COLUMNA: Nosotros

Mi niña declamadora; no hay dos “Sor Juanas”

Por J. Ángel Ramírez López

  • Descalificada por ser menor de edad
  • Mi escuela primaria, casi preescolar

Después de trabajar como instructor comunitario del Conafe en Picachos, municipio de Villa de Álvarez, en l977, lugar que transformé con rehabilitación total de la escuela gracias al apoyo del presidente municipal Carlos Silva Gudiño, y con la mano de obra de la comunidad, fui premiado y enviado a otro sitio donde se justificara mi presencia educativa.

Lo dejaron a mi elección, por lo que, con conocimiento de causa, acudí a donde sabía estaba la necesidad educativa de muchos niños. Se trataba del sur de Colima, más allá de El Costeño, en lo que después se llamaría colonia Juana de Asbaje. Ahí levanté un censo hasta el río Salado y pude constatar la existencia de casi 35 niños en edad escolar, pero sin ir a clases.

El problema era que ya habían atropellado a dos menores en su traslado a pie a una escuela de Colima a bordo de carretera, y entonces la gente dejó de mandarlos a clases, hasta que yo llegué a promover una escuela comunitaria. Para ello pedí el apoyo del pueblo en una reunión y en pleno campo y, de inmediato, me proporcionaron un gran terreno rural.

El pueblo aportó palos, tablas, lámina negra, clavos y demás material, así como la mano de obra, por lo que en una semana construimos ese galerón, como bodega de albañil, mientras que los asientos eran tablas como los bajos de La Petatera de La Villa. Yo elaboré el pizarrón y su pintado, campana y escritorio, apoyado con el Manual del Instructor.

Las autoridades no daban crédito a que, en 15 días, desde el levantamiento del censo hasta la escuela construida, estuviera todo listo para la jornada, de tal manera que ahí van el inspector de la SEP y el supervisor del Conafe, a quienes me dio gusto taparles la boca porque eran unos burócratas, de esos gritones, que en los hechos, nomás cobran quincenas.

Claro, yo tenía la experiencia desde los 16 años al haber sido líder de lo que en mis tiempos era el Club Juvenil Infonavit, donde comandaba unos 120 chavos y en donde imperaba, desde la creación de esta colonia (que también fui fundador), “la ley de la selva”, pues había trifulcas, pleitos y problemas con chavos de todas las colonias que se arrimaban.

Pues inicié mi trabajo en mi escuelita, en 1998, que llamé “Vicente Guerrero”, con un total de 32 niños pobres, jodidos y, para colmo, la gente se desquitó enviándome a niños de 4 y 5 años y meses, hasta tener 43 menores, y yo parecía educador de parvulitos. Hay qué amolar al profesor mientras los niños no estorben en casa para el quehacer.

Entonces hice otra junta de padres de familia y les dije que mi labor era con niños de 6 años para arriba, porque los menores lloran y entretienen la educación primaria, que yo era verdaderamente responsable, no preescolar, y sólo acepté dos niñitas de cinco años y medio, pues en 3 meses, es decir, de septiembre a octubre, casi todos sabían leer, escribir y contar.

Pues una chica de esas, María Elena, era muy desenvuelta en la lectura, escritura y matemáticas, así como en lo social, por lo que, en enero, o sea en 5 meses, leía de corrido y con impecable ortografía, con 5 años seis meses de edad, por lo que cuando se lanzó una convocatoria de lectura de poesía, la preparé para el concurso, ya que era carismática.

El evento sería en Astillero de Arriba, y allá vamos, con algunos padres y la porra. Participaron 16 alumnos de 3, 4, 5, y 6 de primaria, de igual número de comunidades. Mi niña, muy desenvuelta, con 5 años seis meses de edad, ganó, pero la descalificaron por no tener 6 años. Cierto, no hay dos Sor Juanas, así que, vámonos mi niña, aquí no hay nada qué hacer.

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