Opinión

COLUMNA: Ojo de Mar

El silencio de la TV

Por Adalberto Carvajal

La censura en la televisión comercial es un gran secreto que hemos guardado todos los que trabajamos en cualquier televisora, dice Sabina Berman al iniciar una conversación de Largo Aliento con el crítico televisivo Álvaro Cueva. ¿Por qué es el secreto mejor guardado del país?, pregunta la conductora de Canal Once en la emisión del 12 de noviembre de 2021:

“Porque aquí están las claves de nuestras verdades”, porque los medios de comunicación son los que nos educan genuinamente y, entonces, entiendes por qué estamos como estamos y por qué somos como somos. Hemos buscado en los lugares equivocados, culpamos a la Secretaría de Educación Pública cuando la verdadera educadora de los mexicanos ha sido la televisión”, precisa Cueva.

No sólo se censura al interior de una televisora comercial sino que cuando los personajes censurados se van de la empresa, siguen vetados, observa Berman, quien fue despedida recientemente de TV Azteca por haber criticado en una columna periodística que las empresas de Ricardo Salinas Pliego no cerraron durante la pandemia.

¿Tiene que ver esto con el hecho de que son empresas privadas y que el neoliberalismo nos educó en que lo privado es sagrado, que no se puede hablar de los empresarios públicamente?

“Es un esquema feudal –confirma Cueva–. Los mexicanos nos agobiamos cada seis años peleándonos en la elección de nuestro presidente, mientras tenemos a estas dinastías dominando ciertas industrias generación tras generación, jerarcas con el mismo nombre y apellido desde hace 50 o 100 años. Pero ante eso nadie dice nada, nadie se queja. Ahí está el verdadero poder.

“Todo está codificado, muy bien planteado, para que las multitudes piensen eso [que la censura sucede en otros ámbitos], cuando en realidad en los medios de comunicación ocurren situaciones mucho más oscuras y delicadas, que tienen que ver con coacción a la libertad de expresión, con censura o con el manejo de contenidos en una práctica que supone la joya de la corona en este negocio: la influencia.”

Influencia, un producto: 

En todas las televisiones comerciales, los ejecutivos dicen que ellos no venden ratings sino influencia. Entrando en el ámbito secreto, ¿en qué consiste vender influencia?, pregunta Berman.

Cueva recuerda que “de finales de los noventa a principios de los dos mil, se comenzó a manejar esa idea. La transición democrática nos trajo una nueva manera de entender la industria de los medios de comunicación. Las radiodifusoras y televisoras ya no fueron más aquellas industrias familiares donde programaban discos, películas, telenovelas o futbol. Decidieron vender influencia”.

Antes había un solo partido, hegemónico y todopoderoso, pero con la alternancia partidista los contendientes políticos se volvieron clientes, apunta Sabina.

“En esa época ocurrieron cosas insólitas que nadie más que yo se atrevió a denunciar”, señala Álvaro Cueva: de la noche a la mañana, una industria donde las figuras eran las protagonistas de las telenovelas o las estrellas de los programas de variedades, se convirtió en una industria de analistas políticos. “Las mesas de opinión sustituyeron a los programas musicales y a otras formas de entretenimiento”.

Y aunque tengan esas mesas de opinión un rating muy bajo comparado con el de los musicales, las televisoras ya no están vendiendo rating sino influencia, coincide Berman.

Para Cueva, “el tema de la influencia es muy divertido porque no es fácil de cuantificar. Con el rating mides un punto de más o de menos en las ventas de publicidad, pero cuando hablamos de influencia la ganancia se vuelve algo más abstracto”.

La mecánica es muy simple, resume el autor de Lágrimas de cocodrilo, historia mínima de las telenovelas en México (1990):

“A todos les ven la cara. Las televisoras van con el partido político, el gobierno local o el gobierno federal, y a cada uno le cuentan una versión distinta de los hechos. Fue cuando se implantó este modelo que las televisoras comenzaron a inventar encuestas o, de plano, a hacer encuestas a modo para cobrarles más a esos clientes políticos.

“Suena escandaloso, pero fue la base de la economía mediática durante el neoliberalismo. Hasta el día de hoy. En este sexenio todo el mundo está enojado porque ya no pueden hacer lo que hacían antes. Están regresando al entretenimiento, porque de algún lado tiene que entrar el dinero para que la industria siga funcionando.”

Hermosa República Mexicana…

¿Cómo se compra influencia?, ¿se vende en paquete?, quiere saber Sabina Berman.

“¡Es una vergüenza! Se maneja en varios sentidos, el más tradicional consiste en acercarse al gobierno de…, a la secretaría de…, al instituto de…, al departamento de… Son muchas áreas del sector público las que manejan dinero para efectos propagandísticos, publicitarios y de relaciones públicas. Y, en global, es un presupuesto muy generoso.

“Ocurre que una vez al año aparecen en esas oficinas unas muchachas muy guapas ante las personas que deciden el gasto publicitario, para que les entreguen la totalidad de ese dinero y que las televisoras lo administren como vayan viendo: si de repente se necesita financiar una telenovela, esa producción se realiza en Yucatán, por poner un ejemplo, y entonces ves que el retrato de la gobernadora de ese estado aparece como fondo en una escena de amor.”

“Está documentado y es penosísimo”, no es una metáfora, señala Cueva. Y Sabina evoca una escena donde un galán dice ‘te amo’ y, con la fotografía de la gobernadora en el fondo, parece un mensaje subliminal.

“Cuando comienza la transición democrática, súbitamente comenzamos a llevar nuestras telenovelas a todos los estados, de una manera diferente a como lo hacía Ernesto Alonso, quien solía grabar en locaciones. Ahora se realizan las telenovelas en el interior de la república como una estrategia publicitaria, mencionando las bellezas del lugar e invitando a hacer turismo en ese estado.”

