Opinión

COLUMNA: …Nosotros

En el salón y la labor escolar antes de la pandemia

Por J. Ángel Ramírez López

  • El noviazgo y los celulares en plena clase
  • Alumnos indisciplinados y descuidados por padres

Partimos de la lógica de que ninguna computadora, educación por correspondencia o virtual superará la actividad cálida y personalizada que se da en el aprendizaje entre maestro-alumno, pero ante la llegada de la pandemia, la actividad educativa no puede quedar pendiente ni al garete; de alguna forma debe haber desarrollo educativo.

Si ya el presocrático griego, Heráclito, decía que “Todo cambia, nada está en reposo, nadie se baña dos veces en el mismo río”, desde su visión filosófica y sin instrumentos de medición de las cosas, está queriendo decir que el universo se mueve, porque es materia, y, en consecuencia, tiene movimiento, al cabo de cierto tiempo.

Ya insinuaba 500 años a.C. que el mundo es finito, porque tuvo principio y tendrá fin, valorando espacio-movimiento-tiempo, que, en los seres vivos, y específicamente en seres pensantes, inteligentes, el cuerpo se mueve, se hace viejo, y entonces el pensamiento evoluciona, por lo que, hoy sabemos más que ayer, y mañana sabremos más que hoy.

Estas reflexiones las hacemos en Filosofía, en el salón de bachilleres, donde en promedio hay unos 40 alumnos por grupo (hace 5 años teníamos 55 alumnos por grupo), de los cuales, he podido sacar cuentas de que unos 5 reciben excelente atención de sus familias y logran buen rendimiento educativo, y por excepción, uno que otro lo logra por sí mismo.

Unos 20 avanzan con altibajos por problemas económicos, sociales, familiares o psicobiológicos, y más o menos se defienden con 7,8 o 9 de calificación general, pero 15 de ellos marchan al garete, son distraídos, juguetones, no pueden dejar a un lado el celular o el noviazgo, no hacen la tarea, son desatentos en clase y no les preocupa su futuro.

Confieso que he sido de esos profesores que les gusta jugar al teatro de la vida, esto es, que finjo disciplina, rectitud, exigencia y orden en mi trabajo profesional, y casi lo logro porque alcanzo a inculcar en el alumnado disciplina, atención y concentración en la clase, incluyendo a esos desatentos y apáticos de su futuro, porque sólo viven el presente.

Pero he hecho posible que les guste las materias que imparto, y hago también teatro con la oratoria, altibajos, mínima, expresión corporal y vivencias, de tal manera que, sin que los alumnos lo noten, se acaba la clase y soy el primero en decirle que es hora de la salida, antes que ellos chequen el reloj o estén asomándose por la ventana, enfadados.

La puntualidad para entrar y salir de clases se lo copié a la gobernadora Griselda Álvarez, pues si la entrada es a las 7 horas, a las 6:20 firmo en la Dirección del Plantel y a las 6:30 acomodo mi equipo y butacas en el salón, para entrar a las 6:55 horas, y no suelo gritar, regañar o llamar la atención de ellos, sino narrarles cuentos para atraer su atención.

No es la sanción, sino la motivación, el arma del docente para educar, cuando se tiene vocación por el arte de la enseñanza, como profesor rural de primaria que fui en el cerro y hoy bachiller, con alumnos excelentes, sin que nuca haya tenido algún alumno grosero, pero me preocupan esos 15 alumnos rezagados en esta pandemia del Covid-19.

Estoy afligido por los que se nos están rezagando con celular, noviazgo y mala conducta que ni los padres pueden con ellos, pues el resto se defiende, cuando menos para una calificación arriba del 8.0, pero el buen profesor es como el salvavidas, que ayuda a los que se están ahogando, no a los que saben nadar, y ese es el problema con la pandemia.

 

 

 

 

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

 

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