ARTÍCULO: Diego de Landa, hombre paradójico (I)

Por Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda 

En Diego de Landa, como en muchas otras personas, se observa una gran paradoja: Por una, en sus informes o cartas valora la cultura originaria maya, así como su historia, literatura y tradiciones, que nos han llegado gracias a él en buena parte. Por otra, su celo doctrinal lo encamina a combatir la clase sacerdotal maya y debilitar la devoción a sus dioses, para eso ordena destruir códices y llevar a cabo un juicio en Maní, que llegó a extremos de tortura.

Paradójico resulta que Landa escribiese en Relación de las cosas de Yucatán (1566): los mayas usaban de ciertos caracteres o letras con las quales escrivian en sus libros sus cosas antiguas y sus sciencias, y con ellas, y figuras, y algunas señales en las figuras entendian sus cosas, y les davan a entender y enseñavan. Y en otro momento, que …grande número de libros de estas sus letras, y porq no tenían cosa, en que no oviesse superstiçion y falsedades del demonio se los quemamos todos, lo qual a maravilla sentían y les dava pena.

Diego de Landa aparece como un sujeto en controversia, consigo mismo, con la orden franciscana a la que pertenece, con la Iglesia católica y la Corona española. Se dificulta comprender como un hombre que aprende con facilidad la lengua maya, un misionero que recorre la península yucateca y funda varios pueblos para constituir “repúblicas de indios” independientes, fue capaz de realizar un proceso inquisitorial durante el cual se torturó a personas, reflejando un fanatismo incomprensible, no únicamente desde la perspectiva actual, sino de su tiempo,
que censuran su celo doctrinal a raíz de ese hecho inquisitorial.

Primera página de “Historia de Yucathan” (1688).

El primer obispo de Yucatán, Francisco Toral observa “…andaban atónitos los indios que no sabían qué hacer…” y considera inadecuadas las acciones de Landa por lo que lo releva de su cargo y da cuenta de su labor ante las autoridades eclesiásticas y gubernamentales, que envían a Diego de Landa a España, para que diese cuenta de sus actos a sus superiores y al rey Felipe II; en España, un colegio de doctores investigó su actuación y en 1569, lo absolvió no sin una fuerte amonestación por su rigidez; sin embargo, el obispo Toral se opuso a que Landa volviese a Yucatán (Toral 1963: 465; Chuchiak, 2005).

El obispo Toral y una buena parte de los frailes, estaban conscientes que había transcurrido poco tiempo para que la religión cristiana arraigase y reconocían la situación de antinomia que sufrían los indígenas, es decir, el conflicto de estar entre dos leyes y creencias, de una parte, su antigua religión maya y los ritos tradicionales y de la otra el cristianismo; sabiendo esto, se les imposibilitara avalar los actos de Landa, cuya reacción se explica en la permanencia de lo que él veía como ritos idolátricos. Todo comenzó en mayo de 1562, cuando se encontraron en una cueva cercana al pueblo de Maní numerosos ídolos ensangrentados que evidenciaban el ofrecimiento de sacrificios a las divinidades paganas, destacando los sacrificios de jóvenes de ambos sexos y hasta de infantes, capturados, robados o comprados para el sacrificio y aunque otras ofrendas se reducían a quemar copal, el secreto en que se habían mantenido desconcertó a los misioneros, que consideraban mejor preparados en la nueva fe de lo que estos ritos evidenciaban.

Diego de Landa informa al alcalde mayor Diego Quijada, quien le brinda su apoyo para llevar a cabo un juicio en Maní, pues temía la influencia de la clase sacerdotal indígena, que luchaba por no perder las funciones religiosas y políticas que había ejercido en el gobierno prehispánico. El propósito inquisitorial del juicio era averiguar la  propagación de las prácticas idolátricas, los jueces fueron los frailes Landa, Pedro de Ciudad Rodrigo, Miguel de la Puebla y Juan Pizarro; al concluir el juicio, tuvo lugar un Auto de Fe en Maní, el 12 de julio de 1562, donde se destruyeron numerosos códices y pictografías mayas, porque de acuerdo con Landa, “…no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos”.