Todo esto es pagado, apunta Berman. Obviamente a las televisoras les sale más barato si un estado les facilita todos los servicios, pero aquí más que intercambio hay pago por mensajes políticos bajo el supuesto de promoción turística.

“Esto suena muy frívolo, pero habría que preguntarse cómo le hace un noticiario para transmitir desde un estado toda la semana, cada mañana en una playa diferente, en condiciones de lujo y derroche. Claro que hay dinero detrás, otorgado una parte en forma transparente y otra quizá no”, explica Cueva.

“Yo me niego ya a hacer programas de política, porque comenzó a pasar que llegaban los políticos y lo primero que me preguntaban era cuánto les iba a cobrar por la entrevista. Un periodista no cobra por entrevista cuando el interés es periodístico. No soy un publicista que cobra por hacerles publicidad. Porque si yo cobro, ¿con qué libertad voy a preguntar lo que tengo que preguntar?, ¿cómo voy a poner en aprietos al personaje si la entrevista está pactada? Están tan mal acostumbrados los políticos que, sea quien sea, cuando llegan ante el periodista ya saben que la entrevista es de ‘a cómo no’.”

En las televisoras, al día de hoy, le consta a Berman, podría ser que el entrevistador no supiera que los ejecutivos habían llegado a un pacto con el entrevistado, y entonces lo que el entrevistador recibe es una serie de reglas: no toques estos temas. Además, saben perfectamente los ejecutivos cuáles entrevistadores permiten eso y quiénes no.

“Siempre ha habido periodistas éticos, en todos los canales de televisión. Aquí tenemos que denunciar esta manera tan sucia como la televisión se ha convertido en todo, menos en televisión. Hoy tenemos una industria muy golpeada porque ya no tenemos esas avalanchas de dinero.

“A los ejecutivos se les olvidó vender publicidad, y tienen que volver a aprender a anunciar pan dulce. Es curioso cómo las televisoras se quedaron muy contentas cuando las leyes prohibieron anunciar golosinas, cervezas y cigarros, porque todos sus ingresos los recibían por el lado de la política”.

Ventaneando a Chapoy:

Paty Chapoy llegó a decir: ‘me pagan por decir algunas cosas, pero me pagan más por callar ciertas cosas’, recuerda Berman, quien sostiene que las televisoras cobran más por su silencio.

“Te pagan por callar hechos espantosos ocurridos en un estado de la república, escándalos de la Iglesia Católica o todo lo relacionado con narcotráfico. Y, peor, te pagan por atacar al contrincante, especialmente en lo político.

“En los últimos años ha habido un boom de políticos que tienen que ver con el mundo artístico o con el deporte, entonces casualmente se hacen programas de espectáculos o deportes donde hunden a este personaje desde la perspectiva escénica o deportiva, sabiendo que lo están hundiendo desde la perspectiva política. Por supuesto, ese programa es patrocinado por un partido opuesto al que postuló a ese actor, cantante o deportista.

“Estamos hablando de carretadas de millones de pesos que estuvieron circulando en este país en las últimas décadas. No podemos hablar de un tarifario porque el juego siempre fue: ‘según el sapo, es la pedrada’. No se cotizan igual todos los comunicadores ni las televisoras o las casas productoras. Tampoco tienen el mismo dinero los partidos.”

¡Qué bonita familia!

Otro tema censurado en las televisoras comerciales es la empresa privada. Los magnates no se tocan entre sí, expone Berman. Ese uno por ciento de los mexicanos más acaudalados, son como primos. Y en todos los canales privados está prohibido hablar de los problemas laborales de otra empresa.

“De los noventa para acá, todo cambió –recuerda Cueva–. Y ese cambio tiene que ver con el neoliberalismo. Antes teníamos estas empresas familiares dedicadas a los medios de comunicación, junto a medios públicos que con sus contenidos daban batalla a los privados. En ese marco, ocurrió algo catastrófico:

“Las televisoras como entidades empresariales se convirtieron en empresas públicas, es decir, empezaron a cotizar en la bolsa de valores. Dejaron de ser una empresa familiar, cuyo patrón sentía que debía defender a su país hasta por amor a la arqueología. A partir de que se bursatilizaron, mandaron los números.

“La trascendencia de que se hayan convertido en empresas públicas, es que dejaron de ser un canal de televisión para convertirse en grupos empresariales del que forman parte lo mismo bancos que líneas aéreas o casinos”.

Aun así, insiste Berman, Grupo Carso nunca se pelea con Grupo Salinas, y en los noticieros no informan si en cualquiera de esas empresas estalló una huelga. No somos el único país del mundo donde eso ocurre, señala la dramaturga y novelista. En Estados Unidos, el país más neoliberal del mundo, es peor. Pero en México, sencillamente, no reporteamos a la libre empresa que es donde trabaja el 80 por ciento de los mexicanos.

“Ocurre que como ya eres un grupo empresarial, tus agendas e intereses se multiplican. Ya no sólo tienes que protegerte como canal de televisión o como grupo de canales de televisión, ahora tienes que cuidar a tus filiales que son una tienda de conveniencia o una tienda departamental, una gasolinera o una minera, un hospital o una cadena de hoteles.”

Las televisoras comercian su influencia con el poder político porque tienen intereses en todos los rubros. “Si tengo inversiones en un parque éolico, empiezo a hablar de la necesidad de energías generadas de una manera distinta y ataco a quienes la están produciendo con métodos tradicionales. Pero, si de repente se les cae uno de estos ventiladores monumentales, guardan silencio”, concluye Álvaro Cueva.

Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com

 

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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