COLUMNA: Ojo de Mar

Democracia a medias

Por Adalberto Carvajal

En su conversación con Gibrán Ramírez Reyes, académico, politólogo, columnista de Milenio, conductor del programa “De buena fe” en Once TV y comentarista en otras mesas de análisis en radio y televisión, el periodista Ricardo Raphael confiesa que tiene dificultad para nombrar el periodo de la historia de México que arranca en 1997.

En ese año, instituciones como el IFE empiezan a dar frutos, existen ya varios partidos competitivos, un árbitro comicial más o menos firme y un tribunal electoral que está funcionando. El presidente López Obrador suele llamar “neoliberal” a esa época, pero realmente el neoliberalismo había arrancado antes. Otros, tomando la frase de Enrique Krauze, la definen como la “era de la democracia” sin adjetivos.

Entrevistado en “A Ras de Suelo”, el espacio que Ricardo Raphael tiene en La Octava, el 29 de enero de 2020, Gibrán Ramírez revela que él prefiere llamar a ese periodo “el régimen de la transición”, porque se basó en la idea de transitar a la democracia.

Como resultado de esa institucionalización tenemos una democracia “a medias, porque son órganos que fueron diseñados para estar en medio: el IFE fue el INE de la transición, pero nunca se pensó en cuál es el punto de llegada a la normalidad democrática”. Nos quedamos, enfatiza Gibrán, “en un país con muletas, donde las instituciones no funcionan como deberían”.

Y ejemplifica: como la Secretaría de Desarrollo Social no era confiable para evaluar la pobreza, a partir de 2004 tenemos el Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social); igual que después de 1988 la Secretaría de Gobernación dejó de ser confiable para organizar elecciones como sucede en algunas democracias consolidadas, y llegamos -pasando por el IFE- al actual INE; mientras que, en 1996, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes cedió a un instituto autónomo (el Cofetel, luego transformado en Ifetel) la facultad de otorgar las frecuencias radioeléctricas.

Desconfianza como base

Gibrán Ramírez sostiene que esa “estructura ajena al Estado” se fundó con base en el esquema del IFE: como una forma de generar confianza. Algunas de esas instituciones “tendrán que mantenerse desde luego (como el servicio civil de carrera), pero todas fueron fundadas con la idea de transitar a una democracia que no sabíamos de qué se trataba”, y deben corregirse, sugiere el investigador de la UNAM.

Ricardo Raphael acota que el IFE se fundó en 1990 por la desconfianza hacia el proceso electoral. Como somos desconfiados por naturaleza, parcializamos el Instituto Federal Electoral y los demás órganos autónomos del Estado. Y Gibrán Ramírez coincide: pero lo hicimos además con una lógica de fragmentación de dos, PRI y PAN, con un invitado menor que es el PRD.

“Fue un régimen de tres partidos que acabaron opinando todos lo mismo, y firmaron ese Pacto por México en el culmen del sistema de partidos, suscribiendo las mismas políticas, aunque su electorado dijera otra cosa. Eso es increíble porque vacía el sentido del pluralismo partidista”, añade Ramírez Reyes.

“Esta idea de la desconfianza institucionalizada volvió, además, muy cara a la democracia mexicana. Tenemos uno de los votos más caros en el mundo”, y seguramente se debe a la falta de confianza y credibilidad en las elecciones, remata Gibrán.

Precariedad como ventaja

Editorialista de El Universal, autor de varios libros, el más reciente Hijo de la guerra (Seix Barral, 2019), Ricardo Raphael considera importante teorizar sobre esa democracia sin adjetivos.

Esas instituciones democráticas sin adjetivos, comenta, partían de la idea de que había un momento de igualdad: cuando ibas a emitir tu voto. Pero desconocían que antes y después de emitir el voto, se mantenían las desigualdades en salud, ingreso, región, grupo étnico o género.

