COLUMNA: …Nosotros

Covid-19, insólito cambio social de nuestro tiempo

Por J. Ángel Ramírez López

  • Rotura de atavismos y cultura
  • Entendemos ser más sociales que familiares

La pandemia del Covid-19 asemeja a una corrida en la plaza de toros, en que el toro “Pajarito” es el bravo de la tarde, y la gente se entusiasma con el astado frente al valiente y ágil torero, por lo que empiezan los aplausos y las fanfarrias, pero el toro se enoja, se sube al tablado y arremete contra el auditorio que festeja a los actores de la fiesta taurina.

No se trata de ver los toros desde la barrera y aplaudirles, sino torearlos. Ya basta de ser meros espectadores, sino actores de la vida, porque la pandemia, convertida en el toro bravo, se sale del rodeo y arrasa con los espectadores de la realidad que ven hacer y ven pasar y no se hincan ni se acongojan; deben ser conscientes de su salud y actividad diaria.

Pero ni así, porque a 5 meses de distancia de la llegada desde China del Covid-19, es hora que mucha gente no se convierte en actor, sino que sigue siendo mero espectador de lo que pasa en el mundo, en los países más afectados por la pandemia, entre ellos México, de lo que ocurre en Colima, en la casa de enfrente o de al lado y hasta en la propia familia.

Así apenas reaccionamos que existe una enfermedad letal que viene arrasando como ola de mar, como bola de nieve, y que, por lo tanto, nos demanda extremar cuidados personales para evitar daños a la familia y al prójimo, lo que deja ver que no hicimos acto de conciencia para asumir nuestra responsabilidad; ahora debe ser exigencia oficial y sanción.

Nuestra cultura es paupérrima, pues cumplimos por exigencia, no por reflexión, por iniciativa propia, y eso nos remonta a esa película, del hombre que vivió en la cárcel más de 40 años, y al salir, con más de 70 años, buscó un trabajo, hasta que le dieron de cerillo, y cuando quería ir al baño pidió permiso a su patrón, pero no pudo hacer “del uno” y regresó.

Luego, insistió en ir al baño, y así ocurrió como tres veces, hasta que el jefe, harto de su empleado, le dijo que no le pidiera permiso, que fuera al baño cuando tuviera necesidad, y eso era todo, hasta que el hombre meditó: “Si supiera que en la cárcel podía disfrutar de ir al baño sólo cuando me mentaban la madre; de otra manera o con cortesía no puedo”.

Eso ocurre a nuestra sociedad con el Covid-19, que no entiende de solidaridad, pues no podemos ser aislados y pensar egoístamente en nosotros y en nuestra familia. Se trata de una nueva cultura para enfrentar la realidad del coronavirus, que es un mal insólito que no nos había tocado vivir pero que debemos enfrentar con compañerismo, realismo y madurez.

Esa falta de solidaridad nos lleva al extremo de agredir a quienes cuidan a infectados, a suponer que sólo los enfermos usan cubrebocas o que a nosotros o a nuestra familia nos va a pasar algo si no extremamos medidas; no somos científicos para asegurar que estamos sanos. Falta examen de conciencia de que si la gente usa cubrebocas ¿por qué nosotros no?

Por principio, nunca habíamos estado confinados más de 5 meses en casa, viendo a la familia todo el día y sin hacer casi nada y sin nada más qué contar, y como dijo el cantante Alberto Cortez: “La familia ya no tiene misterio”; nunca en nuestra vida habíamos recibido clases virtuales y no sabemos si esta evaluación es real, menor o mayor que la merecida.

Igual en el trabajo, aunque hay gente que quisiera trabajar desde casa o simplemente no hacer nada, a muchos, a cierta hora, nos pica la cama y nos estorba la casa. Entendemos que somos más sociables que familiares, que nos llevamos mejor con los amigos (as) que con los hermanos y que lo que ocurra en la casa nos importa menos que la calle; triste realidad.

 

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