COLUMNA: Nosotros

Villa de Guadalupe y la Casa del Peregrino: 1979

Por J. Ángel Ramírez López

  • La casona de los miserables
  • Ya se iban a robar mi patrimonio

Mi niñez la viví en la antigua Ciudad de México (1972), hasta casi la adolescencia, por lo que tuve tiempo para recorrer la capital del país de cabo a rabo, a pie y en autobús, hasta que los choferes me bajaban porque no sabían a dónde iba, pero no iba a ningún lado, sino a caminar en autobuses toda la metrópoli, pues en Colima no salía de ser campesino.

Si de niño me pagaban en el campo 12 pesos diarios, cuando trabajé en el DF., en esa tortillería, me pagaban 3 pesos diarios, en una tienda 8 pesos, hasta que se igualó mi salario de Colima en esa otra tienda, ganando 12 pesos, pero no fue sino en una marisquería del mercado de la colonia del Valle, en Coyoacán, donde hice mi vida laboral a plenitud.

Ahí ganaba ¡22 pesos diarios!, sin importar el recorrido, casi de extremo a extremo, pues vivía en la colonia Pantitlán, cerca de Ciudad Nezahualcóyotl, y mi trayecto era por la avenida Zaragoza, la que va a Puebla, Tlaxcala y Veracruz, con un recorrido diario de dos horas de ida y dos de vuelta. La paga lo desquitaba. Sin embargo, llegó el retorno a Colima.

Por mi conocimiento y experiencia en la capital del país no faltó gente que me invitara a actividades comerciales, laborales, a recibir pagos o a hacer trámites al DF., igualmente en actividades de paseo. Lo cierto es que todo eso yo lo encabezaba allá, además de que me pagaban el pasaje, el hotel y las comidas por hacerla de guía, y eso era gratificante.

Pues una de esas giras fue de paseo, en octubre de 1979, mes en que los feligreses colimenses hacíamos la peregrinación a la Basílica de Guadalupe. Antes la promovía el padre de Villa de Álvarez, el chaparrito J. Jesús Dueñas, con quien viajábamos cada año a la Villa de Guadalupe, en tren, con 22 coches, puros peregrinos de Colima y la región.

Era el mero 12 de octubre, pero nos íbamos a dormir un día antes a los patios del ferrocarril para que, al abrir los furgones, alcanzáramos lugar porque había mucha gente de la región queriendo viajar, y veces ni durmiendo ahí lográbamos asiento, por lo que familias o amigos nos íbamos parados, pues el costo era 40% menos en autobús.

Salía de Colima a las 10:45 de la mañana, llegaba a Ciudad Guzmán a las 2 de la tarde y descansábamos en Guadalajara media hora, para salir a México a las 7:30 y llegar a la capital a las 11 de la mañana, es decir, hacía de Colima a México más de 24 horas, por lo que, los de a pie, descansábamos en pasillos o en las escaleras de las puertas.

Como era un ferrocarril exclusivo de colimenses, con 22 vagones y hasta la Villa de Guadalupe, el tren viajaba hasta la Basílica (hay vías), y de manera organizada, el padre Dueñas nos conducía a la Casa del Peregrino, a dos cuadras del templo, un edificio que en aquellos tiempos tenía 7 pisos, tan grande que en cada piso albergaba a 500 personas.

Pero como se juntan peregrinos del país, cada piso era para las distintas regiones de la República. Ese día llegamos cansados de la travesía y de sueño. Nos acomodamos donde pudimos para apartar lugar y salir a asearnos y a comer ya oscureciendo. Yo llevaba una mochila y mi grabadora en la mano. La empaqué para salir a cambiarnos.

Cuando íbamos, me acordé que dejé el dinero en la mochila, donde metí la grabadora, y al llegar a la puerta del piso, voy viendo que un raterillo como de 25 años iba saliendo con mi mochila, pues parece que observó lo que llevaba y se hizo pasar por colimense. Rápido le quitamos lo robado y se fue corriendo. Alertamos a la autoridad sobre el problema.

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