Hasta antes de 2018, parecía haber en nuestro país un desprecio por el resto de las circunstancias que te igualan ante la elección. Aquí no fueron relevantes esas circunstancias como sí lo fueron en otros sistemas electorales, como en el español, incluso el chileno. En esos países, a partir del voto se buscó igualar las circunstancias, mediante los derechos sociales.

Gibrán Ramírez responde que eso no ocurrió en México, en parte “por el lugar que ocupamos en el mundo. España se permitió plantearse un reparto más igualitario de la riqueza, por el lugar que ocupa en la economía mundial”. Y aunque en México ocupamos el lugar 11 entre las economías del mundo, pertenecemos “por asignación a los países semiperiféricos y periféricos que concentran el 93% de la informalidad”.

Requieren de la economía informal porque esos países tienen como ventaja comparativa la mano de obra barata. Por esos salarios bajos vienen algunos inversionistas a nuestro país. Y esa fuerza laboral de bajo costo para el sector formal, requiere de un sector informal que subsidie la falta de derechos sociales de esos trabajadores, explica Ramírez.

Los obreros de la maquila y de la construcción, los meseros, los trabajadores de outsourcing, la gente de limpieza, tienen que consumir una serie de satisfactores para los que tendría que alcanzarles su salario precario. Y esos satisfactores sólo pueden tener un precio accesible para esas personas, en la economía informal. Afuera de un Vips hay puestos de tacos donde comen las meseras a las que no les alcanza el sueldo para comer en el restaurante donde sirven, ejemplifica Ramírez Reyes.

¿Estamos condicionados a mantener la desigualdad o faltó visión de Estado?, pregunta Raphael de la Madrid. ¿Fue una serie de decisiones las que nos colocaron ahí o es una visión ideológica la que hace difícil romper las restricciones económicas?

Para Gibrán Ramírez “fueron las dos cosas: es un proyecto económico que se consolidó hacia allá, hacia una apertura al mercado internacional pensada con la precarización del salario como ventaja comparativa”.

Democracia de mercado

Antes se hablaba de la democracia de mercado, observa Ricardo Raphael, ahora usamos el mercado como restricción de la democracia.

Gibrán Ramírez coincide en que los ideólogos de la transición ven esas restricciones económicas como un tema absolutamente aparte de la democracia, y señalan que la 4T no aprecia la democracia porque no resolvió los problemas económicos.

“Pero el principio de legitimidad de la democracia es la soberanía del pueblo, y para que eso suceda tienen que haber ciertas condiciones materiales mínimas para que se cumpla. Cuando uno señala al INE prácticas electorales tramposas (retención de credenciales, fraude, el autoritarismo en los pueblos) como candados a la democracia, dicen que es evidencia anecdótica, excepciones y no la regla.

“Sin embargo, es una evidencia que sigue siendo anecdótica porque la ciencia social mexicana no se ha decidido a ver lo que hay realmente detrás. Siguen hablando de las fórmulas de representación o de financiamiento a los partidos, pero no de cómo esa democracia electoral opera en el territorio realmente.

“La gente no siente que haya democracia. Y no la aprecia porque, a diferencia de lo que el Democracy Review Report o el Latinobarómetro digan que es la democracia, esta no se limita nada más al momento de la mampara y el voto, que es el único momento de igualdad en la sociedad”, resume Gibrán Ramírez.

Ricardo Raphael apunta, finalmente, que en todos esos años de democracia sin adjetivos el Estado se retrajo. Paradójicamente, junto a una manera de entrar y salir del poder más democrática, en paralelo se retrajo el Estado a niveles impresionantes, como el que se ve en el número de custodios que hay en las cárceles por cada preso en nuestro país, o en el número de médicos y enfermeras por cada enfermo en los hospitales.

Vimos en esa transición a la democracia un Estado que decidió retirarse y, cuando de plano ya no pudo hacerlo más, incluso llegó a privatizar tramos. Si no hacemos bien el análisis de esa retracción del Estado, concluye Ricardo Raphael, es muy difícil ahora hablar del necesario regreso del Estado para que se construyan la auténtica democracia.

Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com

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