COLUMNA: paracaídas

“Morena: señales que preceden al autoritarismo”

Por Rogelio Guedea

El presidente López Obrador ha emitido, desde hace algunas semanas, algunas señales que deberían preocuparnos a todos por la naturaleza de sus propias consecuencias. En primer lugar, la más evidente: el presidente López Obrador ha tomado su propia ruta de tratamiento de la mayor emergencia sanitaria que hemos padecido en nuestro país y muy poco ha respaldado los protocolos de salud. El caso más paradigmático es estar invitando a la población a salir de sus casas sin miedo mientras que el subsecretario de Salud, López-Gatell, pide a la ciudadanía que no lo hagan porque a este día ya tenemos más de seis mil contagios diarios y hemos sobrepasado las mil muertes también en un breve lapso de 24 horas. El presidente no usa cubrebocas en sus reuniones de gabinete (ya resultó contagiado, incluso, el secretario de Hacienda), tampoco en las mañaneras ni mucho menos en sus mítines. El mensaje que envía a la población con su actitud es equívoco y muy peligroso, por decir lo menos. Aunada a esta actitud autoritaria (yo hago lo que yo quiera), el presidente López Obrador ha lanzado otros indicios que preocupan. Uno más de ellos es la concentración del poder económico que el presidente quiere tener con respecto a gobiernos estatales y municipales. Hay quienes han visto bien que el presidente, que ha hecho de la honestidad el mayor de sus baluartes, se erija como el administrador de todos los recursos y bienes del país con el argumento de que nadie sino él los puede tratar con honradez. Para el presidente López Obrador, todos los gobernadores y presidentes municipales, políticos de oposición, etcétera, son corruptos y, por tanto, él se ha empeñado en convencer a la sociedad de que hacerse cargo de todos los bienes y recursos de la nación sería garantía de transparencia. Por eso, los que vieron la prohibición del presidente para la petición de créditos por parte de algunos estados (como el de Colima) como algo positivo olvidaron que esta hiperintervención del gobierno federal a las autonomías estatales no es una señal de transparencia sino, más bien, otra vez de autoritarismo. Lo mismo, aunque de diferente manera, hizo con los municipios al reducirles considerablemente sus partidas presupuestales, reducciones que finalmente iban a ser utilizadas por el gobierno federal para seguir atendiendo sus programas sociales, en su mayoría (lo queramos o no) reducidos a un fin puramente clientelar. Finalmente, está el conflicto que ha desatado el Instituto Nacional Electoral (INE), el cual también pretende ser controlado por el propio presidente con el mismo argumento de siempre: es un instituto no confiable para nuestra democracia y en virtud de que el presidente sí lo es, él tendrá entonces también que llevar sus destinos. Tal vez los militantes de Morena no se hayan dado cuenta (o quizá sí, pero no pueden hacer mucho) que estas señales tan contundentes enviadas por el presidente López Obrador también harán estragos al interior del propio movimiento de regeneración nacional, pues al recrudecerse la autocracia presidencial las guerras intestinas internas entre los militantes por el poder crecerán en virtud de que se establecerá como una condición sine qua non no la realización de un trabajo meritorio sino simplemente quedar bien con el presidente (ganarse su simpatía y aprobación) para conseguir a costa de lo que sea (asesinando incluso al colega partidista competidor) el objetivo anhelado (una candidatura, un puesto de alto rango, etcétera), llevando con esto en el mediano y largo plazo a una destrucción del propio partido y de la misma cuarta transformación. Por eso, es importante que el cambio venga desde adentro y, desde adentro, sea la propia militancia la que impida que la figura del presidente López Obrador devenga (aún más) en la de un tirano que, en un tiempo ya no tan lejano, podría sentirse hasta con el derecho de pisotear nuestra propia dignidad.

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