Poemas de Coral Bracho

Coral Bracho nació en la Ciudad de México el 22 de mayo de 1951. Es escritora, licenciada en Lengua y Literatura y dicta clases en la Universidad Nacional Autónoma de México. Además ha colaborado con la edición del diccionario español de su tierra y trabajado en la revista La Mesa Llena.
También ha realizado labores de traductora de inglés a español, siendo uno de sus trabajos más prestigiosos la traducción de Apuntes angloafricanos de la escritora británica Doris Lessing, entre otras obras importantes.

Una avispa sobre el agua

La superficie del agua es tensa
para una avispa,
es un sendero múltiple fluyendo siempre
como el tacto del tiempo
sobre la hondura quieta
de un corto espacio.

Corto es el tiempo
en que flota; corta
la distancia en que gira
por incesantes laberintos,
remolinos inciertos, llamas,
y transparencia
inextricable.

*

Sobre el amor

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor
es deleitada sustancia. Abre
con hociquillo de marmota, senderos y senderos
inextricables. Es el camino de vuelta
de los muertos, el lugar luminoso donde suelen
resplandecer. Como zafiros bajo la arena
hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración
de pedernal, blanca y hundiéndose
y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento
de la calma del agua, y del sol
que toca, con dedos ígneos y delicados
la frescura vital. Así nos dicen
con su candor de caracolas; así van devanándonos
con su luz, que es piedra, y que es principio con el agua, y es mar
de hondos follajes
inexpugnables, a los que sólo así, de noche,
nos es dado ver y encender.

*

Una luciérnaga sobre la lengua

Te amo desde el sabor inquieto de la fermentación;
en la pulpa festiva. Insectos frescos, azules.
En el zumo reciente, vidriado y dúctil.
Grito que destila la luz:
por las grietas frutales;
bajo el agua musgosa que se adhiere a las sombras. Las papilas, las grutas.
En las tintas herbáceas, instilantes. Desde el tacto azorado.
Brillo
que rezuma, agridulce: de los goces feraces,
de los juegos hendidos por la palpitación.
Gozne
(Envuelto por el aura nocturna, por los ruidos violáceos,
acendrados, el niño, con la base mullida de su lengua expectante, toca,
desde esa tersa, insostenible, lubricidad -lirio sensitivo que se pliega en las rocas
si presiente el estigma, el ardor de la luz- la sustancia, la arista
vibrante y fina -en su pétalo absorto, distendido- [joya
que palpita entreabierta; ubres], el ácido
zumo blando [hielo], el marisma,
la savia tierna [cábala], el néctar
de la luciérnaga.)

*

Peces de piel fugaz

El borde es una boca finísima, una escisión aguda y deslumbrante
-el negro como una forma de luz que marca orillas, espacios entorpecidos, fuegos limítrofes-.
A medida que avanzo el agua cambia.

La fiesta estaba impregnada de pequeños monos inabordables. Alguien
incrustó sobre el lodo una estructura cuadriculada de ramas huecas
y fue como abrir un espejo a las ansias de nado.

Todo se esparce en amarillos. Los monos saltan.

Antes, cuando miraba el tiempo como se palpa suavemente una seda,
como se engullen peces pequeños. El sol desgajaba del aire haces de
polvo.

Es un espacio abrupto pero preciso; a partir de entonces los árboles.
Hacia abajo las ganas irrefrenables.

Los monos, como dijeron todos, eran salvajes; cuerpecillos tirantes
y amarillentos. El juego era portentoso, desarraigado; las manos llenas
de lodo.

El agua brilla, pez lento y adormecido; en sus ojos la noche es un
impulso vago y oscilatorio, una tajada oscura, borde brevísimo, lo
delinea.

Pero empezar aquí con el consuelo de ver a todos enardecidos, y
mirar de improviso sus dedos híbridos, infantiles.

Vocecitas hirvientes que revientan desiertas.

 

 

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