El Comentario - Universidad de Colima

COLUMNA: …Nosotros 

Clases Virtuales, pero Necesarias las Personalizadas

Por J. Ángel Ramírez López

  • El 5% de docentes hace arte con la educación
  • Se impone el burocratismo oficial

Creo que si tuviera dinero, pagaba por ser profesor, porque para mí, que quiero formar parte de ese 5 por ciento que ama, goza y hace arte de la educación, la docencia es el cielo, sobre todo si se trata de clases presenciales, pues con la pandemia del Covid-19 se trabaja a distancia, como por teléfono, impersonal y fría. Es necesaria la personalización.

Cuando se inició el CONAFE en Colima, quedamos seleccionados 84 de 450 jóvenes aspirantes, de 16 a 19 años, que fuimos la primera generación (1976), recibiendo un curso de capacitación de tres meses en el Centro de Bienestar del IMSS, donde aprendimos pedagogía y didáctica, hasta hacer desde un salón de clases hasta una butaca.

Y efectivamente, cuando fuimos a laborar a los últimos rincones de Colima, donde había desde 5 a 29 niños en edad escolar, desplegamos la posibilidad de construir un salón de clases, pizarrones, butacas, firmar convenios y realizar acciones de desarrollo rural. Yo mismo y mi gente, en Picachos, rehabilitamos la escuela y construimos cancha de voleibol.

Luego me premiaron el espíritu de servicio y me acerqué a Colima, y a iniciativa propia, vi la necesidad de una escuela comunitaria en lo que llamé Los Viveros (Colonia Juana de Asbaje), al sur de El Costeño, donde, con apoyo popular, construimos un salón tipo bodega, pizarrón y butacas de madera. Fundé la escuela primaria “Vicente Guerrero”.

Por todo ello el CONAFE nos abrió la oportunidad de estudiar en la Normal de Maestros “Jorge Castell Guerrero”, que funcionó con el sistema semiescolarizada en el Fray Pedro de Gante (1977-1981), con cuatro grupos de 40 alumnos de Educación Primaria y dos grupos de 40 alumnos de Educación Preescolar, cuando gobernada Griselda Álvarez.

Esos titulados nos fuimos a donde hubiese la necesidad de una plaza laboral; ese fue el pacto con la gobernadora, para que nos firmara los títulos, por lo que, nada de plantones, bloqueos carreteros o vías férreas, si estuvimos hechos para matarnos en gestionar una plaza docente en el último rincón de México, donde todavía tengo compañeros egresados.

A una distancia de muchos años, como profesor bachiller, envié a alumnos a investigar la vida del albergue cañero de El Trapiche, y me comentaron que el profesor de ahí, a falta de escuelas, trabaja en una casucha comunitaria, no hay pizarrón, por lo que lleva cartulinas, mientras que los niños se sientan en piedras o en el suelo, etcétera.

Entendí que no es de esos cinco artistas de la educación, sino burócrata, escuelero y cobraquincenas, de esos que la quieren de supervisor, director o docente de un plantel frente a su casa, como el 95 por ciento de profes de hoy, que incluso, ya no necesitan del normalismo, pues concursan por computadora y quedan electos por los puntos ganados.

Déjenme, entonces, desahogarme, diciendo que ante la pandemia que vivimos, de trabajar con los alumnos de manera virtual, con las tecnologías que las autoridades especializadas han impartido a los docentes para entenderse mejor, denme oportunidad de concentrar bajo un árbol o en una cancha sola a ocho alumnos por sesión de una hora.

Si he tenido 8 grupos de 40 alumnos cada uno, trabajaría con un grupo por día de manera personalizada durante 5 horas diarias, y así podría estar con ellos y con todos los protocolos recomendados por las autoridades de salud, hasta atender a casi 320 alumnos por semana; de todos modos, he trabajado más allá de mis horarios en las canchas del plantel.

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