COLUMNA: Pupitre al Fondo

Desfile 20 de noviembre: reflejo de un país en sepia 

Por Blanca F. Góngora 

El lunes 25 de noviembre presencié el último festival con motivo del aniversario de la Revolución Mexicana. En este último formó parte mi hija quien, por la desbordante emoción, mal-durmió desde que supo que había sido elegida para participar, ya que no deja de ser emotivo para los niños y adolescentes el ser partícipes en los festivales escolares o desfiles. Es una manera de ponerse a prueba, de demostrarse a ellos mismos que pueden desempeñar ese rol y son muchos los aprendizajes que sin ellos saberlo, construyen. Además, las emociones no quedan intactas, algo sucede que si hubiera una cámara lenta con un lente de aumento, podría uno observar cómo las facciones y el ritmo de la respiración sufren una modificación constante. Me concentré en observar la respiración de los participantes, ese subir-bajar del pecho, de los hombros, ese suspiro final cuando su parte ha concluido; y como existe una conexión intrínseca hijos-padres de familia, pues a los papás observantes les/nos pasa exactamente lo mismo.

Todas las escuelas hicieron “algo” para que no pasara desapercibida dicha fecha histórica. Sin duda el punto de encuentro es el desfile. Ahí concurren estudiantes de distintos niveles educativos que unidos por una misma celebración socializan, aprenden, demuestran diversas habilidades, sudan, se divierten, sufren y forman parte de un acto nacional que, entre otras cosas, bien demuestra una parte del trabajo docente, el orgullo de los mismos estudiantes por lo que hacen y por pertenecer a tal o cual escuela, el esfuerzo de los padres de familia. Es, además, (dicho sea de paso) un punto de encuentro también de las máximas autoridades locales o federales que aprovechan el momento para “dejarse ver”. Un desfile muestra mucho y si damos zoom y enfocamos nuestra mirada en los desfiles de las comunidades rurales podemos constatar también el estanco y olvido en que nuestro país continúa; pareciera que ahí de poco o nada sirvió la Revolución, esa que incluso 109 años después seguimos celebrando.

Un maestro del Conafe se “hizo viral” con el desfile de sus 14 niños ondeando banderas mexicanas en un solitario camino de terracería en la ranchería cuyo nombre nos dice mucho por sí mismo: “El Desengaño”, del municipio de Villa Corzo, Chiapas. Otros maestros no contaron con la misma “suerte” en redes sociales, pero sí con la misma realidad al trabajar en este tipo de comunidades, donde la gente sigue siendo buena, donde lo sencillo es lo fundamental, donde el “progreso” sigue siendo esperado, como es el caso, por poner unos cuántos ejemplos  del  Ejido  “El Compás”, Durango, o la colorida ceremonia llevada a cabo en Santa Teresa en La Mesa del Nayar, o incluso para no ir tan lejos tenemos a la comunidad rural Augusto Gómez Villanueva (Coalatilla) en el estado de Colima. En todas se repite lo mismo: comunidades en color sepia, terracerías, calles mal habilitadas, viviendas no en óptimas condiciones, pobreza en la niñez, campos agrícolas en sacrificio pese a ser generadores de la economía de la comunidad, y maestros que aman su trabajo. Maestros que siguen siendo motor social, maestros que no desisten, que no excluyen, que aun sabiendo que la Revolución no ha fructificado en sus comunidades, reconocen que aun sin nada, o casi nada, es importante inculcar en sus alumnos el amor a la patria y la esperanza en la educación; para ejemplo el maestro Sergio Usbaldo de “El Compás”, Durango, el maestro Juan Manuel Pérez de Santa Teresa, Nayarit, y la maestra Monserrat Paz de Coalatilla, Colima, y de muchos, muchísimos más, que se pueden ver representados en ellos aunque su trabajo permanezca aparentemente en el anonimato. No desistan maestros, la verdadera Revolución se está formando en nuestras aulas.

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