COLUMNA: Tarea Pública  

Colima: familias, desorden moral

Reconstruir familias, claves en la recuperación social: IPS

Por Carlos Orozco Galeana

“No hay sociedad equilibrada sin personas verdaderamente equilibradas; no hay personas verdaderamente equilibradas sin familias equilibradas”.

Este enunciado de un psicólogo cuyo nombre no recuerdo, parece un trabalenguas, pero esencialmente contiene una gran verdad: si una nación no tiene fortaleza en sus familias, difícilmente cumplirá sus fines. Es en las familias donde se localiza la mayor parte de las riquezas humanas y se comparte el amor en todas sus manifestaciones.

Es en la familia donde uno aprende las actitudes con las que después funcionará en la sociedad. Si en las familias no se aprenden virtudes como el respeto, la responsabilidad, el amor, la entrega, la paciencia, etc., difícilmente podremos actuar ejerciéndolas en la sociedad puesto que la escuela abdica de esas tareas formativas y el entorno no ayuda a configurar una personalidad sobresaliente.

La integración en las familias genera amor, unidad, certidumbre, esperanza, alegría, razón de existir y compartir lo bueno y lo malo en la vida. Significa que sus miembros conformarán proyectos de vida que finalmente los impulsará al logro de la felicidad verdadera que no será, ciertamente, la de acumular bienes o prestigios, sino alcanzar los más puros ideales, entre ellos el de ser personas en toda la extensión del término. Este tendría que ser el título mejor (persona) que uno puede alcanzar. Por ejemplo, yo aspiro a que luego de algunos años, cuando ya no me encuentre entre ustedes, si alguien me recuerda un día, que lo haga reconociéndome como una persona de bien. Así nada más, con eso basta.

Prosigo con la idea anterior. La destrucción de las familias genera caos en los valores base de nuestra identidad, lo que a su vez produce la degeneración de los mismos y es por ello que las personas que proceden de familias desechas no tienen confianza en el valor que les es implícito y buscan diferentes alternativas para  realizarse.

Actualmente, las nuevas generaciones se están moviendo bajo reglas que supuestamente les harán la vida menos difícil en un futuro próximo, pero se encuentran con una atmósfera egoísta, violenta, incomprensible, con un gran individualismo, con competencia desleal, marginación, falta de solidaridad, soledad, ruptura de la vida familiar, corrupción en la vida política, etc. Algo monstruoso, pues. Algo habrá que transmitirle entonces a esas nuevas generaciones que la experiencia haya mostrado como válido, pero también se tendría que convenir en algo nuevo para progresar sin renunciar a lo útil y necesario de las normas que garantizan el buen hacer de la sociedad.

En los últimos cuarenta años las familias han sufrido deterioros; los matrimonios han caído casi a la mitad en la Unión Europea, mientras los divorcios se han multiplicado por más de dos; la tasa de nupcialidad experimenta un pronunciado descenso desde 1970 hasta 2011; y, en sentido inverso, la de divorcios crece en ese mismo periodo aproximadamente el doble. Previamente, apareció su desintegración paulatina. Y lo mismo podría decirse de otras partes del mundo como Latinoamérica o México en particular  donde las tasas de divorcio son a la alza y los matrimonios formales, los de hombre y mujer, a la baja.

Es en este vértigo cuando el gobernador Ignacio Peralta habla de la existencia de una desintegración familiar en el país y en Colima que exige poner mayor atención en la educación y cuidado de los hijos. Tener mejores familias incidirá en la reconstrucción del tejido social, dijo.

Él ve también lo que todos vemos: familias desintegradas y al bordo del colapso por el abandono de uno de los cónyuges, que faltan temporal o definitivamente a sus deberes, originando en los hijos conductas irregulares al verse desfavorecidos por la presencia paterna o materna o de ambas. La violencia y otras deformaciones sociales que vivimos es fiel expresión de ese colapso moral. Peralta Sánchez acierta  cuando plantea que hay una gran brecha entre las familias según sea su economía y su educación, por lo que toca a los gobiernos poner su parte para que esa situación se alivie o revierta, cuestión que por cierto no se atiende como debe ser. Pienso que este compromiso ha de ser compartido por la sociedad en su conjunto y con el liderazgo gubernamental.

Tenemos que dejar de ser víctimas por el mal funcionamiento de las familias si queremos prosperar de verdad; están aportando gran porcentaje de ellas  sub- individuos sin traza alguna, sin boceto moral, malas yerbas, pues. Los  gobernantes que tenemos en México,  corresponsables del desorden porque ejercen poder y pueden hacer más por transformar las cosas para bien, son quizás también mártires del desamor en su infancia, de la disgregación familiar, y en esa circunstancia pueden explicarse sus desviaciones y los malos acuerdos que toman, las torceduras de su visión, sus malísimos ejemplos, sus torpezas para  no ver el bosque porque lo tapan los árboles. A esos, perdónalos Señor Jesús. No saben lo que hacen.

 

 

 

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