El Comentario - Universidad de Colima

COLUMNA: Tejabán

Gil Garea

Por Carlos Ramírez Vuelvas

Recuerdo una casa al norte de la ciudad que la memoria urbana nombró como la Casa de Piedra. Recuerdo casi a contra esquina, la que era en ese momento la casa estudio de Gil Garea. Recuerdo una tarde tenuemente nublada y mucho entusiasmo por conocerlo. Lo recuerdo desgarbado, recibiéndonos con un vaso de whiskie en el umbral de una casa que parecía una cueva con desniveles. Desde entonces me han asombrado los talleres de los artistas plásticos, la integralidad entre la personalidad y las áreas de trabajo como si fueran un mismo organismo expandido.

Recuerdo que eran los noventa del siglo pasado, y por ese tiempo Gil Garea había ganado Pinturerías, el famoso concurso de plástica taurina convocado por Televisa. El premio consolidó el prestigio de Gil Garea, que no era de Colima, pero quería a Colima como si fuera suyo: su obra rinde muchísimos homenajes a nuestra tierra, y parte de nuestro imaginario visual popular contemporáneo está en deuda con su obra, en especial su reinterpretación de Alfonso Michel y sus esculturas de oficios, la mayoría situadas en el Centro Histórico de Colima.

La Universidad de Colima también conserva gran parte de su acervo, como aquel tríptico mural en la Biblioteca de Ciencias, o muchos de sus cuadros preservados en la bodega de la Pinacoteca Universitaria. En estos momentos, un par de piezas de Gil Garea se exhiben en el Museo Universitario Fernando del Paso, donde podemos recordar su obra.

Recuerdo todas las paredes de la cueva casa taller de Gil Garea, tapizadas por lienzos en los que trabajaba al mismo tiempo. Como música de fondo también alternaba Pink Floyd con John Lee Hooker, y de vez en vez, Gil Garea dejaba los pinceles para sorber otro trago de whiskie.

Luego seguí de lejos sus aventuras y desventuras, sus experimentos artísticos y su obsesión por transmitir, con aquella genialidad creativa, su visión del mundo. A los colores ocres que había utilizado en sus primeros años sumó vibrantes rojos y azules en dispositivos estéticos cercanos al performance. Renegaba de la simplicidad y la copia, hasta que volvió la copia un acto original. A su manera, reinterpretó con pastiches el paisaje jalisco colimense con azules brumosos que socarronamente, como era, llamó “naquismo mágico”.

Recuerdo una magnífica conversación en el Museo de la Imagen, mediada con gentileza por el fotógrafo Héctor Boix. Recuerdo un par de halagos innecesarios. Recuerdo intercambiar versos y fragmentos de Antonio Machado y de Juan de Mairena (ese que no es Antonio, pero es más Machado que Machado mismo): “Despacito y buena letra/ que el hacer las cosas bien,/ importa más que el hacerlas.”

Recuerdo la llamada telefónica desde Puerto Vallarta, en la voz de un Gil Garea efusivo al lado de una Carmen Villoro alegre. Me invitaban a inaugurar al día siguiente, en la galería de OPC de Vallarta, una de las últimas exposiciones de Gil. Recuerdo lamentarme, por enésima vez, las herencias del judeocristianismo: no me era posible tomar (¿abandonar?) una decisión tan intempestiva. Gil Garea sonrió y nos despedimos amablemente.

Recuerdo que los amigos en común llevaban y traían saludos. Siempre por delante la creatividad y el talento del entrañable maestro, que ya ha dejado en Colima un capítulo maravilloso en la historia de nuestra sensibilidad y de nuestra imaginación. Lo recordaremos siempre, hasta siempre Gil Garea.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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