COLUMNA: Tejabán

Ribera de Chapala

Por Carlos Ramírez Vuelvas

Decía yo que, entre los días de este verano extraño, las vacaciones buscan su sitio. Estaba en esa divagación cuando me tomó en gustosa sorpresa un viaje a la ribera de Chapala, desde el pueblo de Chapala al de San Juan Cosalá, pasando por los de San Antonio Tlayacapan y Ajijic. Todo ello, como se sabe, en Jalisco.

El Lago de Chapala es el más grande del país, y abastece de agua a la Zona Metropolitana de Guadalajara. Más del 80% de su extensión se encuentra en el estado de Jalisco, y el resto en Michoacán. A lo largo y ancho de su ribera han crecido poblaciones como hongos desde la década de los sesenta, cuando se convirtió en uno de los sitios predilectos en México de norteamericanos retirados y hippies recién llegados.

En este Mundo posmoderno que nos ha tocado vivir, nuestros pueblos mágicos son redundantes: mágicos y posmodernos. Su imagen bucólica posee un sincretismo proverbial y un barroco de pura acumulación de símbolos, colores y motivos.

El retruécano, pues, como sentencia del paisaje: al lado de una casa rural desproporcionada, tres multifamiliares minimalistas; frente al centro deportivo sin mobiliario, ocho botaneros con equipo de sonido de último modelo; y al lado de la iglesia, el “restaurante bar familiar”. Así hasta cansar la vista.

Lo demás es lo de menos. Las calles empedradas, los faroles a medialuz, los bochos nostálgicos, se espantan cuando algún halcón se pasea en una motocicleta sierreña, y en la semioscuridad se percibe el intercambio de drogas por dinero… Nuestro pueblo mágico nos ofrece la sombra de ese otro México que nos duele, nos espanta y nos pasma.

Pero la vida de estos pueblos ribereños tiene otro elemento singular: la presencia de norteamericanos retirados que vienen a vivir entre los lugareños con una simpatía en busca de cobijo.

Amables, suelen pasear con sus mascotas entre los larguísimos malecones de la ribera, y han obligado a los servicios municipales a ajustarse a sus dólares. Incluso la gastronomía ha bajado sus condimentos y sus salsas para no lastimar el paladar (ni el intestino) de los forasteros.

Un fin de semana no es suficiente para disfrutar del extraño encanto del Lago de Chapala. Sirvan estas líneas para invitar al viaje, a recorrer ese Mundo seductor entre la suntuosa avenida Jin Xi y el embarcadero, rodeado de un caudal de vendimias y artesanías de todas partes del país.

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