciaba por televisión: la nueva Basílica de Guadalupe, construida en 1976.

Su creador fue el famoso arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, constructor de muchas e importantes obras famosas en nuestro país. Y también, ya de grande, dormí algunas veces en la Casa del Peregrino que mencioné, sobre todo cuando la peregrinación era de Colima, en más de 22 vagones del ferrocarril saturados de pasajeros, puro colimense.

El tren iniciaba en Colima y ahí se conglomeraba a dormir medio mundo de gente de los 10 municipios, para estar listos a las 5 de la mañana, cuando abrían el ferrocarril, y aun así, muchos no cabíamos y teníamos qué viajar parados desde Colima a México, durante 24 horas, sin trasbordar, encabezados por el sacerdote chaparrito, Jesús Dueñas.

Pero, ¡qué paisajes, rancherías, poblados y temperatura fría! ¡Qué estaciones del tren, como Morelia, Celaya, Irapuato, Querétaro, Lechería!, llenas de vendimia porque sabían que estaba llegando el tren de peregrinos de Colima y que venderían todo, así fuera corriente o echado a perder. Eran las facetas para tener aventuras qué contar a los demás.

Tampoco olvidaré que la fe, la religión y el cristianismo se han convertido ya en una mercancía, que hasta en el Atrio de la propia Basílica no se puede pasar por estar retacado de vendimia, ya sea concesionada o en manos del Clero, como aquellos mercaderes que, según La Biblia, Cristo sacó a latigazos del templo por corromper la creencia religiosa.

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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