El juicio de Maní y el Acto de fe enfrentó a los franciscanos, al alcalde mayor Diego Quijada al obispo Francisco de Toral, al cabildo de Mérida y otros funcionarios civiles y eclesiásticos. Dos temperamentos fuertes con principios
opuestos chocaron, Landa y Toral tenían formas distintas de entender la idolatría y los modos de erradicación: Landa defendía llegar hasta la tortura para de conocer la magnitud de las prácticas idolátricas, pero negó que los tormentos hubieran sido tan duros como se denunciaron. Toral se conmueve ante el sufrimiento de los indios y declara que no era el objetivo misionero de la evangelización y que siendo neófitos no se les podía someter a castigo por apostasía.

Se supone que andando el tiempo, un efecto de dicha contraposición de ideas, es el sincretismo de creencias, los mayas, lo mismo que otros pueblos prehispánicos, buscaron formas para preservar sus cultos ancestrales, que
transformaron en ritos cristianos. El obispo Toral, ante la intranquilidad que privaba en la población indígena y española, detuvo el juicio de Maní, el mismo Landa señala que el obispo “deshizo lo que los frailes tenían hecho y mandó soltar los presos y que sobre esto agravió al provincial”. Toral opinaba que ese método, en lugar de darles a conocer a Dios, les hizo desesperar y buscar a sus viejos dioses paganos.

Historiadores como Eric Thompson, entre otros, concluyen que Diego de Landa fue un producto de las circunstancias y su actuar refleja uno de los puntos de vista de su tiempo, radicales en sus creencias sentían en lo profundo de su corazón que su deber era desenmascarar al demonio cuyo poder temían; quizá por lo mismo, fray Bernardo de Lizana (1633) y fray Diego López de Cogolludo (1688) aprueban su apostolado, que desde otra mirada u otro contexto se percibe como fanatismo.

Vale mencionar que Diego de Landa Calderón (1524-1579) descendía de cristianos viejos y a los 16 años ingresó a la Orden de San Francisco, se dedica al estudio de humanidades, filosofía, historia, teología y derecho pontificio y es ordenado sacerdote; luego, en unos días pasa de la vida conventual a la misional, con 25 años apenas e ignorando lo que vendría, transita de una cultura a otra; Landa arriba al Mayab en 1549, con otros cinco franciscanos; Landa es asignado al convento en Izamal con fray Lorenzo de Bienvenida.

En 1571 fallece el obispo Francisco de Toral y por Real Cédula de Felipe II, confirmada por el Papa, Diego de Landa es consagrado obispo, el segundo de la Archidiócesis de Yucatán (1572 – 1579). A su retorno, españoles e indígenas salieron a su encuentro, las autoridades civiles y eclesiásticas, así como los vecinos principales lo recibieron con alborozo; todo parecía olvidado, borrón y cuenta nueva diríamos hoy. Por otra parte, Diego de Landa no era el mismo, el tiempo había serenado su carácter, quizá como ya escribieron, igual que San Pablo necesitaba caer del caballo para cambiar su perspectiva. Landa obispo, además de reaccionar con energía ante los abusos que los indios padecían, contribuyó al desciframiento de la escritura maya, lo cual dejamos pendiente, por ser un hecho histórico trascendental.

Bibliografía 

– Chuchiak John F. In Servitio Dei: Fray Diego de Landa, the Franciscan Order, and the Return of the Extirpation of Idolatry in the Calonial Diocese of Yucatán, 1573- 1579. The Americas 61(4), abril de 2005: 611–646.
– Landa Calderón Diego de. Relación de las cosas de Yucatán (Charles Etienne Brasseur de Bourbourg traductor al francés, Relation des choses de Yucatán de Diego de Landa, Paris. 1864). Monclem Ed. México. 2007.
– López de Cogolludo Diego. Historia de Yucatán. Red Ediciones, Barcelona, 2011.
– Martínez Viana Víctor. Breve historia de fray Diego de Landa. Guadalajara, México. 2009.
– Toral Francisco. Documento LXXXV en Scholes, Francia y Eleonor Adams, Don Diego Quijada, alcalde mayor de Yucatán, (1561- 1565). Antigua Librería Robledo. Tomos I, II, 1963.

mirtea@ucol.mx

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