Opinión

COLUMNA: Tejabán

El infinito en un junco, de Irene Vallejo

Por Carlos Ramírez Vuelvas

La literatura está de pláceme con Irene Vallejo, la sorprendente ensayista de Zaragoza, España, autora de El infinito en un junco. Soy un lector regular de literatura, y debo decir que desde hace mucho no caía en mis ojos un libro que me sorprendiera tanto, es decir, que me emocionara y me llevara de la risa al terror, de esa extraña forma de felicidad que ofrece percibir el infinito en un junco en forma de página.

Ya saben, la sensación que te dejan leer Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Residencia en la tierra, de Pablo Neruda; Música lunar, de Efraín Bartolomé; Moneda de tres caras, de Francisco Hernández; Nuevo recuento de poemas, de Jaime Sabines; o, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño…

Cosa de nuestros tiempos: ese lenguaje original ahora es metafórico. En realidad, pude leer las 400 páginas de papel de El infinito en un junco, de Irene Vallejo,en 600 pantallas electrónicas gracias a la fabulosa plataforma Scribd, que para mí se ha convertido en el Netflix de los libros.

El libro como objeto es maravilloso, pero la lectura como proceso es ilimitada a cualquier tecnología. ¿Leemos cuerpos, ropas, ciudades, paisajes, gestos, que no dependen del papel? Me temo que sí.

Desde su primera edición en el 2019, El infinito en un junco no ha dejado de recolectar premios. Primero el Premio Ojo Crítico de narrativa, luego el Premio Los Libreros Recomienda y coronó la triada de galardones el Premio Nacional de Ensayo en el 2020. El mayor premio, seguramente, es la cauda de lectores que ya supera los 150 mil, y que ha obligado a la editorial Siruela a tirajes en formato de bolsillo.

Un comienzo trepidante que seduce de inmediato: “Misteriosos hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que solo viaja la gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. Arrugan la frente y gruñen hasta que los ven hundirse otra vez en el horizonte. No les gustan los forasteros armados.”

El resto del ensayo es la hermosa narración de una amante de los libros, y su aventura por conocer el origen de las bibliotecas, visitando universidades y archivos de Italia, Gran Bretaña, España y Egipto. “Un ensayo de aventuras”, calificaron los críticos españoles.

En principio, el motivo del ensayo es la reconstrucción histórica de la Biblioteca y Museo de Alejandría, pero apenas es un pretexto para que Vallejo nos haga ensoñar en el fantástico mundo y la industria de los libros.

Y mientras el trayecto en letras nos invita a viajar en nuestras propias emociones, Vallejo alude a la presencia de la literatura en otros formatos, como el cine o las series de televisión, y no rehúye a festinar la presencia de los libros en la cultura popular urbana.

El periodista del periódico El País propone un epílogo para esta historia fascinante. La vida de la escritora transcurrió durante muchos meses entre análisis, agujas, sesiones de quimioterapia, prótesis infernales y ese inconfundible olor a hospital que dejas de percibir cuando ya llevas tiempo ahí, demasiado tiempo ahí. Y solo cuando Kike Mora, su pareja, le daba relevo, se iba a su casa y cambiaba las agujas por los cuadernos de notas y las prótesis faciales por el teclado. Y el dolor del alma por la plenitud que le regalaba el sentarse a escribir.

“La inmensa mayoría de mis lectores no sospechan en qué condiciones tan duras escribí El infinito en un junco”, confiesa Irene Vallejo en su piso del popular barrio de San José de Zaragoza. “Ya estaba a punto de tirar la toalla. Mi pareja y yo nos decíamos: ‘Qué mala suerte hemos tenido’. No sabíamos lo cerca que las cosas estaban de cambiar. Si no hubiera tenido aquellos tiempos para escribir cuando dejaba el hospital y me iba a casa, no sé qué me habría pasado”.  

Los invito a disfrutar de El infinito en un junco, de Irene Vallejo, en su versión electrónica o impresa en papel.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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