COLUMNA: Tejabán

Arturo Souto Albarcea

Por Carlos Ramírez Vuelvas

Puedo recordar a don Arturo Souto Albarcea mientras lo miro otra vez caminar en las islas de los jardines de la Universidad Nacional Autónoma de México. Lo miro caminar, implacablemente vestido de saco a cuadros de color beige, un pantalón de pana café oscuro y holgada la bufanda que, por el viento, se enreda con torpeza en sus mangas. Pegado a la piel, en lo que seguro fue un cuerpo atlético, en cuello de tortuga, el polo en mantequilla le llega a las muñecas. Mira el suelo, indiferente de las muchachas que corren alegres sobre el viento. Mira el suelo y a pesar de que sus pasos siguen de manera militar la precisión de un metro, un pie apresurado detrás del otro, hace ademanes con las manos, lo que alguien pensaría significa una locura senil prematura.

Don Arturo era uno de los profesores menos populares del posgrado. No tenía la seducción de la barba cerrada y apenas entrecana de Rodolfo Mata, ni provocaba las discusiones picantes y maliciosas de Fernando Curiel; ni siquiera llegaba a motivar el morbo de Samuel Gordon, conocido conductor de televisión cultural. Todos, él primero, reconocían que los mejores años de Arturo Souto habían pasado, y ahora relucían en los recuerdos traslúcidos en la prominencia de su calva, verdadera señal de experiencia según los griegos.

En sus cursos, a los que yo me inscribí dos veces, sólo acudimos cuatro personas en total: una amante de la novela histórica, una rusa estudiosa de Sor Juana, un antropólogo en crisis de existencia y yo, el provinciano que hablaba de Balbino Dávalos. Fue mi maestro en los cursos “Fundamentos de la historia literaria” y “Poetas hispanomexicanos”. Con todo y su pobre didáctica y su casi nula pedagogía, ningún otro maestro dejó en mí su recuerdo tan profundo como don Arturo Souto.

Hijo de otro Arturo Souto, pintor catalán, se consideraba miembro de la segunda generación de exiliados españoles radicados en México, de ahí que él fuera el historiador literario que más exploraciones ha realizado al concepto “hispanomexicano”. Era el iberoamericano más acerbo, y argumentaba que ninguna cultura como la española o la mexicana son tan autocríticas hasta la autoflagelación.

Las clases de Souto eran una delicia, aún cuando mis compañeros se empeñaran en decir que eran demasiado magistrales. Yo lo escuchaba, gozoso como quien saborea un dulce, hablar del cuerpo de Ana Bolena y los conflictos de Enrique VII, del descubrimiento de la sal en Europa y de cómo los ingleses traficaban té en Birmania. Lo escuchaba declamar con tenue voz poemas de Miguel Hernández, o sacarse debajo de la manga la fotografía de León Felipe en Ciudad Universitaria. Todo eso, y además la cronología que llevó al poder a Manuel Azaña, y los días aciagos en que las Falanges persiguieron a sangre a los republicanos en las fronteras españolas con Francia. Todo eso, y la batalla en Flandes y por qué Napoleón perdió el sitio en Rusia y cómo el Ejército Rojo penetró en Berlín cuando…

Su carrera como escritor fue brillante durante su juventud. Como suele suceder en estos casos, su escritura se confunde con sus labores académicas pero nada parece indicar que en sus primeros años realizara una literatura creativa con mayor ahínco que investigaciones académicas. Escribió con la misma armonía páginas de literatura propia y de análisis literario, como se advierte en sus estudios sobre Luis Vélez de Guevara, Emilia Pardo Bazán, León Felipe o Gaspar Núñez Arce, entre otros autores de los que incluso realizó ediciones filológicas.

Es autor del libro de cuentos Coyote 13 y otras historias, que tuvo buena acogida crítica, y de cuyo relato principal, en 2003, el cineasta Alfredo Corona realizó un cortometraje de buena factura. Como su autor, las letras de Coyote son elegantes aunque en ocasiones demasiado abigarradas en su parafernalia estética (lo que nunca habría permitido el autor en su persona) pero de inmediato seducen las atmósferas y la capacidad poética de esta escritura casi siempre fantástica.

Cierro la postal con la imagen de don Arturo, a quien nunca dirigí más palabras que las necesarias en la clase, conservando mi admiración para compartirla con mis amigos. Sólo una extraña ocasión tuve fortuna de encontrarlo fuera de las aulas, en el Aeropuerto “Benito Juárez” de la Ciudad de México. Yo venía de la fiesta de un amigo, y eran cerca de las siete de la mañana. Mi sorpresa fue mayor cuando en sus labios se dibujó la palabra Colima, su destino y, sorpresa mas grande aún, su lugar favorito para vacacionar: Manzanillo. Aunque íbamos al mismo sitio, lo hicimos en viajes diferentes. Esa última imagen enmarca la metáfora de despedida: vamos al mismo sitio en vuelos diferentes. Los dos sabemos que es el paraíso.

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