COLUMNA: Pupitre al Fondo

Cabalgatas y educación 

Por Blanca F. Góngora

Las tradiciones de nuestros pueblos son dignas de preservarse porque conforman nuestro ser y nuestro sentir; pero cuando éstas empiezan a degenerarse, no debemos dudar en hacer un esfuerzo por reencauzarlas, como es el caso de las cabalgatas, que empiezan a convertirse en lo que no deben ser. Los defensores hablan de la importancia de conservar nuestras tradiciones con todo lo que ello implica: los valores familiares, nuestro entorno, nuestra historia, nuestro origen, nuestros usos y costumbres y un largo etcétera. Pero también debemos eliminar lo negativo, un ejemplo de ello es el alcohol, el cual últimamente es inherente a las cabalgatas, independientemente del lugar donde se lleven a cabo; pareciera como si el traer un bote de cerveza en la mano fuera el requisito indispensable para “ser de a caballo”. Todo parara en eso, en traerlo en la mano, lo reprobable, además de no saber controlar los efectos del alcohol, es el acto de aventar los botes de cerveza vacíos a la calle, soltarlos ahí como si se soltaran blancas gaviotas, y lo mismo tiran el vaso vacío, el empaque de sabritas, los anillos plásticos que sostienen el seis de cerveza, y más. Las cabalgatas cada vez dan mucho (malo)  de qué hablar, y debo decir que no todo lo malo es causado por los que van en el caballo, pues en cuestiones de basura, el pueblo espectador no se queda atrás; si bien hay gente consciente y responsable que cuida y es ejemplar, el exceso de basura que queda una vez pasada la cabalgata nos demuestra que en este aspecto son más los descuidados, los inconscientes, los que no se hacen cargo ni de sus propios desechos. Me tocó recorrer varias calles por donde minutos antes había pasado la cabalgata, todas igual, debajo de las gradas que había en las calles, en las orillas de las banquetas, pegadas al machuelo, incluso en horquetas de uno que otro árbol cuya sombra los cobijó, estaban abandonadas al vendaval, envolturas de botana, envases de jugo, bolsas que en cierto momento contuvieron hielo. Y lo peor es que a esos eventos van nuestros niños, esos a los que en la escuela les insistimos toda la jornada  que deben mantener limpio, que recojan sus desechos, que cuiden su espacio y el de su compañero y el de su salón y la cancha y los baños, porque solo haciendo cada quien lo suyo podemos conservar la limpieza de nuestro entorno en general, esos a los que les decimos que el lugar más limpio no es que más se barre sino el que menos se ensucia. A las cabalgatas van nuestros niños, esos a los que les insistimos que la violencia, aunque sea contra un animal, es violencia, esos mismos a los que les decimos que las drogas y el alcohol no son vías para una sana convivencia. A las cabalgatas van nuestros niños, esos a los que les inculcamos el respeto a la diversidad de géneros, el no mofarse de los otros, de los diferentes, pero en las cabalgatas ven al abuelo, al tío, al vecino, al señor desconocido que va en el caballo, a la señora que está sentada a su lado, albureando o diciendo groserías a aquél/aquella que se viste diferente. Definitivamente como sociedad debemos entender que la escuela no podrá nunca remediar los males que nuestra sociedad aprueba, también debemos entender que la mayor parte de la labor formativa es tarea de todos, y que todo acto, incluso aquel que parece intrascendente, nació para ser imitado, para ser aprendido por un niño.

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