COLUMNA: …Nosotros

La vocación magisterial y los docentes de aula

Por J. Ángel Ramírez López

  • La creatividad e iniciativa propias
  • La burocracia educativa hace bola

Hay dos tipos de profesores: aquellos que reciben plaza por herencia cuando el padre o madre se jubila o pensiona (que es válido), junto con los que concursan plaza de la SEP por medios digitales y obtienen los puntos para dar clase, y aquellos que ya traen consigo vocación magisterial y llegan al lugar que anhelan. Quiero considerarme de estos últimos.

Desde que estudié la Secundaria No. 18 para trabajadores (ya no daba la edad), tuve vocación de ser profesor, pero las dos ocasiones que hice examen en la Normal de Maestros de Colima no quedé, ya que no pude contestar la última pregunta del examen: “Escriba en la raya el nombre del político que conozca”. En realidad, no conocía a ningún político.

Por ello no aparecía en el listado de aceptados, y tampoco teníamos derecho a verificar los resultados del examen; simplemente no quedábamos aprobados. Luego fui a Guadalajara, con dato y seña, para llenar los requisitos para ingresar a la Normal Regional de Ciudad Guzmán, pero ya había pasado la fecha de inscripciones. “Se me fue el tren”.

¡Pero, no! Cuando tuve como resignación el empleo de despachador de gasolina, me enteré de que un organismo llamado CONAFE ofrecía beca económica a jóvenes pobres que desearan ser instructores comunitarios (1976). Di todas las medidas, hice examen y llené todos los requisitos (no se ocupaban palancas) y ¡quedé, no lo podía creer!

Como en mis andanzas fui líder juvenil por iniciativa propia, llegando a mi comunidad (Picachos), en 1979, organicé al pueblo y ahí vamos, un sábado por la mañana, a la Presidencia Municipal de Villa de Álvarez, con todo y su gente. Pedimos hablar con el presidente municipal (era Carlos Silva Gudiño), que nos recibe y ahí pedimos material.

Se trataba de pintura para la escuela y machuelos del lugar, escobas, brochas, redes y balones para voleibol; todo eso nos otorgó el alcalde: “Primer profesor que organiza a la gente para hacer obra comunitaria”, que me dice. Transformamos la comunidad. Como premio, el CONAFE me acercó a la ciudad de Colima, pero yo quería seguir en Picachos.

Busqué una comunidad que requiriera maestro y encontré un lugar que llamé Los Viveros (hoy colonia Juana de Asbaje, al sur de El Costeño), donde había 38 niños sin educación. Organicé a la comunidad y un fin de semana construimos con lámina de cartón, tablas y polines que la misma gente donó, un galerón y fundé una escuela unitaria (hoy multigrado).

El CONAFE nos había enseñado cómo construir escuela, asientos de tabla y pizarrón, e hice realidad la escuela primaria que llamé Vicente Guerrero, y después organicé a los alumnos, un viernes 19 de diciembre, la comunidad proporcionó un camión de redilas y llevé a los niños al DIF Estatal, antes de vacaciones. Bajamos al norte de la Calzada Galván.

Sin previa cita, solicité que regalaran juguetes a los niños. Puse en apuros a las autoridades. Nos pasaron al Auditorio y proyectaron películas de Tom y Jerry, con palomitas y refrescos, mientras, los superiores enviaron al personal a una gran tienda a comprar juguetes y bolos. Al final del cine, la directora del DIF regaló a cada niño un gran juguete y bolo.

Pero hoy, el docente se concreta a hacer lo que dicen los libros y la autoridad, sin reflexionar que los planes y programas son flexibles, que el profesor es creativo y tiene iniciativa propia para la filosofía educativa, para el arte de educar, pero para eso requiere vocación, no plaza. Por ello, “creo que nací para tamal, porque del cielo me caen las hojas”.

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

 

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