El Comentario - Universidad de Colima

COLUMNA: Pupitre al Fondo

Una “Noche de Muertos” que unifica por días

Por Blanca F. Góngora

La celebración del  “Día de Muertos” da motivo para mucho y hay colectivos docentes que lo saben y no solamente se limitan a sus escuelas, sino que trabajan  para la comunidad  completa, involucran a padres, madres de familia, autoridades, vecinos, instituciones hermanas, asociaciones, etcétera. Un ejemplo a seguir es el evento “Noche de Muertos” que  realizan los docentes que laboran en “La Central”, pequeña localidad del municipio de Manzanillo, con una población  alrededor de 1,100 habitantes distribuidos en 285 hogares aproximadamente.

Esta es la primera vez en la historia de “La Central” en que los directivos de preescolar, primaria, telesecundaria, bachillerato Emsad (Educación Media Superior a Distancia) y el IEEA (Instituto Estatal de Educación para Adultos) se unieron para la mejora educativa, cultural y de valores de las niñas, niños, adolescentes, jóvenes y población en general. La “Noche de Muertos” del 30 de octubre en la comunidad “La Central” se trabajó con mucho tiempo de anticipación, un ejemplo son las madres de familia de la Escuela Primaria “Justo Sierra”, quienes desde la semana pasada se dedicaron a elaborar las flores que se utilizaron  esa  noche y otros preparativos más. Los maestros organizadores no se conformaron con sus propios saberes, invitaron a los estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 162 de Zamora, Michoacán, quienes elaboraron un extenso tapete tradicional del día de muertos que reunió una fusión de elementos michoacanos y colimotes; además “El círculo de mujeres mandalas” compartió con la  comunidad el saludo a los cuatro puntos cardinales, un ritual de ingreso en la calle principal de dicha festividad. La “Noche de Muertos” inició con un recorrido narrando leyendas por las calles Río Mayo, Río Pánuco y terminando en la esquina del jardín frente a la iglesia; en cada una de las paradas donde se narraron las leyendas estuvieron tres o cuatro maestros diferentes para cuidar todo detalle, ellos mismos se encargaron de todo, hasta del panteón escolar.

Es innegable lo importante que resulta el enriquecimiento de saberes compartidos; es inculcarles a los alumnos (y a la comunidad) que debemos tener disposición para aprender siempre de los otros y valorar el tiempo y esfuerzo que “los otros” pueden hacer por “nuestros” proyectos. Es enseñarles, además, el valor por nuestras tradiciones, por la unidad familiar; es enseñarles formas sanas de convivencia; es enseñarles también la importancia de la labor docente, quienes pueden significar esperanza y renovación incluso para aquellas comunidades donde “parece que no sucede nada”.

Esta actividad es un ejemplo latente de la función social de la escuela (muchas veces olvidada) y, sin duda, de la entrega de todos los maestros participantes que no se conforman con las clases impartidas dentro del aula y apuestan por el aprendizaje extra muros y sin importarles todo el tiempo que invierten de más, incluso, antes o después de sus horas oficiales de trabajo (que por cierto no se les paga: las horas extras en educación no se pagan). Ellos siguen trabajando, ahí estuvieron  todo el día, incluso después de sus horas de salida y hasta terminar y recoger (ya noche) todo eso que con tanta paciencia e ilusión trabajaron. Ellos saben que este evento puede ser el inicio de una nueva tradición para la comunidad, tradición que de mantenerse por los años venideros, será punto de encuentro de los habitantes de ahora y del mañana de esa comunidad. Felicidades a los docentes, quienes pensando, además, en inculcar la conciencia ecológica en la comunidad, realizaron un sorteo (entregando un pequeño premio económico) entre los que llevaron su propio plato, vaso y cubierto no desechable.

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