COLUMNA: Paracaídas

El desalojo de El Colegio Inglés

Por Rogelio Guedea 

Cuando publiqué mi artículo pasado sobre el conflicto de El Colegio Inglés y su desalojo, fui insultado por muchos. Según los que se sintieron agraviados, yo escribí mentiras e infundios, movido por intereses aviesos y, además, fui pagado para denostar a una honorable institución. Los insultos no consiguieron incordiarme porque tengo claro que esto es parte de este oficio. Sin embargo, la verdad es que muchos, como suele suceder, sólo leyeron el encabezado de mi publicación y no se tomaron la molestia de leer el resto. Por lo demás, no suelo de verdad escribir sobre algo si no investigo al respecto, tal como lo hice con el asunto del Colegio Inglés. En mi artículo pasado expliqué que el problema de fondo que envolvió a este colegio era muy simple: una sobrina (Ana Patricia Dávalos Alcocer) pidió dinero a un tío para levantar este colegio y nunca le pagó. El tío, hastiado de no recibir el dinero prestado por las vías que una persona noble debería de pagar, tuvo que demandar a la sobrina y al resto de los deudores para, con ello, iniciar una larga batalla legal a fin de recuperar lo que era suyo, pues  nunca se le hubo cubierto un solo pago, según se desprende del expediente del caso, al que, desde entonces, tuve acceso. Si el asunto se alargó por años fue porque, precisamente, se utilizó todo el “ingenio” legal para ir sorteando el peso de la justicia, la cual por fin llegó (y de manera bochornosa) el miércoles pasado. En mi artículo aquel nunca cuestioné a los maestros del Colegio Inglés ni a la calidad educativa que llegó a ofrecer esta institución educativa, ni nada. Ni siquiera dije que los dueños del colegio no enviaban para nada un buen mensaje a la sociedad y a su comunidad estudiantil mostrando su lado más oscuro como personas. No se puede enseñar la rectitud si uno no es recto; ni los valores, si uno no los tiene. Fui prudente y responsable y prácticamente nada más glosé la información aparecida en los medios, e incluso así recibí insultos. Pero peor aún: no me creyeron ni muchos de mis amigos que tenían hijos ahí y yo creo que de ahí viene eso de “ya ni en los amigos se puede confiar”. Lo cierto es que el Colegio Inglés fue desalojado con la fuerza pública (en un acto por demás vergonzante) y ahora lo que tendremos que hacernos son las siguientes preguntas: ¿quién les reparará el daño a todos los padres de familia a quienes se les mantuvo en vilo hasta el último momento con comunicados emitidos por la mencionada institución educativa de forma por demás dolosa?, ¿no hay nadie que vaya a regresarles su dinero tampoco?, ¿y el presidente de la Comisión de Derechos Humanos no abogará ahora por los derechos de estos niños que vivieron en la incertidumbre todo este tiempo gracias a la enorme irresponsabilidad de los directivos de esta institución?, ¿quién pagará el daño a muchos de los trabajadores que no sólo se quedaron sin trabajo, sino que nunca tuvieron la claridad suficiente sobre lo que estaba realmente ocurriendo? Y una pregunta personal: ¿habrá alguna persona de las que me insultaron que me escribirá para pedirme una disculpa, al menos? Por último, una reflexión final, como enseñanza que nos deja este caso: creo que es importante creer pero sin fanatismos, creo que es importante confiar pero sin ceguera y creo que hay que informarse pero no solo leyendo los puros titulares de los artículos y las noticias, sino incluso entre líneas. Dicho sea de paso, considero que la autoridad educativa correspondiente debe asistir, por un lado, a los padres que resultaron perjudicados por esta situación y, por otro, debe aprender de este caso para tomar las previsiones con la forma en que se crean y se desarrollan las instituciones que educan a nuestra sociedad, pues ahora parece ya que es más fácil fundar una escuela que abrir una tienda de abarrotes.

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